III
En el otro extremo de la ciudad, Olympe de Gouges experimentaba la misma resistencia estructural en su propio terreno.
Tras el fracaso de sus primeras convocatorias, la pensadora revolucionaria había cambiado de estrategia.
Organizó un encuentro de trabajo en un centro comunitario de barrio para coordinar un grupo de apoyo a ancianos vulnerables de la zona.
Esta vez, la respuesta inicial fue sorprendentemente positiva: asistieron más de treinta personas, motivadas por la indignación ante la soledad de los mayores.
Olympe sintió un brote de esperanza. Abrió la sesión celebrando el compromiso de los presentes y procedió a confeccionar el calendario de turnos de visitas y ayuda a domicilio.
Fue en ese instante cuando la sala empezó a enfriarse.
Al solicitar voluntarios para cubrir las mañanas de los sábados o gestionar la logística semanal, las miradas comenzaron a esquivarse. Uno a uno, los asistentes empezaron a presentar excusas perfectamente razonables: horarios laborales incompatibles, compromisos familiares, exceso de carga mental.
—Claro que quiero que las cosas cambien —dijo uno de los asistentes mientras recogía su chaqueta—. Me parece una causa noble. Pero ahora mismo me viene del todo mal asumir una responsabilidad fija.
En cuestión de quince minutos, la sala quedó casi vacía. Olympe permaneció junto a la pizarra, con la tiza entre los dedos, contemplando la lista de tareas incompletas.
—Han aprendido a indignarse de forma impecable —murmuró Olympe para sí misma, con la amargura reflejada en los ojos—. La indignación es un lujo gratuito. Pero el compromiso exige esfuerzo real, y nadie quiere pagar el precio de la construcción.