El Poder de los Draken (Destinada a los Jinetes Draken 1) 7 Rowan
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ROWAN

—No esperaba verte aquí —le digo a Kyrian con un hilo de voz.

—Lo mismo. —Me lanza una mirada que dista mucho de ser divertida y se aparta de mí con fluidez, dejando fuera de combate a un presunto asaltante con un golpe del pomo de su daga en la sien.

La reyerta termina más rápido de lo que empezó, pero con muchísima más sangre.

Al menos media docena de hombres están desparramados por el suelo a los pies de Kai Grayson.

La mayoría están muertos o a las puertas de la muerte.

Cualquiera que pueda moverse retrocede lentamente, como si temiera atraer la atención del nuevo superdepredador de la sala.

Kai se mueve de un lado a otro, buscando a la siguiente persona a la que abatir, pero no hay nadie lo bastante estúpido como para seguir luchando.

Me incorporo de rodillas y la atención de Kai se desvía hacia mí.

Me quedo petrificada donde estoy.

Si Kyrian no estaba para bromas, Kai está hirviendo de instinto asesino.

Puedo sentirlo a través de su fachada de piedra.

Se me pone la piel de gallina y, a pesar del profundo ardor que siento en las costillas y el pecho derecho, estoy segura de que podría correr un kilómetro ahora mismo...

si eso me sacara de la vista de Kai Grayson.

Antes de que pueda lograr algo de eso —o hacer el ridículo intentándolo—, Kyrian me rodea la cintura con la mano y termina de ponerme en pie.

Podría estar moviendo a una muñeca de trapo por el esfuerzo que le supone, y sin embargo cada movimiento es preciso.

Medido. Sin mirarme, me empuja ligeramente detrás de él, convirtiendo su cuerpo en un sutil muro entre la furia gélida que es Kai Grayson y yo.

No, gélida no. Es una palabra demasiado estable.

Por la forma en que se tensan todos sus músculos, con todo su cuerpo vibrando de violencia, la furia de Grayson es de las que están a punto de explotar ante la más mínima provocación.

Sin embargo, no sé qué está buscando, en qué punto reside la decisión entre bajar la espada o atravesar con ella otro corazón que late.

—Grayson —dice en voz baja Kyrian, que sin duda sabe qué está pasando por la cabeza de Kai—. ¿Estás bien, tío?

Kai desvía la mirada hacia Kyrian, y entre los dos hombres pasa una comunicación muda.

—Ella está bien —dice Kyrian.

Ignorándolo, Kai da un paso pausado hacia nosotros, luego otro, hasta que queda a apenas un palmo de Kyrian. Y de mí. Las sombras se retuercen a su alrededor, lamiéndole los pies. —Déjame ver.

—Está bien —repite él, sin moverse de su sitio.

Poco a poco me doy cuenta de que Kyrian se ha puesto entre nosotros no para protegerme de la ira de Kai, sino para proteger a Kai de verme a mí.

—Te he oído a la primera —dice Kai—. Apártate y déjame ver.

—Vale. —Kyrian se aparta del camino de Kai, dando órdenes a la sala al mismo tiempo. Marca mucho las erres, y su acento cantarín sale con más fuerza que antes—. Todo el que siga aquí va a buscarse otro sitio donde estar. Pero que ya.

Todo el que puede escabullirse, lo hace.

Al ver a Ellie y Trish no lejos de la puerta trasera, les hago señas desesperadas para que se larguen de allí antes de que Kai o Kyrian las vean.

No veo ningún escenario en el que el comandante no me mande atar al poste de los azotes por esta excursión, pero ellas aún pueden escapar de ese destino. Ruego a los dioses para que lo hagan.

Ellie y Trish dudan, pero afortunadamente comprenden la realidad de la situación y hacen lo que les pido, fundiéndose con el resto de la multitud. Exhalo un pequeño suspiro de alivio, pero este muere rápido cuando Kai Grayson se planta justo delante de mí y me bloquea la visión del resto del mundo.

