IX
Nadie firmó documentos. Nadie hizo juramentos solemnes sobre banderas ni códigos ideológicos.
Simplemente se quedaron.
Mateo ajustó su chaqueta y asintió en silencio, listo para ejecutar la transmisión final de los servidores.
Laura recogió las hojas de su manuscrito con pulso firme.
Olympe cerró su libreta de contactos institucionales.
Tomás volvió a colocarse la boina y preparó la cafetera para la madrugada.
Y Hipatia se sentó a la mesa, abrió el cuaderno nuevo y escribió una última anotación:
«Las ideas convencen. Las historias permanecen.»
Cuando las primeras luces del amanecer filtraron su tono plomizo sobre los ventanales de la megaciudad, ninguno de ellos sabía si iban a ganar.
Lo único que sabían era que, por primera vez desde el inicio de la batalla, ya no estaban intentando demostrar que tenían razón. Estaban intentando decir la verdad.