31 Kai
KAI
Nuestros captores se acercan.
Tras asegurarme de que Rowan está a salvo a mis espaldas, dejo caer mi peso sobre la pierna izquierda, fingiendo un agotamiento tal como si el simple hecho de mantenerme erguido me exigiera hasta la última gota de mi fuerza de voluntad.
Es mentira, por supuesto. La incisión no es más que un latido casi imperceptible ahora; la sangre inmortal que circula por mis venas vuelve a estar cargada de una magia que está reparando los tejidos y devolviéndome la fuerza.
Rowan no tenía ni idea de a quién estaba ayudando cuando extrajo el acero áurico que me estaba drenando la vida.
¿Se odiará aún más cuando descubra la verdad y se dé cuenta de que tuvo en sus manos el poder de acabar conmigo?
No habría tenido más que hundir ese acero áurico en mi corazón.
O tal vez ya lo ha hecho, porque pase lo que pase, ella ya es dueña de un pedazo de él.
Se oye un estrépito de pasos bajando las escaleras antes de que la puerta se desbloquee y tres cadetes sean empujados al interior.
—¡Ellie! —grita Rowan y se lanza hacia su amiga, solo para tropezar con sus grilletes.
Tengo que dejarla caer, porque el Kai herido no habría llegado a su lado a tiempo.
Sin embargo, cuando sus rodillas golpean con fuerza el suelo de tierra apelmazada, siento el impacto como si fuera yo quien cayera sobre clavos de acero áurico.
Ellie me esquiva con prudencia y le ofrece a Rowan una débil sonrisa que agrieta la sangre seca junto a su boca.
Su cabello castaño rojizo, que suele llevar recogido en una pulcra trenza, cuelga en mechones enredados alrededor de su rostro.
Ya está encadenada y tiene un hematoma violáceo floreciendo en el pómulo izquierdo, además de un corte en el labio inferior en pleno proceso de curación.
No es una captura reciente, pues, sino un traslado.
Mientras ella y Rowan se alejan cojeando juntas hacia un rincón, observo a los otros dos cadetes.
Collin Chambers, que no parece haber sido tan castigado como Ellie, y otro hombre cuyo nombre nunca me molesté en aprender.
—Logan dice que te diga que la posada está infestada de guardias y que no deberías hacer ninguna estupidez —dice Ulyssus en mi mente, sin molestarse en ocultar su fastidio por tener que hacer de mensajero—. He informado a Nyx de que tal instrucción te resulta imposible de seguir.
—Seguro que lo has hecho. ¿Hay algo más?
—Logan ha estado buscando la forma de sacarnos a Rowan y a mí, pero de momento el contingente de mercenarios alrededor de la Posada del Pozo de los Deseos no deja de aumentar.
Unos pocos más y los cálculos con el dinero de la recompensa dejarán de tener sentido por completo.
Ulyssus suspira con fastidio. Sigue descontento por el hecho de que tanto Logan como yo nos quedáramos con Rowan en lugar de ir con Kyrian a rescatar a la pareja de drakens capturados. Alguien llamado Hak, que está al mando de los mercenarios, ha ordenado preparar un carro y caballos.
—Eh, tú —me llama Mercer, interrumpiendo mi conversación con Ulyssus—. ¿Sigues vivo, muchacho?
—Siento decepcionarte.
—No lo sientas. Vales más vivo. —Inclina la cabeza, examinándome con mucha más atención —y experiencia— de la que me resulta cómoda—. Es que no estaba muy seguro de que fueras a seguir así. No tenías muy buena pinta hace unas horas.
Me encojo de hombros.
—A menos que... ¿tengamos tal vez a un sanador entre manos? —Dice Mercer dirigiendo a Rowan una mirada evaluadora.
Un sanador vendido al comprador adecuado vale mucho más oro del que el comandante ofrece a los borrachos locales.
Le dedico a Mercer una sonrisa condescendiente. —No hace falta ningún sanador. Resulta que solo necesitaba soltar lastre.
—¿Soltar lastre?
—No te burles. Yo diría que le debes la vida a mi dolor de tripa. Si hubiera cagado una hora antes, estarías muerto.
Mercer me observa con un destello de diversión en los ojos y luego chasquea los dedos. El subordinado a su derecha —un hombre enjuto con un rostro que es todo ángulos afilados y sombras profundas— da un paso al frente, levanta una ballesta y apunta a Rowan.
Todo en mi interior se queda gélido.
—Esperen, no querrán matarla —exclama Chambers—. Es la hija del comandante. El comandante no la querría muerta.
Una comisura de la boca de Mercer se eleva en una sonrisa perpleja y mis manos se cierran en puños ante el deseo de arrancarle la cabeza a Chambers.
—Oh, no pretendo matarla —dice Mercer, con una voz inquietantemente despreocupada—. Pero a veces la gente necesita un recordatorio de lo frágil que es su posición.
Sin más ceremonias, Mercer me propina una patada en la pierna herida.
Caigo de rodillas justo a tiempo para que hunda su puño en mi estómago, con un golpe potente que sé que es mejor no intentar bloquear.
Esto no es una pelea, es un castigo. Y Mercer sabe exactamente cómo asegurar mi cooperación.
