VI
La noche se cerró sobre la biblioteca con la solemnidad de un pacto de sangre. Ya no quedaban dudas ni vacilaciones. Cada uno de los presentes debía tomar una decisión irreversible, no una opinión suelta.
Mateo dio un paso al frente y asintió: —Seguiré filtrando los documentos desde dentro hasta que no me quede acceso. Asumo el riesgo.
Laura apretó los labios y afirmó con determinación: —Publicaré el ensayo completo bajo mi nombre real, renunciando a la cátedra y a cualquier protección académica.
Olympe respiró hondo y sonrió con ligereza: —Presentaré mi dimisión pública y formal ante los medios antes del mediodía de mañana.
Tomás se encogió de hombros con su habitual sencillez: —Yo seguiré aquí, haciendo café y abriendo la puerta a quien lo necesite.
Hipatia los miró a todos, sintiendo que por primera vez en eones la soledad de su inmortalidad se disolvía en la calidez de una lealtad real.
—Entonces empezamos —concluyó la matemática.
Aquella noche ningún miembro del grupo recuperó la esperanza. Recuperaron algo mucho más peligroso para el sistema: una decisión.