II
Mateo fue el primero en romper el mutismo, desplegando sobre la mesa las copias impresas y los esquemas extraídos de la filtración interna de la consultora tecnológica.
No mostró balances económicos ni gráficos de viabilidad comercial. Enseñó los estudios clínicos confidenciales, los mapas de neurodivergencia social y los modelos de simulación conductual que la compañía utilizaba para diseñar el módulo de adicción juvenil.
Hipatia examinó los esquemas con detenimiento. Lo que la sobrecogió no fue la escala de la infraestructura ni la potencia de los servidores, sino su precisión quirúrgica e íntima.
El sistema no diseñaba un mecanismo de dependencia genérico para las masas.
No trataba a la población como una masa homogénea a la que anestesiar con la misma droga.
La plataforma escaneaba a cada individuo en tiempo real: detectaba de inmediato al adolescente con miedo a la exclusión, al profesional acosado por la soledad urbana, al anciano arrinconado por el abandono o al joven hambriento de validación.
—No venden pantallas ni software —murmuró Mateo con la voz rota por la culpa, señalando el núcleo de los algoritmos—. Venden alivio personalizado. Le dan a cada ser humano la dosis exacta de anestesia que necesita para no sentir la grieta de su propia vida.