VIII
Al caer la noche, Hipatia reunió a los cuatro alrededor de la mesa.
Las sombras se alargaban por los muros de la biblioteca. Fuera, el ruido de las sirenas y la luz de los focos de los drones de vigilancia cruzaban los ventanales de la megaciudad.
Hipatia no les habló de victoria militar ni de un colapso inminente de la torre corporativa. Su voz sonó serena, impregnada de una gravedad humana que borró cualquier rastro de la antigua frialdad de Alejandría.
—Lo importante nunca fue ganar esta batalla, ni derrocar al Magnate en un día, ni construir un nuevo orden perfecto —les dijo Hipatia, mirándolos uno a uno—.
Lo importante era demostrar que, incluso en el mundo más cómodo y anestesiado, todavía existía otra posibilidad.
Demostrar que un ser humano puede elegir no venderse.
Hizo una pausa y miró hacia los ventanales.
—Ellos tienen el control de los servidores, los periódicos y los tribunales. Pero nosotros hemos devuelto el rostro a Don Antonio. La historia ya está en la calle, y ninguna campaña de prensa podrá borrar la duda que hemos sembrado en los corazones de la gente.
Les anunció entonces su decisión de permanecer al frente del nodo de transmisión durante la noche, asumiendo la responsabilidad total de las señales filtradas para proteger el rastro de Mateo y de los demás.
Mateo abrió la boca para protestar. Dio un paso al frente con el impulso de quien busca una alternativa técnica, una evasiva o un último cortafuegos. Pero la palabra se le quedó atascada en la garganta al sostener la mirada de Hipatia.
No hizo falta ninguna explicación metafísica ni discursos sobre entidades inmortales.
Mateo cerró los labios, apretó los puños con una sobria resignación y asintió despacio.
Por fin había comprendido la naturaleza exacta del sacrificio: dar un paso al frente cuando ya no queda ninguna garantía de éxito ni posibilidad de retorno.
Todos entendieron que Hipatia estaba cruzando un umbral definitivo.