—¿Cuánta sangre has perdido? —exige, con una voz dura como el granito.

—No tanta como la que voy a perder ahora que me has pillado —murmuro antes de mirarme para evaluar los daños actuales. Sin embargo, en cuanto lo hago, desearía no haberlo hecho. Mi ropa está empapada de sangre, y todavía caen gotas alrededor de los cristales rotos clavados en mi costado.

Mierda. Tengo cristales en el costado. Cortándome más cada vez que me muevo. Atravesando la piel y la carne y... El dolor que no había sentido hasta ahora me atraviesa de repente.

Antes de perder el control de mí misma —y de perder el conocimiento—, agarro uno de los fragmentos y lo arranco.

El dolor muerde. El mundo se tambalea, y un mareo demasiado familiar hace que la habitación se incline hacia un lado.

—Eh, cuidado, muchacha. —El brazo de Kyrian me rodea. Me pega a su costado para evitar que me caiga, y su aroma a madera me llena los pulmones mientras aleja mi mano para que no vuelva a tocar la herida—. Quizá mejor si no haces eso tú sola, ¿eh?

El calor me sube a la cara a pesar del frío que me recorre el resto del cuerpo.

Kyrian reajusta su brazo para sujetarme mejor, está claro que no se fía de dejarme sola. Probablemente no le falte razón. Kai, mientras tanto, observa sin la menor reacción.

—¿Ro? —La última persona que espero ver aquí entra a toda prisa por la puerta abierta de la sala común y se detiene en seco. Collin Chambers, con la espada desenvainada y los ojos como platos, contempla la carnicería como si pudiera hacer algo al respecto ahora—. ¿Qué haces aquí?

—Sangrar —responde Kai antes que yo.

Collin enfunda su espada y empieza a caminar hacia mí, lo que me produce una mezcla de alivio y pavor.

Por un lado, Collin podría ser mi única oportunidad de escapar de los gemelos azules, al menos temporalmente.

Por el otro, ya veo el reproche en sus ojos.

Hay una razón por la que nunca invitamos a Collin a Salvavidas.

El agarre de Kyrian no se afloja cuando Collin se acerca, mientras que Kai se interpone en el camino de mi amigo, deteniéndolo a un par de pasos de distancia.

—¿Qué haces tú aquí? —le pregunto a Collin.

—Líder de escuadrón. —Collin señala con orgullo un distintivo en el cuello de su uniforme. No pensé que mi madre llegaría tan lejos. Nunca lo habría hecho por mí—. Grayson ordenó a todos los mandos dar una vuelta por Doverly. Por si el reclutamiento ponía a la gente de mal humor.

Claro que lo hizo.

Collin se pone las manos en las caderas, frunciendo los labios mientras observa cada centímetro de mi ropa ensangrentada y mi piel pálida.

Todavía tiene la nariz hinchada de cuando Kyrian se la rompió hace tres días, lo que le hace parecer un bufón, especialmente con su uniforme rojo de encantador. —¿En qué te has metido, Ro?

—Lárgate de aquí, Chambers —ordena Kai—. No es asunto tuyo.

Collin mira a Kai con incredulidad. —Pero puedo ayudar. Está herida y yo soy sanador. Y líder de escuadrón.

—No eres su líder de escuadrón. —Sujetándome por detrás de las rodillas, Kyrian me levanta contra su pecho al estilo nupcial, situándose al lado de Kai mientras la pareja se dirige hacia el vestíbulo principal.

Todo el que tiene cerebro se quita de su camino. Todo el que no lo tiene, ya está muerto.

Aprieto los dientes e intento no quejarme de dolor ni morirme de humillación. Es una batalla a partes iguales en ambos frentes. —¿A dónde me lleváis? —pregunto.

Kai se detiene en el mostrador del posadero y coge sin ceremonias un juego de llaves de debajo de una placa vacía. —Habitación cuatro.

No es exactamente lo que quería decir.

