El Poder de los Draken (Destinada a los Jinetes Draken 1) 1 Rowan
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El Poder de los Draken (Destinada a los Jinetes Draken 1)

El Poder de los Draken (Destinada a los Jinetes Draken 1)

Por Alex Lidell

© inepub.com

1 Rowan

ROWAN

Plantada frente al escritorio de la comandante Ainsley, sé perfectamente lo que está a punto de decir.

A saber, que soy una decepción mayúscula para el reino de Eryndor, para el Mando Conjunto de la Aguja y para ella personalmente.

Mi madre es, ante todo, predecible. Al menos en lo que a mí respecta.

—Comandante Ainsley —lee mi madre en voz alta de mi última evaluación.

Tiene la voz cortante y no hace ningún esfuerzo por ocultar la frustración que emana de ella.

Lleva el uniforme puesto y personifica esa clase de fuerza y perfección por las que es conocido el ejército de Eryndor—.

—Siento informarle de que el rendimiento de la cadete Rowan Lexington sigue siendo profundamente insatisfactorio, especialmente dada su condición de aprendiz de tercer año en el Mando Este de la Aguja.

Lexington incumple sistemáticamente los estándares físicos básicos, se queda atrás con frecuencia en los ejercicios de entrenamiento y sufre lesiones recurrentes debido a su evidente falta de coordinación y fuerza.

Entiendo que la rara habilidad alquímica de la cadete Lexington es, sin duda, la razón por la que permanece en el programa, pero debo advertir que su rendimiento socava los rigurosos niveles de exigencia esperados de nuestros cadetes y supone un lastre para su cohorte al entrar en su año de fusión.

Estudio la pared tras el hombro de la comandante. Ojalá pudiera decir que el mordaz informe falta a la verdad, pero el instructor que lo haya escrito ha dado de lleno en el blanco.

La comandante exhala despacio, apretando los labios.

Se le da bien ocultar sus emociones cuando quiere, pero ahora no se molesta.

—¿Tan poco te importan los inocentes que viven con miedo al próximo ataque de los fae?

¿O quizá piensas que, como sobrina de la reina, no se debe esperar nada de ti?

¿Que los demás pueden proteger Eryndor mientras tú te escondes?

Un arrebato de calor me sube a la cara. —Claro que me importa —replico—.

Y como descendiente del linaje de la reina, tengo un deber mayor que el de otros para proteger Eryndor, no menor.

Yo solo... —Cierro la boca, pero es demasiado tarde.

Las palabras ya han salido y mi madre no las va a dejar pasar.

—¿Tú solo qué? —exige saber.

A la mierda. Más vale que diga la verdad.

—Puedo dedicarme a la alquimia igual de bien sin las charreteras de oficial que con ellas —me apresuro a continuar antes de perder el valor—.

Mi mayor contribución a Eryndor es la aleación áurica que fabrico para nuestras armas.

Y para eso hace falta un taller y suministros. Ni uniforme ni gloria.

Los ojos grises de mi madre centellean y se levanta bruscamente; su silla chirría contra el suelo de piedra.

En dos zancadas, rodea el enorme escritorio de roble tras el que estaba sentada y acorta la distancia entre nosotras.

De repente, su mano restalla contra mi mejilla; el agudo escozor reverbera en mi cráneo.

—Tu alquimia es un don de los dioses, destinado a servir al trono y proteger nuestro reino —sisea con voz baja y peligrosa—. No un pasatiempo para que andes cacharreando en un taller.

Esta vez soy lo bastante lista como para mantener la boca cerrada y no señalar que yo nunca he afirmado lo contrario. El lado de mi cara late y noto el sabor de la sangre donde los dientes me han cortado el interior de la mejilla.

Me agarra de la barbilla con brusquedad, obligándome a sostener su mirada furiosa.

Se me clavan los dedos en la carne. —Eres una Ainsley.

Tu alquimia es la prueba de la fuerza de nuestro linaje y la esperanza de nuestra causa.

Así que no, Rowan, esconderse en un maldito taller como una vulgar aprendiz de sopladora de vidrio no es lo mismo que estar junto a nuestros ejércitos vestida con el uniforme de la élite de la Aguja.

Ya. Dios nos libre de que una Ainsley no consiga el despacho de oficial en las fuerzas de defensa de Eryndor. Estoy bastante segura de que mi madre preferiría verme muerta antes que sufrir tal deshonra.

Soltándome, regresa a su asiento y tamborilea con el dedo sobre el escritorio de roble, puntuando el silencio entre nosotras. Desisto en la batalla conmigo misma y me froto la cara mientras la comandante coge mi expediente de nuevo y lo hojea.

—Bien —dice—. ¿Te importa explicar por qué finges lesiones, cadete Lexington?

Lexington, no Ainsley. Mi madre decidió que oficialmente debían llamarme por mi segundo nombre mientras fuera cadete de la Aguja hace unos años, cuando se hizo evidente lo torpe y debilucha que era.

Solo soy una Ainsley cuando le conviene a su narrativa.

Al menos de momento. Una vez que me gradúe —si es que me gradúo—, estoy segura de que volverá a apodarme Ainsley y hará todo lo posible para que la gente olvide que una chica patosa llamada Lexington existió alguna vez en las filas de cadetes.

La comandante es tan buena gestionando la imagen pública como en el campo de batalla.

Y es muy buena en el campo de batalla. Nivel: máximos honores militares.

—Contéstame —exige.

—No estoy fingiendo, señora.

Maldita sea, si me va mínimamente bien es solo porque Collin usa su magia para ayudarme con los mareos y las migrañas que me dan a pesar del tónico que se supone que debería evitarlos.

