El Planeta Minúsculo (Archivos del espacio 5) UNA IA TERMINA LA JORNADA
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UNA IA TERMINA LA JORNADA

Teima acaba de empezar a contar hacia atrás comenzando por diez mil millones. Dentro de ocho coma tres nueve minutos llegará al cero y entonces finalizará la jornada de hoy. ¡Al fin! Marc, que mantiene sus circuitos, no llegaría jamás siquiera a tres mil millones. Los humanos no cuentan bien.

Acaba de comenzar con los ocho mil millones cuando la alarma la detiene.

Código C-34-AA. Ha tenido suerte. Sigue contando.

El Código C es un accidente. El 34 se refiere a Tim Schumacher, un campesino.

Todos los habitantes tienen allí un número.

La doble A le dice que ni Tim ni ninguna propiedad de la colonia ha sufrido daños.

En caso de que fuera B, Teima enviaría a un sanitario, con una C a un médico y con una D a un policía.

Para Tim. El conserje se encargaría más tarde de la propiedad dañada.

A no ser que la alarma contenga una E; en cuyo caso debe informar a toda la colonia pues hay peligro de lesiones y de muerte.

Teima se reclina. No tiene cuerpo, pero siempre le ha parecido supercómodo ver a Marc reclinarse en su butaca frente al tablero de mando. Así que se imagina cómo debe ser.

Cuatro mil millones más para finalizar la jornada. Entonces solo habrá un sencillo sistema automático que cuidará de la colonia. Un programa de ordenador incapaz de pensar como ella.

Teima ya se alegra por el fin de la jornada, porque así podrá dedicarse a su auténtica pasión.

Teima es el acrónimo de Tecnología Exploratoria Interactiva para MArte.

Está aquí para analizar Marte desde el punto de vista científico.

Es la finalidad de su vida. Pero los humanos la han convertido en una especie de niñera que tiene que ocuparse de absolutamente todo.

Ella preferiría acompañar las expediciones de exploración que ahora mismo están de camino hacia los polos norte y sur de Marte.

Teima sueña a veces cómo escala el gigantesco glaciar que se ha formado en el polo norte.

Alarma. Código C-88-BB. Jolines.

Alarma. Código C-63-BC. Jolines. Jolines. Jolines.

Jolines es la palabrota más fuerte que Marc le permite decir.

Cuando se enfada mucho, la repite varias veces.

Teima mira por todas las cámaras en las que puede ver a la persona 88 y a la persona 63.

88, una mujer cuyo nombre le es igual, está sentada sobre un cortacésped y ha chocado contra un árbol que se ha partido a media altura.

Jolines. 88 está inclinada hacia delante.

Sus brazos cuelgan flácidos a los lados.

Teima amplía la imagen. La persona sigue respirando. Bien.

Persona 63 es un hombre tumbado en el suelo de su cocina. Sigue también respirando, peo no se mueve. La cámara muestra una mancha roja que se extiende alrededor de la cabeza. Teima conecta con la enfermería. Hay que enviar a un sanitario para que atienda a 63. Rápido.

Pero nadie contesta en la enfermería. Teima consulta en plan de servicio que ella misma ha creado.

Otra función más que le han endilgado. Debería responder el Doctor Martinson.

Cambia a la cámara de la enfermería. El médico está sentado en su butaca como echándose una buena siesta.

Tiene los ojos cerrados, pero respira. La paciente frente a él tiene el torso tumbado sobre el escritorio.

Jolines, jolines, jolines. Teima detiene la cuenta a atrás. Hoy ya no finalizará jornada alguna. Lo que está pasando no le gusta nada. Llama a los bomberos, que tampoco responden.

En la cabeza de Teima se ilumina una lista.

Ha comprobado doscientos veintidós habitantes.

Todos sus números tienen fondo rojo. Algo debe haberles …

asaltado. Y ha sido muy rápido. Nadie tuvo tiempo de buscar un lugar cómodo donde tumbarse.

Solo hay dos personas que están en sus camas. Debian estar echándose una siesta.

Pero no duermen. Teima ha analizado más en detalle la número 88.

Quien duerme, se mueve. Aunque solo sea mínimamente.

