II
Durante las dos primeras horas, reinó una calma extraña, casi irreal. La gran maquinaria del Plano Denso pareció no enterarse; las pantallas publicitarias continuaron proyectando destellos multicolor y los agregadores de noticias mantuvieron sus titulares sobre el tráfico y los índices bursátiles.
Pero hacia las nueve de la mañana, la historia de Don Antonio empezó a filtrarse por las grietas de la red como un veneno invisible para el sistema.
No fue un movimiento masivo de protesta en las calles, sino una ignición íntima y digital.
Millones de usuarios empezaron a compartir el relato, no para debatir sobre política o tecnología, sino porque reconocieron en la muerte de aquel anciano el reflejo helado de sus propios padres, de sus abuelos o de su propia soledad.
En las facultades, los estudiantes interrumpieron las clases para leer el manifiesto en voz alta; en los grupos de mensajería del distrito antiguo, las madres enviaban la historia de Elena; en las oficinas de los ministerios, los funcionarios leían en secreto el informe de Olympe.
Por primera vez en décadas, la pregunta central de la ciudad cambió de rumbo de forma abrupta.
Ya no era: «¿Cómo optimizamos la transición digital?»
. La pregunta que recorría los pasillos, los transportes públicos y los hogares era infinitamente más peligrosa: «¿Qué demonios le estamos haciendo a nuestras vidas?» .