El Planeta Minúsculo (Archivos del espacio 5) UN TOHUVABOHU DE LO MÁS ENREVESADO
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UN TOHUVABOHU DE LO MÁS ENREVESADO

Impedir que los demás empeoren.

Muy fácil de decir e incluso hasta suena bien; pero no tiene absolutamente nada de fácil. Pues eso significa, literalmente, que Eleny y yo tenemos que recorrer de una punta a otra todos los rincones de la colonia. A todos aquellos lugares en los que los muchos ojos de Teima han visto una emergencia.

Claro que no tiene ojos, sino que recurre a todas las cámaras disponibles y a saber qué otras posibilidades de observación y vigilancia. Nunca me ha interesado mucho todo eso.

—Por favor, 201 y ..., perdón, quiero decir Noël y Eleny, mirad al frente —dice ahora Teima. Su cara holográfica, proyectada por mi pulsera, flota siempre junto a nosotros—. ¿Podéis ver el cortacésped motorizado con la mujer sentada en el asiento?

—Antonia —dice Eleny.

—Exacto —confirma Teima—. Si mis observaciones están en lo cierto, la mitad superior del árbol que se ha dañado con el choque del cortacésped podría romperse del todo y caer. Y con caer me refiero a caer encima de ella.

—Lo que no estaría nada bien —digo yo—. Entendido, no requiere más explicaciones.

Así que corremos por el pequeño prado hacia Antonia.

No conocía su nombre. Solo me acuerdo de que una vez me criticó que pasara frente a su vivienda y no la saludara.

Mucha gente valora en exceso que se la salude.

Yo creo que es innecesario. ¿Qué tengo yo en común con esa Antonia, excepto que ambos vivimos en Marte?

—Ya —murmuro por lo bajini ante mí, mientras la sujeto por los brazos y Eleny se hace cargo de las piernas—, y ahora te salvo igualmente la vida.

—¿Igualmente? —pregunta Eleny antes de soltar un gruñido por tener que arrastrar a Antonia unos metros hacia un lado. Al desplazarla, arrastra el trasero por la hierba. El de Antonia, quiero decir, no el de Eleny.

—Es que no le gusto —confieso. Suena exagerado, pero bien. Así quedo también algo mejor parado; salvo la persona que no me soporta. Así de rápido puede convertirse uno en el héroe de alguien a quien ni siquiera se saluda.

Dejamos a Antonia tumbada sobre la hierba, fuera ya de la zona de peligro. Tiene la cara bastante pálida, como la mayoría, pero respira. Lentamente, pero también de manera uniforme. Eso es tranquilizador.

—Ahora debéis ir al otro extremo del prado —dice Teima—. Allí vais por el camino que ...

—Vamos a necesitar hacer una pausa pronto —dice Eleny.

Parece como si me hubiera leído los pensamientos. Y me alegro de que sea ella la primera que lo dice.

—Dentro de un ratito os concederé ese deseo —dice Teima—. Olvidé que sois humanos inacabados.

—¿Inacabados? —pregunto.

La cara holográfica sonríe y parpadea un par de veces. Es como si se sintiera algo abochornada. Creo que no tiene emociones reales, pero las está imitando.

—Perdonad —dice—. Quiero decir que aún sois niños. Todavía no soy adultos maduros.

—¡Pues dilo así! —exijo—. ¡Inacabado suena a insulto!

—¿Quieres decir —interviene Eleny— como cuando se llama renacuajo a un bebé?

¡Zasca! Uno a cero para ella. Como no se me ocurre nada inteligente, mejor me callo la boca.

La catástrofe del cortacésped de Antonia es el octavo caso al que Teima nos ha enviado.

Justo antes metimos a alguien de nuevo en su vivienda, por estar medio colgando de la ventana.

Lo más vergonzoso fue cuando tuve que ir hasta un hombre que estaba metido en la bañera.

¡Desnudo, evidentemente! Saqué el tapón para que se vaciara, le puse una toalla de almohada y extendí otra para taparlo.

Teima dijo que aumentaría un poco la temperatura del cuarto de baño, pero existía el peligro de que resbalara hacia dentro y se ahogara.

Y lo peor de todo es que lo conozco bien, es amigo de mi padre.

Cuando venga algún día a visitarnos recordaré siempre cómo le tapé en la bañera.

