CAPÍTULO 9 LOS CONSTRUCTORES DE SENTIDO
I
La lluvia de la noche anterior había dejado un aire limpio y transparente que entraba por los ventanales entreabiertos de la biblioteca.
Sobre la mesa de roble, la tablilla de arcilla de Hipatia conservaba grabada la pregunta con la que había cerrado la madrugada: «¿Cómo puede una sociedad recuperar el valor del sacrificio cuando ha olvidado por completo para qué sirve?»
Hipatia permanecía de pie frente al ventanal, con los brazos cruzados y la mirada fija en el hormiguero de personas que volvían a llenar las calles.
No encontraba respuesta. Todas sus categorías históricas y matemáticas chocaban contra la misma pared: no se podía exigir disciplina, deber o renuncias a una población cuya máxima aspiración era la ausencia de fricción.
El sonido de unas pisadas tranquilas la sacó de su ensimismamiento. Hermes avanzó entre las estanterías de libros descoloridos, se detuvo ante la mesa y leyó en voz alta el postulado de la arcilla.
Una sonrisa fina y casi compasiva se dibujó en los labios del mensajero.
—Sigues haciendo la pregunta equivocada, querida Hipatia —dijo Hermes, alzando la mirada hacia ella.
Hipatia se giró con el ceño levemente fruncido, cansada de que la lógica de los dioses desmontara sus enunciados.
—¿Cuál es la pregunta correcta, entonces? —desafió—. Si la gente no está dispuesta a sufrir por nada, la civilización se disuelve en el mero entretenimiento.
Hermes se apoyó en el borde de la mesa y la miró con absoluta seriedad.
—La pregunta no es cómo hacer que valoren el sacrificio en abstracto —dijo en voz baja—. La pregunta es: ¿qué merece hoy un sacrificio?
El silencio volvió a adueñarse de la sala.
Hipatia parpadeó, sintiendo que la frase de Hermes le quitaba el suelo bajo los pies.
El sacrificio no era una virtud rígida que se adoraba por sí misma; era simplemente el precio que el ser humano aceptaba pagar por aquello a lo que concedía un valor supremo.