Es fuerte para ser humano; sus puños me obligan a expulsar el aire de los pulmones con el golpe que le permito darme.
Unos cuantos impactos después, me trago el orgullo y me encorvo, escupiendo sangre de un mordisco que me doy a mí mismo.
La verdad, que ahora me encuentro lo bastante bien como para despedazarlo con mis propias manos y que —gracias al esfuerzo previo de Rowan por corroer la cadena— puedo romper los grilletes de mis piernas cuando quiera, no me va a servir de nada en este momento.
Pero esto no va de ganar una pelea. Va de mantener a Rowan a salvo.
Habiendo propinado el castigo apropiado por mi insolencia, Mercer retrocede, dándome una última mirada de reojo. Entorna los ojos como si estuviera intentando decidir si insistir más en el asunto. Debo de haberle cabreado más de lo que pretendía. Pero eso es algo habitual en mí.
—Y que lo digas —coincide Ulyssus. Su preocupación por mí se disolvió en cuanto Rowan me quitó el acero áurico de la pierna, dejando paso a su habitual yo apático.
—Me alegro de que al menos uno de los dos haya disfrutado de eso. —Hay un pequeño gemido en mi voz mental, otra señal de mi atención dividida.
—Si hubieras ido a donde se te necesitaba, no estarías aquí.
Refuerzo mis escudos, cortando el resto de esa conversación.
Mercer suelta un gruñido pensativo y luego me lanza un pequeño saco. Este golpea el suelo de tierra y rueda hasta detenerse junto a mis rodillas, vertiendo unas cuantas raciones mezquinas: pan duro, carne seca y un puñado de manzanas que han conocido tiempos mejores.
—Mantén las fuerzas —dice Mercer con ese mismo tono inquietantemente casual—. Volveremos pronto.
Me obligo a mantener la cabeza baja mientras me agarro el estómago y jadeo como un hombre que lucha por seguir respirando.
Los pasos de los mercenarios se retiran escaleras arriba, sus pesadas botas golpeando contra los peldaños de madera.
La puerta se cierra de golpe y la habitación vuelve a sumirse en un silencio casi absoluto, roto solo por el leve crujido de los demás ajustando sus posiciones y el murmullo distante de la tormenta que ruge afuera una vez más.
Una punzada, la sensación de que algo no encaja en todo este montaje, se filtra en mi interior. Es una sensación vaga, no lo bastante concreta como para formular un pensamiento coherente hacia Ulyssus, pero suficiente para tenerme alerta.
Espero un momento y luego me incorporo hasta quedar en cuclillas, manteniendo una mano sobre mi estómago para dar el pego.
—Bueno, eso ha sido encantador —murmuro, y cometo el error de encontrarme con la mirada de Rowan.
Sus ojos están muy abiertos, llenos de una preocupación que se retuerce en mis entrañas como debería haber hecho el acero áurico si hubiera echado raíces.
—Kai —se arrastra hacia mí con sus grilletes tintineando contra el frío suelo de piedra—. ¿Estás...?
—Estoy bien —logro soltar con brusquedad. No quiero que me toque, no cuando su preocupación hace que mi culpa escueza aún más.
Rowan parece herida por un momento, pero luego su mandíbula se tensa con esa determinación obstinada que he llegado a admirar y a detestar a partes iguales.
Se acerca a mí de todos modos, intentando levantar el dobladillo de mi camisa para examinar los hematomas.
Están ahí, solo que no son tan profundos como ella cree.
Y desde luego no son los responsables de la sangre que he escupido.
Pero no puedo decírselo, por muy preocupada que parezca.
Es un engaño necesario. Todo lo que hago es necesario. Lo cual no quita el sabor amargo de mi boca.
—Ainsley, para. —No tiene sentido ocultar su nombre ahora que a Chambers se le ha escapado.
Mi voz es dura y le sujeto la muñeca antes de que pueda examinar realmente el daño—.
He dicho que estoy bien. Reserva tus energías.
Y tu compasión. —Dejo el saco de comida en sus manos—.
Si quieres ser útil, puedes repartir esto.
—De acuerdo. —Me dedica una mirada arqueando una ceja, pero no tengo ni idea de qué significa, así que la ignoro y busco un sitio cerca de la pared.
Estoy acostumbrado a mentir. No estoy acostumbrado a sentirme tan maldito por la culpa y necesito que esa sensación desaparezca, porque cuando estaba arrodillado en el suelo, recibiendo los golpes de Mercer...
una parte de mí deseaba que siguiera. La parte de mí que quiere compensar de algún modo todos los males que estoy trayendo a la vida de Rowan.
La otra parte de mí, sin embargo, solo quiere que esto pare. Esta conexión insistente y ardiente con la mujer a la que no tengo derecho a amar. Desearía poder hacer que se detuviera de una vez.
Apoyo la espalda contra la piedra y me dirijo a los presentes, entornando los ojos hacia Collin Chambers y el otro cadete anónimo. Esa sensación de que algo no va bien regresa. —¿Cuándo os capturaron?
—A mí me han traído ahora mismo —responde el anónimo, pero Chambers se queda sospechosamente callado.