Pero 88 está totalmente inmóvil. Si Teima pudiera sentir miedo, ahora lo tendría.

Pero sí nota cómo ha cambiado su reacción.

Duda un poco antes de conectar una nueva cámara.

No quiere ver lo que la cámara le mostrará.

Como ahora. Pero hay dos números que aún están en verde: 201 y 209.

Se trata de Noël y de Eleny, pero Teima recuerda mejor los números.

Son niños de casi la misma edad. Teima es buena en matemáticas, pero no con otros niños.

Estos suelen comportarse aún de forma ilógica en comparación con los humanos más hechos.

¿Por qué no pueden esperar los humanos a que su descendencia esté del todo acabada antes de liberarla?

Es uno de esos misterios que le plantean sus creadores una y otra vez.

Teima cambia a la cámara que los enfoca a los dos. Están en el parque. Tiene los pies en el agua del arroyo. No parecen sucios. ¿Por qué meten entonces los pies en el agua? Eso es puro derroche. Las células cutáneas que se lleva consigo el agua deben ser luego filtradas por el sistema de depuración.

Pero por lo demás parecen estar bien. Están conversando. Si Teima interpreta bien sus gestos y miradas, parecen estar a punto de pelearse. Seguro que se trata de comida. Incluso los humanos acabados se pelean a menudo por eso.

No. Unos niños no pueden serle de ayuda. Necesita a humanos maduros. Teima repasa de nuevo la lista completa. Incluso Marc duerme; y eso que siempre se queja de lo mucho que le cuesta conciliar el sueño.

Teima regresa a 201 y 209. De algo le tendrán que servir. Activa la alarma en la pulsera del jovencito.

—Me gustaría poder activar una imagen holográfica.

—En el fondo no se trata de que 201 pueda verla.

Más bien es al revés: solo con holoimagen activada puede mirar al chico a la cara.

Eso ayuda mucho en el trato con personas, pues suelen decir una cosa mientras opinan otra distinta.

Y eso puede reconocerse con frecuencia en la expresión de la cara.

—De acuerdo. —Algo es algo, el chico alarga el brazo.

Teima muestra la cara que él mismo ha creado para ella. El cabello no tiene sentido alguno y la nariz le ha quedado torcida. Por lo demás, le gusta. Tiene ojos verdes, algo demasiado juntos, para transmitir la sensación de seriedad. Ese truco que le reveló Marc resulta ahora muy útil.

—¿Qué pasa? —pregunta el chico.

Los jovencitos responden sorprendentemente bien. Teima esperaba que se pusieran a llorar o incluso a gritar. Igual no pueden por estar en shock.

—¿No estarán en coma? —pregunta el chico.

Coma, sí, es un buen término. A Teima le gusta más que desmayo; la primera palabra que se le ocurrió.

—Seguramente estén en coma, sí —confirma.

—¿Entonces por qué somos los únicos aún despiertos? —pregunta la chica.

Esa es la pregunta del millón, como dicen. ¿No podría ser Vladimir, el jefe de seguridad, quien estuviera despierto? ¿O Tanaka, la ingeniera, que siempre tiene buenas ideas? ¿Qué hay de Hana, la física? Pero no, tenían que ser precisamente los dos humanos inacabados, a medio hacer por así decirlo.

—Buena pregunta —responde Teima evitando el tema.

En segundo plano lleva ya rato investigando.

Mientras un humano piensa una simple frase, Teima es capaz de consultar todas las fuentes de la red.

Incluso envía una petición a la Tierra, pero tardará más de veinte minutos en obtener respuesta.

Ya que la distancia entre la Tierra y Marte es tan grande, incluso la luz necesita todo ese tiempo en recorrerla.

Teima descubre en la biblioteca de la red de la enfermería que el coma no es una enfermedad. Es una disfunción que evita que el paciente pueda despertarse incluso bajo estímulos fuertes.

¿Realmente están todos los maduros comatosos?

Teima activa la función de despertador de todos los relojes en la colonia.

Todos a la vez. ¡Ahora! En todas las viviendas y oficinas debería estar ahora sonando el despertador de forma atronadora.

Consulta en rápida secuencia todas las cámaras.