Teima lleva tres horas ya haciéndonos correr hacia todos los lugares donde considera necesario que intervengamos. De una punta a otra de la colonia. Y ahora dice: —Tengo otro encargo para vosotros. La situación de 153 se ha agravado.

—¿153? —pregunto.

—Tillmann Sanders, el químico —explica Teima—. Estaba en su laboratorio cuando entró en coma. En esa habitación está aumentando la concentración de monóxido de carbono.

—¿Y eso qué es?

—Un gas tóxico. Al principio no lo detecté porque pesa más que el aire y se acumula a nivel del suelo.

Pero los sensores ahora ya lo han detectado con claridad.

Si la habitación sigue llenándose de eso, dentro de diez minutos puede ser mortal para 153.

No sé de dónde viene el gas, pero debe salir de algún sitio.

El problema es que es un laboratorio especial que no puedo …

ventilar así como así. De hecho, es incluso un poco más complicado que eso, pero ...

—Okey, entendido —la interrumpo—. Necesitas nuestra ayuda y ese señor ciento cincuenta y tres también. ¡En marcha!

Eleny y yo salimos disparados hacia el laboratorio. Teima nos muestra el camino. Se trata de un edificio bajo en el que no había entrado nunca. Solo sé que allí se llevan a cabo experimentos uno tras otro. Cosas científicas.

El pasillo por el que corremos es gris y considerablemente feo. No hay ni plantas que lo decoren ni paredes de colores. Tras una curva vemos una planta; una palmera de Yuca, si no me equivoco, dentro de una maceta bastante grande. Pero no tiene mucho de verde ya, sino que parece bastante marchita.

Me temo que si no sacamos a la gente de este coma, todo Marte se verá pronto así de marchito. Personas incluidas.

—Esta puerta no, la siguiente —dice Teima.

Llegamos a ella un par de segundos después. Quiero abrirla pero está cerrada con llave.

—Esperad, que os la abro —anuncia la IA.

Se oye un clic y la puerta se desliza a un lado. Entro y olisqueo el aire, pero no percibo nada extraño. Miro al suelo. No hay ni rastro de ese gas monocarbónico o lo que sea. No es bueno que ni siquiera podamos olerlo.

Eleny levanta los pies como si estuviera caminando por un lodazal.

—Podéis entrar sin peligro alguno —asegura Teima—. El gas solo es peligroso cuando se inhala. Está acumulado en el suelo. Así que ni se os ocurra arrodillaros ¿vale?

Miramos bien a nuestro alrededor y nos damos cuenta en seguida de lo que ha pasado. El Sr. Sanders ha caído con tan mal atino, que ha arrancado la manguera de un bidón.

Ahí pone: «Mantenimiento de vida – ¡Tóxico, no tocar!» ¿Mantenimiento de vida y tóxico? ¿Eso cómo se come?

El bidón está sobre el suelo embaldosado del laboratorio.

La boquilla de salida está a la altura de la rodilla.

¿Qué decía Teima? ¿No arrodillarse? Señalo hacia la manguera.

Eleny lo comprende de inmediato y aprieta la manguera para cerrar el paso justo en la salida.

Yo inspiro a fondo, aguanto la respiración y me arrodillo para poder desconectar la manguera del bidón, coger el tapón que hay al lado y colocarlo en su lugar.

El gas no puede hacerme nada si no lo inhalo, ¿verdad?

Hecho. Es como si hubiéramos cambiado la manguera de nuestra ducha.

Eso puedo hacerlo. Me levanto y expulso el aire que aguantaba dentro.

—Ahora dejad la puerta bien abierta —pide Teima—. El resto del monóxido de carbono se distribuirá por el resto de las habitaciones. Y ponedle algo bajo la cabeza al Sr. Sanders, a modo de cojín.

—¿Podemos salir igualmente de esta sala tóxica? —pregunto.

—Podéis salir —dice la bondadosa IA—. Además, estáis muy cerca del jardín botánico. Antes queríais hacer una pausa. Podéis descansar allí un ratito.

Me pongo de inmediato en marcha, pues ese laboratorio me pone un poco los pelos de punta.

Teima tiene razón, llegamos al jardín en un santiamén.

Sin pensarlo dos veces, Eleny y yo nos vamos a nuestro lugar preferido, a la raíz elevada junto al arroyo.

Pero no nos sentamos en ella, sino que nos tumbamos directamente junto a la orilla.

Sienta la mar de bien. El chapoteo del agua me hace sentir aún más cansado de lo que ya estoy; y eso que aquí hace bastante frío.

