Capítulo 5 #3
—Realmente eres una Moretti, Helena.
Se apartó de la terminal, dándole espacio. Helena se sentó y sus dedos regresaron al teclado. El mundo ahí fuera estaba en llamas, pero aquí, dentro de este ático, ellos eran los únicos que sabían cómo controlar el fuego.
Mientras tecleaba y los códigos comenzaban a caer en la pantalla, Helena sintió la presencia de Dante detrás de ella, una sombra protectora, una promesa de violencia y deseo. Ya no estaba huyendo. Estaba atacando.
El reloj de la pared marcó las tres de la mañana. El juego apenas comenzaba. Y, esta vez, las reglas las dictarían ellos.
Una nueva notificación apareció en la pantalla. No era del consejo. Era de una cuenta offshore que no reconocía, que contenía una cifra astronómica y un único mensaje: "El precio ha sido pagado. La reina está en el tablero".
Helena miró a Dante. Él leía el mensaje por encima de mi hombro, con la mandíbula tensa y los ojos brillando con una intensidad que la hizo estremecer.
—¿Qué significa esto? —susurró.
Dante se inclinó, con el labio rozando su oreja y su aliento cálido contra la piel fría de ella.
—Significa que la caza ha terminado, Helena. Y que ahora somos nosotros quienes cazamos.
Apagó el monitor. El despacho se sumergió en la penumbra, y la única luz provenía de la ciudad allá afuera, un océano de luces que parecía extenderse infinitamente.
La apartó de la mesa, llevándola hacia la oscuridad del rincón de la sala, donde lo único que importaba era el calor de su cuerpo contra el de él, y el sonido de sus corazones latiendo al mismo ritmo acelerado.
El peligro seguía acechando afuera. La amenaza seguía siendo real. Pero, en ese momento, envuelta por los brazos de Dante, Helena sintió algo que jamás habría imaginado posible: una paz sombría, una certeza absoluta de que, sin importar lo que trajera el mañana, no se enfrentaría al mundo sola.
Ella era la contadora. Él era el monstruo. Y juntos, eran el imperio.
Dante la besó de nuevo, esta vez con una ternura que la desarmó más que cualquier violencia. La cargó lejos del despacho, hacia el dormitorio, donde las sombras eran más profundas y los secretos más íntimos.
Mientras la puerta se cerraba detrás de ellos, Helena pensó en el cursor, en la hoja de cálculo, en el error de los cuatro millones que la había llevado hasta allí.
Parecía una vida entera atrás. Ahora solo existía el presente, el deseo y la promesa de que, cuando el sol saliera, Chicago despertaría con un nuevo rey y una nueva reina.
El juego de ajedrez había terminado. El jaque mate estaba dado. Y, por primera vez en su vida, a Helena no le importaba quién había perdido. Solo le importaba lo que ella había ganado.
Se había ganado a sí misma. Y, en el proceso, había conquistado al diablo.
La luz de la luna entraba por la ventana, bañando la habitación en tonos de plata y gris. Dante la recostó en la cama con movimientos lentos, cuidadosos, como si ella fuera algo precioso, algo que acababa de conquistar tras una larga y sangrienta batalla.
Se inclinó sobre ella, con el cuerpo todavía marcado por el esfuerzo de la pelea y la sangre seca en la piel, un recordatorio de la delgada línea que separaba la vida de la muerte. Helena tocó la herida de su brazo con dedos ligeros, casi como una caricia.
—¿Vas a estar bien? —preguntó, con la voz apenas en un susurro.
Dante sonrió, una sonrisa que iluminó la oscuridad.
—¿Contigo a mi lado? Seré inmortal.
Y, en la quietud de aquella noche, mientras el imperio allá afuera temblaba, Helena supo que era verdad. Eran invencibles. Eran las sombras que gobernaban el puerto, la mente y el puño, la inteligencia y la fuerza. Eran el principio y el fin.
Cerró los ojos, entregándose a su tacto, al peso de su cuerpo, al calor de su respiración. El mañana traería nuevos desafíos, nuevas batallas, nuevos enemigos. Por ahora, solo existían ellos. Y eso, se dio cuenta, era suficiente.
El sueño la alcanzó, profundo y sin sueños, un descanso merecido tras el caos. Cuando despertara, el mundo sería un lugar diferente. Un lugar donde las reglas no se aplicaban, donde la moralidad era una sugerencia y donde, finalmente, podría ser quien realmente era.
La reina del tablero sombrío.
Y Dante, su rey, estaría a su lado, listo para enfrentar cualquier tormenta.
La madrugada en Chicago continuaba, pero, dentro de aquel ático, el silencio era absoluto. El peligro había pasado, la tormenta había amainado, y lo que quedaba era la promesa de un futuro que, aunque sombrio, era innegablemente de ellos.
Helena se durmió, con una sutil sonrisa jugando en sus labios. Finalmente había encontrado su lugar. No en una oficina, no en una auditoría, no en una vida de mediocridad. Había encontrado su lugar en las sombras, en el poder, en el peligro.
Había encontrado su lugar con Dante.
Y, mientras el sol comenzaba a teñir el horizonte de un rosa pálido, anunciando un nuevo día, el imperio Moretti permanecía de pie. Más fuerte. Más sombrío. Más de ellos.
El juego estaba ganado. Y la verdadera partida apenas comenzaba.