II
—Cometiste un error la tarde del experimento en la plaza pública —continuó Hermes, apoyando las manos en el borde de la mesa—. Mirabas la marejada de la multitud que te abucheaba, buscabas una respuesta masiva a tus gráficos... y te perdiste el único milagro que ocurrió a tres metros de tu banco.
Hipatia arqueó las cejas, sorprendida.
—¿Un milagro? La muchedumbre reaccionó con hostilidad y sarcasmo. Nadie cambió sus hábitos.
—Nadie en la masa —corrigió el mensajero—.
Pero mientras el gentío te rodeaba para grabarte con sus teléfonos, un hombre se detuvo frente al monitor.
Un viudo jubilado llamado Tomás. Llevaba una bolsa de la compra en la mano.
Se quedó parado durante cuatro minutos completos, leyendo los datos sobre el aislamiento de los mayores.
Tú estabas demasiado abrumada por los insultos como para fijarte en él.
Hipatia entornó los ojos, intentando rescatar la escena de entre los pliegues de su memoria analítica.
—¿Y qué ocurrió con ese sujeto? —preguntó con cautela.
—Búscalo —dijo Hermes, y le tendió una pequeña nota con una dirección escrita en la acera sur del distrito antiguo.
Dos días después, tras seguir las pautas de Hermes, Hipatia localizó a Tomás en una plaza modesta, lejos de las avenidas comerciales.
El anciano estaba sentado en un banco de madera pintada de verde, echando migas de pan a las palomas con movimientos mecánicos y pausados.
Vistía una chaqueta gastada pero pulcra, llevaba la boina bien calada y mostraba el rostro surcado por las arrugas profundas de quien ha conocido el trabajo físico y la pérdida.
No era un sabio. No era un héroe trágico. No destacaba por ninguna cualidad excepcional entre los miles de ancianos que poblaban la ciudad.
Hipatia se acercó despacio y ocupó el otro extremo del banco. Durante varios minutos, el único sonido fue el aleteo de las aves y el murmullo lejano de los vehículos.
—Disculpe —rompió el silencio la filósofa—. Hace unas tardes... estuvo usted presente en la plaza central, frente a la pantalla informativa.
El anciano dejó de esparcir las migas, miró a la mujer de la túnica con curiosidad tranquila y esbozó una leve mueca de reconocimiento.
—Ah, sí... La pantalla de los gráficos —dijo Tomás con voz cascada—. Recuerda usted bien. Había mucho alboroto. La gente gritaba cosas raras.
—¿Qué pensó al ver las cifras sobre el aislamiento y la soledad? —inquirió Hipatia, conteniendo su impulso analítico habitual.
Tomás miró hacia el horizonte de tejados grises, permaneciendo en silencio unos instantes antes de responder:
—No pensé en cifras, señorita. Pensé que aquel aparato tenía razón en algo muy simple. Decía que nos acostumbramos a estar solos porque es más fácil no llamar a nadie que arriesgarse a no saber qué decir.
Hizo una pausa y se ajustó la boina con dedos nudosos.
—En cuanto llegué a casa, saqué el teléfono fijo del cajón y llamé a mi hija. Hacía ocho meses que no hablábamos por culpa de una discusión absurda.
Hipatia se quedó petrificada en el banco. La certeza geométrica de sus métodos se tambaleó de nuevo, pero esta vez no por el peso de un fracaso, sino por el impacto inesperado de una consecuencia inconmensurable.