El plano denso
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I
La Esfera del Crisol suspendía su curvatura de cristal en el centro inmaterial de Aeterna, flotando sobre un abismo donde el polvo de los imperios extinguidos giraba en órbitas lentas y silenciosas.
No tenía aristas ni peso; era una lágrima gigante de luz soplada por los dioses en los días en que el tiempo todavía se medía por milenios.
A través de su superficie titilaban miles de ventanas minúsculas, un mosaico pulsante de vóxeles que retransmitía el tictac perpetuo del Plano Denso: la Tierra, ese guijarro húmedo y ruidoso.
En los salones circundantes, los inmortales pasaban las horas muertas con la displicencia de quien ha visto caer tres civilizaciones por semana.
—Mira a ese —dijo Hermes, apoyando un codo dorado sobre la barandilla de ébano y señalando con el mentón una de las celdas de la Esfera—.
Lleva diez minutos calculando la trayectoria exacta para no rozarse con un transeúnte, mientras pide por mensajería instantánea que le lleven una botella de agua al sofá.
Dionisio, recostado sobre un diván que parecía hecho de nubes digeridas, dio buena cuenta de una uva morada y soltó una risa líquida.
—La entropía ya no necesita el caos, querido mensajero. Se alimenta de la comodidad. Es mucho más limpia y no ensucia la alfombra.
En un rincón apartado, sentada con la rigidez geométrica de una escuadra y un compás, Hipatia de Alejandría no sonreía.
Sostenía sobre las rodillas un códice de papiro en blanco y una tablilla donde anotaba cifras con precisión monacal.
Su túnica blanca no tenía una sola arruga, igual que su mente, que se negaba a aceptar el desorden estético del siglo veintiuno.
Para ella, el universo seguía siendo un teorema de proporciones áureas.
Cada aberración en la Esfera era simplemente un fallo de sintaxis que la lógica, tarde o temprano, terminaría por corregir.
Ma’at permanecía en pie junto al borde del abismo, con la pluma de avestruz prendida en los cabellos oscuros, inmóvil como una columna de basalto.
Escuchaba el murmullo de fondo: el zumbido eléctrico de ocho mil millones de conciencias que habían cambiado el peso de la responsabilidad por la ligereza de la pantalla táctil.
—Han domesticado la gravedad para evitar caminar —observó Hermes, negando con la cabeza antes de dar un sorbo a su néctar.