14 Kai
KAI
Ella no lo sabe. Rowan no lo sabe.
Apoyo la cabeza contra el muro de piedra de la Aguja principal y tomo aire a bocanadas en unos pulmones que se contraen, intentando calmarme antes de que la furia me venza.
No habría soportado ni un segundo más escuchando el sermón de Thomeo sobre cómo torturar drakens, no sin matar al coronel y a la mitad del aula.
O a todos. Debería haberme marchado a cualquier otra parte tras ver el tema de la lección —Logan y Kyrian desde luego lo han hecho—, pero algo tiraba de mí para que me quedara.
No algo, sino alguien. Rowan. Quería ver su rostro cuando hablara sobre el acero áurico. Y lo he visto. Lo suficiente para saber que es ajena al tormento que inflige su preciada aleación.
¿Pero desde cuándo la ignorancia sirve como defensa?
Con una mano todavía apretando la hoja de mi daga —aún necesito el dolor físico para no estallar—, saco el colgante de Lilith de debajo de mi camisa y paso el pulgar por las escamas iridiscentes de su centro.
Las escamas de cría de Lilith, de la primera vez que mudó la piel.
Ella es la razón por la que estoy aquí. Intentando arreglar las cosas después de haberlo fastidiado todo. Otra vez.
Pero esa es la historia de mi vida, ¿no? Llevo la destrucción allá donde voy.
—Aguanta, Lilith —susurro—. Dame una oportunidad de arreglarlo.
—¿Grayson?
Levanto la cabeza de golpe y entrecierro los ojos ante la figura que se aproxima. La alquimista. La que debería estar ahora mismo en el aula, conspirando con los demás humanos sobre la mejor forma de destruir vidas y almas.
—¿Estás bien? —pregunta Rowan; su melena castaña se escapa del moño en el que había intentado recogerla.
¿Cómo puede alguien tan condenadamente deliciosa ser responsable de tanto dolor?
¿Y cómo puede mi propio núcleo encenderse ante la presencia de la alquimista cuando sé exactamente lo que hace su magia?
—¿Por qué no estás en la lección? —le exijo con esa voz que Lilith define como mi tono de «mata primero, habla después».
—Mira quién habla. —En lugar de retroceder como haría cualquier persona normal dadas las circunstancias, Rowan acorta la distancia que nos separa y alarga la mano hacia la mía. La que empuña la hoja de la daga y gotea sangre sobre el suelo. —Deja que vea.
Por supuesto que quiere ver. Probablemente también metería la mano en la boca de un lobo para ayudarle con un diente dolorido.
Porque de algún modo, contra toda lógica y razón, Rowan Ainsley es...
buena. De ese tipo de bondad que se enfrenta a la comandante a la que teme por el solo hecho de entregar medicinas a los niños enfermos de los barrios bajos.
Del tipo que protege a sus amigos incluso cuando está aterrorizada. Una bondad ingenua.
Una parte de mí la desprecia por ello.
Mis sombras se arremolinan alrededor de mi mano, pero ya es tarde para ocultar las pruebas.
Rowan retira su mano de la oscuridad, pero solo hasta mi codo, donde me sujeta con suavidad.
Una pequeña sacudida de energía recorre desde sus yemas hasta mi piel, como si la conexión entre nosotros estuviera viva. Vibrando.
No me muevo, observando hipnotizado cómo Rowan se muerde el labio inferior, haciendo que resulte imposible apartar la vista de su boca. ¿Sabrá a lo que huele? Dulce y cítrica, ¿como una travesura recubierta de azúcar?
Al darme cuenta de por dónde van mis pensamientos, los freno con un violento tirón. Preocúpate menos de a qué sabe y más de por qué narices te ha seguido. Retiro el brazo del agarre de Rowan y enfundo la daga, aunque sé que es demasiado tarde. Ha visto la sangre.
Espero a que haga las lógicas preguntas indiscretas, preparado para zanjar ese intento con rapidez.
—Vamos a... buscar algo negro y de aspecto fiero para envolver eso —sugiere Rowan en su lugar—. A menos que quieras ir por ahí con una nube de sombras alrededor de la palma todo el día. Porque eso te hace parecer un demente.
¿En serio?
—¿Acabas de llamarme demente? —aclaro—. Porque, por lo general, solo la gente a la que le gusta sufrir mucho dolor hace eso.
Ella me mira sin miedo, con sus ojos color avellana viendo más de lo que me resulta cómodo. —El taller está a la vuelta de la esquina. Debería tener algo allí que podamos usar ahí dentro.
El taller. El taller de alquimia. Un escalofrío me recorre la espalda.
Kyrian, Logan y yo habíamos hablado de destruirlo antes de irnos, pero con todas las protecciones y cerraduras activadas, ni siquiera Logan se atrevió a intentar entrar.
¿Pero que la propia alquimista me deje pasar?
Solo un idiota dejaría pasar la oportunidad.
Y yo no soy ningún idiota. Solo un heraldo de la destrucción.
Haciéndole una señal para que me guíe, sigo a Rowan por el borde del edificio y bajamos una escalera hasta un sótano, donde pasa la mano por la cerradura —que debe de estar vinculada mágicamente a ella— y luego saca una llave del bolsillo.