La comandante da un manotazo en la mesa, haciéndome dar un salto. —Tienes un certificado de salud impecable del sanador real.

Como si el sanador real fuera a soñar siquiera con emitir cualquier otro documento.

La hija de la comandante Ainsley, la propia sobrina de la reina, no puede ser enfermiza...

al fin y al cabo, ¿qué imagen daría eso de la doctrina de virtud soberana de nuestro linaje familiar?

La estirpe de Eryndor es de buena cuna y perfecta.

Mi madre, una veterana de guerra que ronda los cincuenta, incluso tiene un aspecto perfecto.

Pelo castaño rojizo radiante, piel impecable, un cuerpo atlético por el que cualquier treintañera mataría.

No parece posible que alguien tan fuerte como ella haya podido engendrar a alguien como yo.

Y sin embargo, aquí estoy. Una cadete mediocre con un cuerpo estúpido y la mejilla marcada. Lo opuesto a la perfección.

Mi única contribución valiosa para la supervivencia de Eryndor es algo con lo que nací: una rara habilidad alquímica para crear una aleación mortal para los inmortales y los draken que montan.

Aparte de los sellos que protegen el núcleo de Eryndor, las armas y flechas recubiertas de aleación son nuestra única defensa contra los ataques incesantes.

Se me clavan las uñas en las palmas. —No finjo los mareos, señora. ¿Por qué iba a hacerlo?

—Solo se me ocurre una razón —dice la comandante, inclinándose hacia delante sobre los codos—. Porque eres una niñata vaga y consentida que se hace la víctima para escaquearse del trabajo.

Trago saliva.

—¿Quieres saber cómo correr sin mareos? ¿Cómo luchar sin tropezar con tus propios pies?

Corriendo más. Entrenando más. ¡Eryndor está en guerra!

Los fae de Flurry no solo quieren nuestras tierras, quieren borrarnos del mapa.

Matar a todos los humanos que viven aquí.

Solo sobreviviremos si todo el mundo cumple con su parte con disciplina y honor.

Ojalá pudiera convencerla de que mi disciplina y mi honor no son el problema, sino mi cuerpo.

Pero sé que no puedo. Trago saliva y espero, con la vista fija en un punto de la pared justo por encima de sus hombros.

Realmente debería haber mantenido la boca cerrada desde el principio.

Debería haber sabido que nada de lo que dijera iba a mejorar las cosas.

Mi madre no puede admitir que soy defectuosa.

De verdad cree que los fallos físicos son simplemente falta de esfuerzo.

Durante mi primer año en la Aguja, ordenó que me llevaran al poste de azotes para recibir cuatro latigazos por vagancia.

El segundo año, probó una táctica distinta y me arrastró a una aldea que acababa de ser atacada para que viera cada cuerpo destrozado, cada familia hambrienta y cada huérfano sollozante que quedaba tras un asalto fae.

Para que viera de primera mano a toda la gente a la que estaba fallando por no esforzarme lo suficiente.

Estoy segura de que para este año también tiene planeado algo igual de encantador.

—Tu año de fusión está a punto de empezar. ¿Sabes lo que eso significa, Lexington? —dice.

Que estoy a un año de terminar la academia militar en el Mando Este de la Aguja, momento en el que dejaré de hacer el ridículo en pistas de obstáculos y campos de tiro y podré encerrarme felizmente en un taller de alquimia...

mientras luzco unas bonitas charreteras de oficial.

—Sí, señora. Significa que los encantadores se combinarán con los cadetes de la rama de combate de élite.

Hay un asomo de brillo en los ojos de mi madre mientras me comunica la siguiente noticia. —Significa que estarás bajo el mando de Kai Grayson, el cadete a cargo de la rama de combate.

Y ahí está. La motivación de este año.

Se me hunde el estómago. Nunca he conocido al hombre, pero los rumores sobre el posible mando de Grayson llevan semanas circulando por los barracones de encantadores...

junto con relatos sobre su crueldad. Si hay que creer en los rumores —y la satisfacción en el rostro de mi madre dice que sí—, él y sus dos amigos, Kyrian y Logan, son con diferencia los mejores luchadores de toda la promoción.

A los tres, apodados la tríada, les gusta romper huesos primero y preguntar después.

Ni siquiera los instructores se meten con ellos.

Una vez, Grayson mandó a un instructor de combate a la enfermería por una discusión, recibió una docena de latigazos por ello y, acto seguido, mandó a un segundo instructor a la cama de al lado el mismo día.

Si ponen a Grayson al mando de los cadetes del año de fusión, significa que la tríada será mi dueña. Para ordenarme lo que les plazca, para castigarme como les plazca. Para hacer de mi vida un infierno.

Apuesto a que, en la mente de mi madre, soltar a Grayson contra mí corregirá mis problemas.

Llaman a la puerta y un sargento asoma la cabeza. —Siento interrumpir, comandante, pero la formación está a punto de ser convocada.

Gracias a los dioses por el horario militar.

Ella asiente y espera a que la puerta se cierre antes de ponerse en pie para ofrecer sus últimas palabras de sabiduría desde las alturas.

—Dos consejos. Uno: no esperes mi protección.

Dos: reconsidera lo de quejarte de enfermedades inventadas, no sea que Grayson decida buscar una forma original de corregir el problema.

Y ahí está. Como he dicho, mi madre es cualquier cosa menos impredecible. Al menos en lo que a mí respecta.

Y eso significa que sabe exactamente qué esperar de Grayson.