VIII
En ese instante de tensión suspendida, una sombra se desprendió de la penumbra del fondo de la biblioteca.
Tezcatlipoca avanzó sin prisa, con su gabardina oscura y los ojos brillando con esa ironía antigua y felina que siempre precedía a los grandes colapsos. Se detuvo junto a la mesa, observando los papeles, los rostros exhaustos y el cuaderno de cubierta blanca.
No traía advertencias apocalípticas ni burlas mordaces. Escuchó el esquema del plan en silencio, contemplando a Hipatia con un matiz de respeto inédito.
—Durante meses habéis intentado salvar el mundo desde la soberbia de vuestras teorías —dijo Tezcatlipoca con voz rasgada, esbozando una leve sonrisa—. Por fin vais a intentar servirlo.
El silencio volvió a adueñarse de la sala. Por primera vez desde el inicio de la travesía, el espejo negro parecía aprobar la dirección de sus pasos.