CAPÍTULO 7 LA PRIMERA VICTORIA
I
El amanecer despuntaba sobre la metrópoli con una claridad fría y limpia que lavaba momentáneamente la capa de polución acumulada en los ventanales de la biblioteca abandonada.
Hipatia de Alejandría permanecía sentada frente a la mesa de roble, rodeada por la montaña de tablillas que había acumulado durante sus primeras semanas en el Plano Denso.
Sus ojos recorrieron la caligrafía uniforme y pulcra de sus notas: registros de flujos de tráfico, análisis demográficos de aislamiento, índices de consumo digital, porcentajes de rechazo informativo y muestras estadísticas de miles de individuos observados en plazas, metros y centros comerciales.
Todo en sus escritos hablaba de poblaciones. Todo se refería a masas, tendencias, colectivos y porcentajes.
Por primera vez desde que inició su investigación, una sensación extraña, casi incómoda, comenzó a abrirse paso en su pensamiento. Hojeó una a una las tablillas de arcilla, buscando una sola excepción, una sola grieta en la uniformidad de su método. No la encontró.
Poseía millones de datos sobre la especie humana. Comprendía las correlaciones numéricas de su comportamiento con la precisión de una máquina astronómica... y, sin embargo, no conocía a nadie.
El crujido del suelo de madera anunció la llegada de Hermes.
El dios de los caminos avanzó entre las hileras de estanterías, vistiendo una gabardina sobria y sosteniendo una carpeta de papel bajo el brazo.
Se detuvo junto al promontorio de informes que cubría la mesa y miró a la matemática en silencio.
—¿Cuántas personas has estudiado en tus gráficos, Hipatia? —preguntó Hermes con tono tranquilo.
Hipatia levantó la vista, desorientada por la sencillez del enunciado.
—Millones —respondió de inmediato—. He procesado las conductas de distritos enteros de la metrópoli. Los patrones de interacción son estadísticamente representativos de la totalidad del Plano Denso.
Hermes negó lentamente con la cabeza, manteniendo la mirada fija en sus ojos.
—No —dijo con voz pausada—. Te he preguntado cuántas personas.
El silencio que siguió a esa precisión cayó sobre la sala con el peso de una verdad irrebatible.
Hipatia miró la montaña de datos a su alrededor, miró sus propias manos manchadas de tiza y polvo de arcilla, y por primera vez en su existencia inmortal comprendió la abismal diferencia entre contabilizar a la multitud y reconocer a un ser humano.