Eleny parece notar lo mismo que yo, pues pide a Teima que eleve un par de grados la temperatura.

—Pero voy a tener que ir cuanto antes a ver cómo están mis padres —añade.

—Al igual que los padres de Noël, los tuyos no tienen problemas.

—Eso ya nos lo dijiste antes, pero pienso igual que Eleny —digo yo—. Me gustaría convencerme con mis propios ojos.

—Podéis confiar en mí —asegura Teima—. Lo he comprobado varias veces. Igual que la situación de todos los demás habitantes.

No lo pongo en duda, pero aun así me gustaría poder ver a mis padres. Ya sé que Teima se entera de todo. Está siempre en todas partes, en cada ordenador, en cada cafetera y en cada pantalla informativa (...y en miles de lugares más).

Antes me daba así como algo de miedo, pero normalmente me importa un pepino.

Es algo normal, sin más. Ahora resulta que puede ser de lo más útil.

Necesita nuestra ayuda, claro, pero mantiene una buena visión de conjunto.

Regula muchas cosas por nosotros aquí, en la colonia.

Por ejemplo, es capaz de mantener los servicios básicos en funcionamiento y evitar que nos quedemos sin aire que respirar.

Al menos eso es lo que creo. Quiero decir, que seguro que puede hacerlo, ¿no?

¿Puede hacerlo también ella sola cuando no hay nadie más disponible y mantener todas las instalaciones? ¿O igual se asfixiarán dentro de poco?

Empiezo a divagar un poco. Ante mis ojos cerrados veo de nuevo a esas dos mujeres en el gimnasio, tumbadas torcidas sobre a saber qué aparato con el que ejercitaban a saber qué músculos.

Eleny y yo solo tuvimos que cambiar un poco su postura porque Teima dijo que si no, sufrirían daños en las articulaciones.

Además, ahí están también esas mariposas que bailan sobre un arco iris y son pasto de un monstruo oscuro que ahora alarga sus garras hacia mí.

—¡Noël!

El grito de Eleny me saca de mis melancólicos pensamientos, como acabo de darme cuenta. Y sí que eran extraños. Pero con todo lo que hemos estado haciendo hasta ahora no me extraña nada.

—¿Qué pasa? —pregunto.

Eleny me lanza su torcida sonrisa.

—No hay tiempo para echar cabezaditas.

—No estaba durmiendo —digo yo.

—¿Entonces solo roncas así a veces, porque sí, cuando estás despierto?

¿Roncar? ¿Me he dormido y estaba soñando? Eso explicaría al menos la tontería esa de las mariposas y el monstruo. ¡Y juro que jamás se enterará nadie de lo del arco iris!

Para no parecer demasiado estúpido digo lo más inteligente que se me pasa por la cabeza en ese instante:

—Ehh … mmm … sí, pues sí. —Vale, ahora sí que parezco realmente idiota. Así que inspiro hondo y sigo—. He estado pensando en lo que deberíamos hacer a continuación.

—Aún nos queda un gran cantidad de tohuvabohu que poner en orden —dice Teima.

—¿Tofuqué? —pregunta Eleny.

Es superguay del Paraguay que yo conozca una palabra que Eleny no sabe.

—¡Tohuvabohu! Eso significa un desorden descomunal. Puro caos. —Luego estoy a punto de añadir la lengua de la que procede, pero como no estoy muy seguro, me lo callo. ¿Griego? ¿Indio?

—Exacto —confirma Teima—. Quería utilizar una palabra que sonara divertida para levantaros un poco el ánimo. No estaba segura qué resultaría más divertido, si morondanga o barullo descomunal.

—¡Catapúm catacrac! —dice Eleny riendo.

—Una barullizasca, más bien —añado yo.

—Desconozco esa palabra —dice Teima.

—No me extraña, me la acabo de inventar —confieso. Suelo hacerlo a menudo, eso de inventar palabras raras. Y al final me acuerdo: ¡Hebreo! ¡Tohuvabohu viene del hebreo! Y no es que sepa mucho más de ese idioma. ¡Ni que tuviera ahora importancia alguna!

—En todo caso, al menos por ahora no podéis dormir mucho más —dice Teima—. ¡Todavía no! Sigo necesitando vuestra ayuda. Puedo daros ocho minutos más de descanso a partir de ahora, y luego vendré a por vosotros.