8 Kai
KAI
Rowan y yo estamos a solas en el despacho del comandante; la luz que se filtra por la ventana brilla sobre el escritorio de caoba pulida y juguetea sobre la pulcra pila de pergaminos que debería estar aprovechando para leer. En lugar de eso, la miro a ella. A la alquimista.
―¿Dónde está el comandante? ―pregunta Rowan, con su abundante cabello rojizo cayendo en seductores mechones sobre sus hombros.
La mezcla de rojos intensos y tonos marrones cálidos susurra promesas de cómo deben de ser los rizos de más abajo.
Lleva la camisa de mi uniforme, la que me quité para dársela.
Le queda grande y se le resbala por un hombro desnudo, luciendo una piel radiante.
No lleva pantalones. Ni botas. Solo mi camisa y esa mirada penetrante, exasperante y preciosa en su rostro.
Estrellas. Solo verla ya está haciendo que se me ponga dolorosamente dura.
―Aún no ha llegado.
Rodeo el escritorio del comandante hasta donde está Rowan.
Tiene los ojos muy abiertos y huele a miedo, a miel y a cítricos.
A mí y a Kyrian. El frío le está endureciendo los pezones, que marcan la tela de su camisa.
Mi camisa. Me detengo frente a ella y bajo la vista.
Apenas me llega al hombro. Aguzo el oído en busca de pasos, pero no hay nadie cerca.
Debería echarla de aquí. Decirle que espere fuera del despacho hasta que venga el comandante.
Para poder quedarme solo dentro. Y hacer lo que debería estar haciendo.
Leer informes de inteligencia. Memorizar mapas.
Hacer lo que sea necesario para deshacer lo que le han hecho a Lilith.
Y a tantos draken. Y, sin embargo, no lo hago.
En lugar de eso, me quedo aquí parado como un maldito adolescente, incapaz de apartar la atención de la forma en que los carnosos labios de Rowan se entreabren ligeramente.
Quiero devorarlos, saquear su dulce boca hasta dejarla sin aliento y temblando.
―¿Entonces qué debo hacer? ―pregunta ella. Se abraza a sí misma. Está aquí para recibir un castigo y tiene miedo―. ¿Debería volver más tarde?
―No. ―Trago saliva―. Puedo empezar tu castigo ahora. ¿Qué sentido tiene esperar?
―¿Q-qué vas a hacer? ―Su voz se quiebra. Tiene miedo, sí, pero no puede apartar los ojos de mí. El aroma de su creciente excitación se escapa de entre sus muslos, que junta rápidamente.
Esto no es real. Sé que no lo es. Pero no me importa.
Me acerco más, acorralando a Rowan entre mi cuerpo y el escritorio del comandante.
Le sujeto las caderas, llenándome las manos con sus deliciosas curvas.
Su piel es como la seda, cálida y acogedora.
La siento sobre el escritorio. Con un movimiento de mis sombras, todos los libros y papeles salen volando al suelo, dejando despejada la superficie detrás de Rowan.
Ella jadea, y un escalofrío le recorre la garganta. La punta de su lengua asoma entre sus labios.
Mi polla palpita de necesidad.
―¿Qué castigo te mereces? ―exijo. Apoyo las manos en el borde del escritorio, a ambos lados de las caderas de Rowan. Tiene los muslos ligeramente entreabiertos, las pupilas dilatadas.
Se inclina un poco hacia atrás, con hilos de excitación entrelazándose con su miedo y aprensión. Está a mi merced. Entonces, ¿por qué parece que soy yo quien está a la suya?
Mi voz baja de tono, volviéndose ronca. ―Te fuiste sin permiso. Sin pedirme autorización.
―¿Me la habrías dado? ―Ahí va esa boca terrible suya, sin acobardarse incluso cuando un ser más sabio lo haría.
―No. ―Pongo mis rodillas entre las de Rowan, obligándola a separar los muslos. Ella se resiste, con las mejillas sonrojándose furiosamente cuando su carne se abre con un chasquido húmedo y el calor emana de ella, mezclándose con el mío.
Mi polla late dolorosamente dentro de mis calzones.
―Por favor ―susurra Rowan. Su súplica es un hálito de voz.
―¿Por favor, qué? ―pregunto, disfrutando al ver cómo se ruboriza de nuevo. Su mente y su cuerpo ruegan por resultados muy distintos―. ¿Por favor, no me castigues?
Otro pequeño y delicioso jadeo.
—Demasiado tarde para eso. —Meto la mano bajo su camisa—mi camisa— y gruño con aprobación al comprobar que no lleva nada debajo.
Con un tirón brusco, traigo el trasero de Rowan hasta el borde de la mesa y la sujeto por la parte interna de los muslos con mis manos.
El aroma embriagador de su excitación hace que me retumbe el corazón.
Bajo la boca hacia sus pliegues húmedos, justo encima del sensible haz de nervios en el vértice de su sexo y...
El aleteo de las alas de un draken arranca mi mente de donde no debería estar.
Retrocedo, dejando a Kyrian y Arianda más espacio para aterrizar en el claro.
Las escamas verde oscuro de Arianda se camuflan fácilmente en el bosque nocturno, pero aun así, Kyrian no debería haber corrido el riesgo de volar sin una buena razón, y ahora mismo no conozco ninguna.
