IV
Olympe de Gouges comenzó a perder la paciencia.
Acostumbrada a la retórica de los clubes políticos del siglo XVIII, descubrió que gestionar los egos, las ambiciones y las susceptibilidades de un grupo heterogéneo en el siglo XXI era una tarea mucho más agotadora que redactar manifiestos.
Las horas se consumían en discusiones sobre cargos, comunicados y apariciones públicas. Decisiones que antes se resolvían alrededor de un café exigían ahora interminables debates.
En mitad de una disputa sobre quién debía hablar en la próxima rueda de prensa, Olympe golpeó la mesa con la palma de la mano.
—¡Basta ya de vanidades miserables! —gritó—. ¡Habláis de emancipar al pueblo y no sois capaces de poneros de acuerdo sobre quién limpia el suelo del local! ¡Hemos cambiado la opresión del sistema por la tiranía de vuestros pequeños egos!
Varios de los nuevos integrantes la miraron con frialdad.
Algunos cuchichearon acusándola de autoritaria.
Olympe se dejó caer en su silla y se cubrió el rostro con ambas manos.
Nadie añadió nada más.