III
El Magnate Digital no respondió con censura bruta ni enviando a la policía a clausurar la biblioteca. Un sistema verdaderamente sofisticado no destruye la información; la ahoga en un mar de ruido y descrédito.
Antes del mediodía, la maquinaria mediática de la torre corporativa lanzó su contraataque calibrado.
No negaron los datos ni intentaron desmentir la muerte de Don Antonio. En su lugar, atacaron la credibilidad de los rostros detrás de la narración, reescribiendo la identidad de cada uno ante la opinión pública:
Mateo fue presentado como un empleado resentido y mediocre, despedido por negligencia técnica, que actuaba por despecho profesional.
Laura fue calificada de académica radicalizada, manipuladora de datos sin rigor científico, en busca de notoriedad tras perder la beca internacional.
Olympe fue retratada como una política fracasada, incapaz de gestionar el presupuesto del área, que utilizaba el escándalo como coartada para tapar su incompetencia.
Tomás fue descrito como un anciano frágil y confundido, instrumentalizado impúdicamente por un grupo de activistas extremistas.
Y de Hipatia se difundió la imagen de una fanática peligrosa, una agitadora sin filiación conocida que pretendía desestabilizar la paz social de la metrópoli.
Los canales oficiales llenaron las tertulias de expertos que analizaban el «sesgo emocional» del documento, intentando reducir la tragedia a una mera discrepancia técnica.