V
A última hora de la noche, Hipatia caminaba junto a Hermes por un paseo desierto que bordeaba el río de la ciudad. El reflejo de los carteles publicitarios sobre las aguas oscuras creaba un mosaico de luces distorsionadas.
Hipatia avanzaba con el paso lento, visiblemente abrumada por los testimonios recopilados a lo largo de la jornada.
—Ahora entiendo por qué la mayoría prefiere no despertar, Hermes —dijo la matemática, deteniéndose junto a la balaustrada de piedra—. No es solo que la jaula sea cómoda. Es que salir de ella exige sufrir.
Hermes se apoyó en el barandal, mirando la corriente.
—¿Te parece un descubrimiento amargo?
—Me parece una injusticia —respondió Hipatia con vehemencia—. La verdad debería liberar de inmediato. Es irracional que hacer lo correcto suponga un castigo social y personal.
Hermes sonrió con melancolía y se giró hacia ella.
—Te equivocas en la perspectiva, querida Hipatia —dijo el mensajero en voz baja—.
Cambiar siempre ha dolido. Buscar la excelencia, sostener una promesa o ser fiel a la verdad siempre ha exigido sacrificio y renuncia.
La diferencia es que en la antigüedad los hombres sabían que la dignidad tenía un precio y estaban dispuestos a pagarlo.
Lo que ocurre ahora es que el sistema ha vuelto todo lo demás tan ridículamente cómodo que el menor roce con el esfuerzo parece una tragedia inaceptable.
Hipatia lo miró fijamente. La frase de Hermes resonó en su mente como la pieza que le faltaba para completar la arquitectura de la tragedia moderna.