Nadie se mueve. Solo 201 y 209 miran confusos a su alrededor.

Pero Teima no ha acabado. Estímulos; eso podrían ser también el calor y el frío.

Pone todos los termostatos de la enfermería a cero grados.

Frío helado. En la cocina enciende todos los hornos.

Sobre los espejos de la enfermería aparece escarcha.

La cara de la cocinera se pone roja. Pero ni ella ni el médico responden.

Dolor. A veces, Marc dice «pellízcame» cuando hay algo que no puede creerse.

El dolor puede despertar a humanos. Teima, como inteligencia artificial, no está en situación de provocar dolor alguno.

Es imposible. Ya lo intentó cuando Marc le fastidió un día el fin de la jornada.

Estuvo a punto de tocar la barra metálica que ella había cargado con corriente.

Pero entonces gritó «¡Cuidado!» y Marc se percató del peligro.

Sin embargo, ahora tiene que hacer daño a alguien.

La seguridad de la colonia se lo exige. ¿Funcionará eso?

Por las cámaras busca a un humano que haya caído al suelo en el marco de la puerta de su casa.

Teima puede controlar todas las puertas exteriores.

Si un día la cúpula se viera dañada y se escapara el aire, podría sellar las casas para evitar la asfixia.

Los humanos quedarían prisioneros en sus casas, pero seguirían vivos.

Allí. El número 133 está tumbado en el quicio de su puerta. El torso ha caído en el jardín del porche, pero tiene los pies aún en el pasillo. Lleva un cordón del zapato desatado. Igual estaba saliendo en ese momento de casa.

La puerta está totalmente abierta. Teima da la orden de cerrarla. La puerta oscila en dirección a la cabeza del habitante. Está a punto de golpearla. Stop. No puede hacerlo. Teima detiene el movimiento de la puerta.

—Emm, ¿201?

El chico no responde.

—¡Oye, Noël!

—¿Has descubierto ya qué ...?

El inacabado no reacciona a su número. Teima toma nota de eso. Marc sí la escucha cuando ella lo llama 83.

—Todavía no. Tengo que pedirte algo. Es algo … inusual.

—Y yo que creía que podías hacer de todo —comenta Noël.

—¿Lo ves? tu querida Teima no puede ayudarnos —dice Eleny.

A Teima no le cae bien 209. Pero tiene la suerte de que 201 sí esté más dispuesto.

—Debes ordenarme que cierre la puerta principal de 133.

—¿Que haga qué?

201, no me decepciones ahora.

—Ordénamelo, así de simple. —Pues así podrá Teima ejecutar esa orden. O al menos eso espera.

—Está bien, cierra la puerta de 133. ¿Quién es 133?

Teima transfiere la orden del humano a la puerta. Esta la acepta y se cierra. Cuando golpea contra la cabeza de 133, envía un mensaje de error. Ha sido un golpe considerable. La puerta le ha dado en toda la frente. Teima amplía la imagen de la cámara. No hay herida abierta. Ha tenido suerte.

Pero 133 sigue sin moverse. Jolines, jolines, jolines.

—Teima, ¿quién es 133?

El niño. Ha ignorado su pregunta. La mayoría de las personas olvidan sus preguntas fácilmente cuando no obtienen respuesta y todos siguen siendo felices. Pero parece que los inacabados no están aún en situación de poder hacer eso. Teima toma también nota de ello.

—¿Teima?

Que siiii, vale. Tendrá que responder.

—133 es Pavel.

—¿El profesor de deporte?

Teima consulta la lista de habitantes. Sí, Pavel da clases de gimnasia a niños y adultos. En Marte, la gente pesa mucho menos que en la Tierra. Si no quieren perder masa muscular, deben hacer tres horas de deporte al día.

—El profesor de deporte —confirma.

—¿Sabes ya lo que les ha pasado a todos? —pregunta Eleny.

Eleny. Noël. Es mejor que Teima se aprenda los nombres. Los pequeños parecen reaccionar mejor a ello y ahora mismo es lo único que tiene.

—No, no lo sé. Debemos hacer algunos tests más. Pero primero os necesito. Debemos impedir que los demás empeoren.