VI
Incapaz de dormir, Hipatia buscó a Hermes en la biblioteca abandonada.
La lluvia golpeaba suavemente los ventanales rotos.
—No lo entiendo —dijo—. Nadie ha traicionado nada. Nadie ha cruzado ninguna línea.
Hermes la observó desde una columna.
—Por eso resulta tan difícil verlo.
—Entonces ¿qué está ocurriendo?
El mensajero permaneció callado unos segundos.
—Las convicciones no suelen morir cuando alguien las ataca.
Hipatia levantó la vista.
—Mueren cuando alguien las adapta.
El silencio se hizo más profundo.
—Primero parece una excepción razonable. Después una mejora. Después una oportunidad. Cuando quieres darte cuenta, sigues utilizando las mismas palabras, pero ya no significan lo mismo.
Hipatia no respondió.
Esta vez comprendía exactamente a qué se refería.