—Chambers —grita Kai por encima del hombro mientras nos guía hacia las escaleras—. Sigues aquí.

—Sí.

—Pues ahora eres el jefe de limpieza. Limpia este estercolero.

Juro que puedo oír la rabia de Collin durante toda la subida.

Unos minutos después, Kai abre la puerta de la poco envidiable habitación cuatro.

Está decorada en un desvaído amarillo vómito, con una tapicería que parece albergar familias enteras de criaturas de muchas patas.

Frunciendo el ceño con asco, Kai patea un taburete de madera hacia Kyrian, quien me sienta en él con más cuidado de lo que espero.

—¿Por qué exactamente le has dado un escuadrón a ese imbécil? —le pregunta Kyrian a Kai.

—Alguien se quejó a los mandos. —Kai me lanza una mirada que es una mezcla de desagrado y valoración penetrante, como si supiera que yo podría haber impulsado esa petición—. Si la comandante Ainsley quiere un escuadrón muerto, ¿quién soy yo para discutir?

—No subestimes a Collin —digo—. Es una baza para cualquier escuadrón. —No sé por qué estoy discutiendo con Kai. Parece que no soy capaz de tomar buenas decisiones de vida cuando estoy cerca de él. Especialmente cuando se trata de mantener la boca cerrada.

—Y, sin embargo, no parecía que tú y tus amigas le hubierais invitado a vuestra pequeña escapada de hoy. —Me vuelve a lanzar esa mirada glacial, la que me hiela la sangre—. ¿O es que me he perdido algo?

El frío se extiende de mi sangre a la boca del estómago. Vio a Ellie y a Trish. Mi corazón late con fuerza, pero consigo mantener una mirada en blanco, como si no supiera de qué está hablando. —Estaba sola. Quizá las cosas habrían ido de otra forma si no lo hubiera estado.

La mano de Kai se desliza hacia su collar, con el pulgar frotando un pequeño colgante iridiscente de la misma manera que lo había hecho durante la formación. —No tenemos toda la noche —le dice a Kyrian—. Encárgate de la alquimista.

Kyrian se acuclilla frente a mí y saca una daga, apoyando la hoja sobre su rodilla.

Por un breve momento, su valoración sobre mí se vuelve fría, como si estuviera evaluando a un combatiente enemigo al que preferiría interrogar antes que ayudar.

Luego, su máscara de chulería e irreverencia vuelve a su sitio.

—Parece que te preocupa que te corte los dedos en lugar de la camisa —dice.

—¿Tengo motivos?

Kyrian sonríe con suficiencia y odio cómo hasta ese pequeño gesto transforma su rostro de cautivador a impresionante.

—¿De qué me serviría una alquimista sin dedos?

—Sin previo aviso, tira de los fragmentos de cristal de mi costado, moviéndose tan rápido que ni siquiera tengo tiempo de apartarme antes de que termine.

Luego hace girar su hoja con un toque de elegancia—.

Ahora, la parte divertida —dice, cortando los restos de mi camisa, junto con la faja que me oprime el pecho debajo.

Cualquier dignidad que me quede se amontona en algún lugar alrededor de mis pies. No sé a dónde mirar cuando mis pechos quedan de repente al desnudo ante los gemelos azules. El lado derecho está ensangrentado, pero el izquierdo se eriza por el frío, y veo que la mirada de Kai se desvía hacia él.

—Cerdo.

Él levanta una ceja. —¿Quieres que finja que no tienes unos pechos bonitos?

—Quiero que finjas ser profesional.

—¿Como lo fuiste tú al escaparte sin permiso para pasear por los barrios bajos en medio de los disturbios por el reclutamiento?

—En mi defensa, olvidé que era temporada de reclutamiento.

—¿Tu defensa es la estupidez? ¿En serio? —Se le sube el color a la cara por la ira.

