Capítulo 5 #2
Helena sintió un escalofrío por la espina dorsal que nada tenía que ver con la temperatura del aire acondicionado. El silencio del ático, antes un refugio, ahora parecía una trampa. Miró hacia la puerta del despacho, esperando escuchar el sonido de pasos, de disparos, del final.
—Dante... —comenzó ella, pero él la interrumpió.
—Quédate detrás de mí —ordenó, con una voz que no dejaba espacio a discusiones.
Caminó hacia el cajón de la mesa y lo abrió con un movimiento fluido. Apareció el brillo metálico de un arma de fuego, reflejando la luz del monitor en el acero frío. La tomó, revisando el cargador con una precisión mecánica que revelaba años de práctica.
Helena se quedó paralizada, observándolo. El hombre que, hacía unos instantes, la envolvía en un abrazo de fuego, ahora era una máquina de guerra. El contraste era brutal, imposible de ignorar.
—Están subiendo —dijo Dante, mirando el monitor de seguridad que había activado discretamente—. Tres hombres. Armados.
Se giró hacia Helena y sus ojos se encontraron con los de ella. Por un breve momento, la máscara de frialdad cayó y Helena vio algo allí: una sombra de preocupación, de algo que él intentaba desesperadamente no sentir.
—Helena, escúchame bien —dijo, acunando el rostro de ella entre sus manos—. Si algo pasa... si no puedo asegurar esto... toma la unidad USB que está en el compartimento secreto debajo de la mesa. Lo contiene todo. No pueden ponerle las manos encima.
—No —dijo ella, agarrándolo del brazo—. No me voy a ningún lado sin ti.
Dante sonrió, una sonrisa triste y desprovista de cualquier alegría.
—Ya estás conmigo, Helena. Más de lo que jamás has estado.
Un estruendo sordo resonó desde el pasillo principal. Acababan de echar abajo la puerta principal del ático. El sonido de pasos pesados, acompañados por el tintineo de armas metálicas, llenó el silencio de la noche.
Dante empujó a Helena detrás de la pesada estantería de libros, un escondite que parecía insuficiente contra lo que se avecinaba. Se posicionó al lado de la puerta del despacho, con el arma firme y el cuerpo tenso como una cuerda de piano a punto de romperse.
Helena, escondida en las sombras, sintió que el aire se escapaba de sus pulmones.
Vio a Dante respirar hondo, cerrando los ojos por una milésima de segundo para concentrarse.
Era un hombre hecho de secretos y violencia, un protector y un depredador.
Y, en ese mismo instante, se dio cuenta con absoluta claridad: no quería que la salvaran.
Quería estar exactamente donde estaba, en el centro del huracán, al lado del hombre que la había corrompido.
Los pasos se acercaron a la puerta. Helena contuvo la respiración, con el sabor metálico del miedo mezclado con el perfume a sándalo de Dante que aún seguía impregnado en su piel. La puerta del despacho fue abierta de una patada, abriéndose de par en par con violencia.
El primer hombre entró con el arma en puño, pero no tuvo tiempo de reaccionar. Dante se movió como una sombra. El disparo fue amortiguado, un sonido seco, casi un susurro, pero el impacto fue letal. El hombre se desplomó, cayendo el cuerpo con un golpe sordo contra el mármol.
—Dos —murmuró Dante, con la voz fría como el hielo.
Helena se cubrió la boca con las manos, obligándose a no gritar. El olor a pólvora comenzó a mezclarse con el sándalo. Vio a Dante girarse, con la mirada fija en el pasillo, donde los otros dos esperaban.
La contabilidad de su vida había cambiado. Ya no era una auditora. Era una pieza en el tablero de un rey sombrío. Y el jaque mate apenas comenzaba.
El segundo disparo resonó, más fuerte esta vez, seguido por un grito de dolor que hizo vibrar los huesos de Helena. Vio a Dante tambalearse mientras un hilo de sangre oscura manchaba la manga de su camisa blanca. No cayó. Giró sobre sí mismo y el arma disparó de nuevo.
Otro cuerpo cayó. Silencio.
Helena salió de detrás de la estantería, con el pánico luchando contra la necesidad de correr hacia él. Dante estaba apoyado en la mesa, respirando con dificultad y con la mano sobre la herida del brazo. La miró, con sus ojos todavía oscuros, todavía intensos.
—Te dije que te quedaras escondida —gruñó, aunque no había rabia en su voz.
—Estás sangrando —dijo ella, acercándose, olvidando el miedo, olvidándolo todo.
Él se rio, con un sonido ronco y dolorido.
—Es solo un rasguño, Helena. La noche aún es joven.
Se acercó a ella, con la sangre manchando la camisa, pero con la mirada fija en la suya. La atrajo hacia sí, dándole un beso rápido, casi un sello de posesión, antes de volverse de nuevo hacia el monitor.
—No van a parar —dijo, tecleando algo con la mano libre—. Pero ahora han cometido el error definitivo. Han atacado lo que es mío.
Helena sintió que un escalofrío le recorría la espina dorsal. Lo que es mío. Las palabras resonaron en su mente, repitiéndose como un mantra. Miró el cuerpo en el suelo, la sangre en el mármol, al hombre que tenía delante, herido pero inquebrantable.
Se acercó a la terminal. Ella no era solo una testigo. Era la estratega.
—Déjame ver —dijo con voz firme—. Si enviaron esto, hay un rastro digital. Si seguimos el servidor de origen, podemos tumbar al consejo antes del amanecer.
Dante la miró, sorprendido, y luego una sonrisa lenta, casi depredadora, asomó a sus labios.