Se produce una pequeña chispa cuando la gira. Otra capa de protección.
Los humanos han superpuesto sus defensas, pero, como de costumbre, la parte más débil de cualquier cadena de seguridad es la gente. Como la alquimista, que ahora mete al zorro en el gallinero. Es tan fácil que ni siquiera me siento culpable.
El taller de alquimia es extrañamente acogedor, si tenemos en cuenta la destrucción que se fabrica en su interior.
Filas de estantes que recubren las paredes de piedra albergan metales, compuestos alquímicos y hierbas cuidadosamente etiquetados.
El enorme banco de trabajo en el centro está abarrotado de calderos y dispositivos de medición, todos desgastados por el uso, y hay una pared entera de pergaminos y libros, con los lomos agrietados por el manejo frecuente.
El aire vibra con magia, entrelazado con el aroma de Rowan.
Este lugar —donde fabricaron el veneno que destruyó el futuro de Lilith— no parece una cámara de tortura. Solo creatividad disciplinada y energía potente.
«¿Qué esperabas?», me exige Ulyssus en mi mente. «¿Diagramas de drakens gritando? ¿Tapices bordados con los dogmas de Eryndor? ¿Quizá alas clavadas en la pared o extremidades cercenadas en frascos?».
No tengo respuesta para él. No sé qué esperaba. Solo sé que no era esto.
Rowan coge una cesta de un estante y la trae hasta donde estoy apoyado en la mesa de trabajo. —¿Sería una pérdida de tiempo preguntarte qué ha pasado? —pregunta.
—Sí.
—Me lo imaginaba. —Saca gasas y unos cuantos viales que huelen de forma penetrante incluso antes de que los descorche—. Entonces, ¿quién es Lilith?
Se me tensa la espalda. —¿De dónde has sacado ese nombre?
—De ti. —Levanta las manos—. Parecía que estabas hablando con ella cuando te encontré.
Maldita sea. Estaba tan furioso cuando salí hecho una furia del aula que no presté atención a mi entorno y debí de pronunciar el nombre de Lilith en voz alta. Y por supuesto, la alquimista estaba allí para oírlo.
Clavo en Rowan una mirada gélida que no se merece.
—¿No deberías preocuparte más por ti misma?
—le espeto, cortando su línea de interrogatorio, y luego paso a la ofensiva—.
¿No se habla ya bastante de que te has abierto camino por la cadena de mando a base de revolcones como para traerme aquí a solas? ¿Qué van a pensar los vecinos?
Ella se amilana, y me odio a mí mismo al instante.
—A estas alturas, no creo que mi reputación pueda empeorar más —dice Rowan con voz tensa—. Así que no veía motivo para dejar que te desangraras por el suelo. Dame la mano.
Evita mirarme a la cara mientras toma mi palma —con más delicadeza de la que merezco— y limpia la herida con un trapo limpio. Estrellas, cualquier otra persona me habría echado encima un cubo de líquido hirviente por lo que acabo de decir, y con razón. Pero ella no. Rowan no.
La pequeña alquimista es una contradicción andante. Y la he herido sin motivo. Estaba enfadado conmigo mismo por haber prestado tan poca atención a lo que me rodeaba, y lo he pagado con ella.
Lo cual, sinceramente, no me molestaría normalmente. Pero con Rowan, sí.
—Lilith es... una especie de hermana adoptiva —digo, ofreciendo una pequeña tregua—. Está muy enferma.
Los ojos de Rowan se agrandan con compasión. Por supuesto, ya me ha perdonado.
—Lo siento mucho —dice en voz baja.
—Es... —No puedo decirle que no es culpa suya, porque en cierto modo podría serlo perfectamente.
No quiero herirla más, pero prefiero no mentir más de lo necesario—.
¿Tú tienes hermanos? —pregunto en su lugar.
Sé que no los tiene. Al menos no reconocidos.
No encontramos ningún registro de quién había sido su padre.
Rowan niega con la cabeza. —Antes consideraba a Collin como un hermano.
Nuestras familias se conocen de toda la vida y pasamos mucho tiempo juntos de niños.
Luego el asunto de la hermandad cambió...
bueno, de una forma nada fraternal. Y ya conoces la última explosión al respecto.
—Intenta usar un tono ligero, pero fracasa de forma estrepitosa—.
Quizá seas tú quien deba preocuparse por estar a solas con la puta de la Aguja.
—No lo hagas. —Agarro a Rowan por la barbilla, obligándola a levantar la cara hasta que puedo ver sus ojos con claridad. Entonces pongo cada pizca de autoridad en mi voz—. No te llames así nunca. Ni siquiera en broma.
Intenta apartarse, pero no la dejo. No hasta estar seguro de que el mensaje ha calado, cueste lo que cueste.
Los ojos de Rowan centellean, el desafío prendiéndose bajo el dolor. —Aclárate de una vez, Grayson. Tú eres el que...
—... ¿el que ha dicho una estupidez hace un minuto? Soy plenamente consciente. Lo que demuestra lo poco que deberías hacerme caso.
—¿Solo que... debería hacerte caso ahora?