El plano denso VII
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VII

Tomás, que llevaba un rato observándola en silencio desde el rincón de la cafetera, se acercó a la mesa con paso lento.

El anciano miró el cuaderno de cubierta blanca y luego fijó sus ojos cansados en el rostro de Hipatia. No había miedo en su mirada, solo una comprensión profunda e inaudita.

—Ya has tomado la decisión, ¿verdad, Hipatia? —preguntó Tomás en voz muy baja, apoyando las manos en el bastón.

Hipatia bajó la vista, intentando mantener la compostura de su lógica:

—Todavía no, Tomás. Aún hay variables que evaluar sobre la estabilidad del tejido...

—Sí que la has tomado —la interrumpió el anciano con una sonrisa dulce y triste—. Lo decidiste en el momento en que dejaste de tomar notas en ese cuaderno y te sentaste a mi lado en la plaza.

Hipatia miró a Tomás, sintiendo por primera vez las lágrimas asomarse a sus ojos. El anciano alargó su mano callosa, la puso sobre la de ella y añadió con una calidez transparente:

—Los hombres como nosotros nunca vemos el final de las cosas importantes, Hipatia. Pero eso no significa que no merezca la pena empezarlas.

Aquellas palabras se instalaron en la mente de Hipatia como la bendición última de la mortalidad. Tomás no intentó detenerla ni salvarla; comprendió su entrega y le regaló la dignidad de saber que su gesto daría fruto más allá de sus propios días.