Los bosques y acantilados de Eryndor son tan hospitalarios para los draken como las llamas para los peces.
No es solo el aire enrarecido de las alturas, los túneles de aire asesinos o el maldito clima que pasa de despejado a tormenta o niebla en una hora.
Son los propios protectores. No solo despojan a los draken de la magia básica para defenderse, sino que alteran las líneas de ley, trastornando el sentido de la orientación y el equilibrio de los draken.
Es peligroso. Demasiado peligroso. No es que un sermón fuera a detenerlo.
―Ahí estás. ―Kyrian desmonta con su gracia habitual―. ¿Has estado esperando mucho?
―Lo suficiente como para dejar de pensar con el cerebro ―resopla la voz mental de Ulyssus en mi cabeza. Así que, sí.
Cambio el peso del cuerpo, intentando aliviar discretamente la presión del bulto que aprieta contra mis calzones.
Afortunadamente, los draken solo pueden hablar mentalmente con sus jinetes vinculados, así que incluso Kyrian —que tiene un don empático con las criaturas— no percibe nada de los descarados comentarios de Ulyssus―. No pasa nada.
Ulyssus vuelve a resoplar y yo refuerzo mis escudos mentales para mantener fuera al entrometido draken.
―¿Ha llegado ya Logan? ―pregunta Kyrian, guardando una distancia prudencial con Ulyssus mientras se mueve por el claro.
Si Arianda se mimetiza con el bosque, Ulyssus es el cielo nocturno: escamas negras que absorben la oscuridad.
Ulyssus tolera a Kyrian y a Logan, pero nunca es prudente forzar su buena voluntad.
Especialmente desde que se dañó un ala al entrar en Eryndor hace dos años.
Curó bien, pero su carácter se agrió. No es que fuera precisamente amable antes.
―Aparecerá ―digo. Logan siempre lo hace, incluso cuando parece poco probable―.
Probablemente haya encontrado una forma de colarse en la Penumbra.
―Los protectores de Eryndor hacen que el contacto con la Penumbra —la versión sombría del mundo— sea casi imposible.
Pero Logan tiene talentos únicos. Unos que no siempre usa con sensatez―. ¿A qué se debe este vuelo no planeado?
No poder surcar el cielo juntos ha sido uno de los sacrificios más duros de la misión. No es que no merezca sufrir por lo que he hecho. Pero la distancia también hiere a Ulyssus. Es parte de estar cerca de mí: hago daño a todo el que entra en mi órbita.
Toco el colgante que llevo al cuello; las suaves escamas iridiscentes de Lilith me recuerdan lo que está en juego.
Fue la primera cría de dragón en nacer en siglos, y ya no vuela porque confió en mí.
Ella es la razón por la que estoy aquí. Tengo que arreglar las cosas. Por Lilith, tengo que hacerlo.
―Arianda creyó ver cómo derribaban a un draken cerca del Desfiladero de los Cuervos ―explica Kyrian―. Cuadrante noreste.
Se me tensa la mandíbula. La aleación áurica que Eryndor pone en sus flechas no mata a los draken; los paraliza.
Permanentemente, si la punta de la flecha no se extrae a tiempo.
Peor aún, los Agujas han estado enviando contingentes encubiertos de soldados para recuperar a los draken derribados.
Recuperarlos vivos. He visto las órdenes.
No hemos podido averiguar a dónde los llevan. Ni con qué fin.
Hemos estado haciendo lo que podemos, cuando podemos. Especialmente Kyrian y Arianda.
―¿Habéis encontrado algo? ―pregunto.
―Falsa alarma. Pero hay movimiento en los protectores. Parece que Ventisca está reuniendo a otra hueste.
Me paso una mano por el pelo. No puedo culpar a ningún jinete de draken o cambiapieles por querer borrar a Eryndor del mapa, pero un ataque ahora sería un inconveniente para la misión que Kyrian, Logan y yo empezamos hace dos años.
No es que nadie en Ventisca, ni en ningún otro lugar, sepa lo que estamos haciendo.
―Poco se puede hacer al respecto ahora ―digo tajante―. Nos ocuparemos de ello si es necesario.
―Sí ―asiente Kyrian, acariciando el hocico de Arianda. El draken se inclina con ganas ante el contacto. Ulyssus, afortunadamente, no es ni de lejos tan táctil. La draken de Logan es peor; no deja que nadie más que Logan se le acerque.
―Bueno ―digo, cansado de esperar a que aparezca Logan―. Ya tenemos a nuestra alquimista. Y resulta ser una Ainsley, para colmo.
―Rowan no es lo que esperaba ―dice Kyrian. Ojalá no usara su nombre. No necesito otro recordatorio de lo real que es.
―Tu problema no es su nombre ―me informa Ulyssus―. Es tu polla.
―No te preocupes por mi polla ―le respondo mentalmente.
―Para vosotros siempre es una cosa o la otra. La polla o el cerebro. Nunca podéis usar ambos al mismo tiempo.
No le honro con una respuesta. Rowan puede que me excite en momentos inoportunos, pero sé por qué estoy aquí.
Hemos pasado dos años viviendo y entrenando entre humanos solo para llegar hasta la alquimista que oímos que estaría en la promoción de encantadores de este año. No haré nada que ponga eso en peligro.