—Dame tu equipo, Grayson —ordena Kyrian antes de que Kai pueda decir nada más sobre el tema. Su jerarquía es, definitivamente, bastante fluida—. Y ven aquí para mantenerla quieta. No quiero pincharme mientras la coso.

Kai se desabrocha el botiquín del muslo y se lo lanza a Kyrian, para luego situarse detrás de mí.

Sus manos están calientes sobre mi piel, y los callos del entrenamiento con armas me rozan ligeramente las costillas mientras me rodea la cintura con un brazo.

Cuando me atrae contra él, el calor de su cuerpo se filtra en mi espalda, igual que la calidez de Kyrian acaricia la piel desnuda de mi vientre.

Kyrian se ajusta donde está acuclillado frente a mí, con la cara tan cerca de mis pechos que su aliento me roza los pezones cada vez que exhala. Sus ojos recorren mi piel sin un ápice de lascivia, pero con mucha evaluación minuciosa. La presión de su atención indivisa me acaricia la piel.

Se me tensan los muslos, ignorando las instrucciones tajantes de mi cerebro de no admirar a los dos guerreros que me tienen ahora en medio.

Envolviéndome en su poder. Y probablemente planeando qué tipo de castigo imponerme, ya que su primera opción, matarme directamente, no está permitida.

Si algo sé de estos dos, es que son peligrosos.

—Con cuatro puntos bastará —dice Kyrian, moviendo mi pecho con la mano para poder acceder.

Me tenso y el agarre de Kai a mi alrededor se vuelve tan fuerte que me cuesta respirar.

En manos de otro, el movimiento podría ser cruel, pero el agarre de Kai emana una confianza y experiencia que contrastan por completo con un cadete, por muy bien entrenado que esté.

Un latido después, cuando llega el pinchazo de la aguja y no tengo a dónde moverme, entiendo por qué aprieta con tanta fuerza.

Las lágrimas me escuecen los ojos, pero no dejo que caigan.

Es mi última defensa de dignidad y me aferro a ella.

Kyrian trabaja más rápido que cualquier sanador que haya conocido. Al igual que Kai, todo en él dice que ya ha hecho esto antes. Una docena de veces, quizá. O cien. O más. O quizá es que me duele y me estoy imaginando cosas.

—Listo. —Kyrian corta el último hilo y se levanta; Kai me suelta de inmediato. Cruzo los brazos sobre el pecho, con cuidado de los nuevos puntos. Tan bueno como sea Kyrian, no quiero volver a pasar por eso.

—¿Y ahora qué? —pregunto.

—Ahora tu líder de escuadrón te escolta de vuelta al cuartel y te pone bajo vigilancia —dice Kai.

—¿Bajo vigilancia? —balbuceo, casi soltando las manos de mi pecho. Los restos de mi camisa son ahora tiras de tela ensangrentadas que no cubrirían ni a un gato.

Kai se quita la camisa por la cabeza, demostrando que tiene exactamente el aspecto que yo imaginaba.

Cada músculo definido fluye hacia el de al lado, creando un depredador ágil definitivo que ahora se eleva sobre mí.

Con sus abdominales marcados ahora al descubierto, me hace falta toda mi fuerza de voluntad para no seguir el fino rastro de vello rubio que empieza bajo el ombligo de Kai hacia abajo hasta su conclusión natural.

Arruga su camisa formando una bola y me la lanza al pecho. —Póntela.

—¿Y tú qué?

Las aletas de la nariz de Kai se dilatan por la exasperación. —Es menos probable que atraiga la atención caminando de vuelta a la Aguja desnudo de cintura para arriba.

—Yo no contaría con ello —murmuro, y se me calienta la cara al darme cuenta de que Kai me ha oído. Me pongo rápidamente la prenda, que me llega hasta las rodillas y todavía conserva el calor del guerrero.

La mirada de Kai se demora en mí en otra evaluación ilegible, y luego se dirige a Kyrian. —Llévala a casa, pon un guardia en su puerta hasta la mañana. Luego tráela al despacho del comandante para su castigo tras la formación de la tarde.