El Planeta Desaparecido (Archivos del espacio 6) Extracto Los niños del planeta rojo
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Extracto Los niños del planeta rojo

¿QUIÉN ENCIENDE LAS ESTRELLAS?

—La vida en Marte es una auténtica pasada.

Eleny tuerce el gesto con su famosa sonrisa de cine, levantando solo la comisura derecha de la boca.

—¿En serio? ¿Ahora? Yo la odio.

En el fondo yo también. A decir verdad, solo lo he dicho para fastidiarla.

resulta divertido ver cómo siempre se cabrea cuando alguien insinúa de alguna forma que Marte tiene algo de bueno.

Su oreja artificial, siempre algo demasiado pálida, obtiene algo más de color.

Ella dice que no es verdad, pero sí que lo es.

Tengo ojos en la cara. Lo veo y me da igual que Teima, la inteligencia artificial de nuestra colonia, diga que algo así es imposible.

¡Imposible!

Me entra la risa nada más oír eso. Puede que Teima sea de lo más inteligente que hay, con todo ese conocimiento almacenado que tiene, pero hay cosas que simplemente no pilla.

¡Pues todo es posible! Ese es mi lema principal.

Con él he sobrevivido 13 años en Marte, y eso significa que soy el más absoluto ganador.

¡Sí, llevo viviendo aquí ya más tiempo que cualquier otro niño en la historia de la humanidad!

Vale, de acuerdo, solo somos la segunda generación desde que se colonizó Marte. Además, todo el mundo se asombra de por qué hay tan pocos niños aquí; solo Eleny, yo y ese renacuajo que se llama … se llama ...

Maldita sea, no me acuerdo de cómo se llama.

—¿Cómo se llamaba? —le pregunto a Eleny.

—¿Quién? —me replica sorprendidísima por el cambio de tema, pues no es capaz de leerme los pensamientos que me han llevado a este punto.

—El renacuajo ese.

—¡No lo llames así! Es un bebé, Noël, un bebé , ¿lo pillas? Algo muy distinto.

A veces resulta una sabihonda insoportable, pero me cae igualmente bien. Igual a ella también le cae bien el renacuajo ese. Bueno, a ese lo quiere todo el mundo ya solo por el hecho de ser el primero niño que ha nacido aquí tras doce años. Eso ha conmocionado y entusiasmado a la colonia entera.

—Tienes razón —le confieso. Siempre le gusta oír esas cosas.

—Se llama Verran —le recuerda Eleny.

Exacto, eso es. Por eso me cuesta mucho recordar ese nombre. Porque suena raro de narices. ¿Cómo puede uno llamar Verran a un bebé? No entenderé nunca a los mayores.

—Cierto —me limito a decir. Luego permanecemos callados.

También hubo una cuarta niña en Marte, la hermana gemela de Eleny, pero murió en un accidente hace dos años. Fue algo horrible y a veces parece que sigue estando muy triste por ello. No me extraña. Yo también lo estaría; no he tenido jamás ningún hermano o hermana. Aunque igual sea mejor así.

Estamos sentados en nuestro rincón preferido, en el jardín botánico bajo la cúpula de cristal, sobre la gran raíz elevada. Bueno, de hecho, la cúpula no es de cristal sino de oxiniyoquesé de aluminio... se me queda la mente trabada.

¿Cómo se llamaba eso? Da igual; es el mismo material con lo que se hacían antes las latas de bebida que tanto contaminaron la Tierra, solo que ahora han conseguido que sea transparente.

Y la protección es necesaria porque en Marte solo hay una atmósfera muy tenue, es decir que no hay aire que podamos respirar.

Fuera de las zonas habitables, nos asfixiaríamos rápidamente sin trajes protectores.

El arroyo artificial chapotea alrededor de nuestros pies.

El agua es tan fría que incluso duele, pero como Eleny lo aguanta, aprieto los dientes y disimulo todo lo que puedo.

Nos encanta estar aquí porque el aire huele mejor que en cualquier otro sitio y porque aquí puede uno estar la mar de tranquilo.

Eleny entrelaza las manos tras la nuca y se inclina hacia atrás sobre la raíz elevada. Sus piernas cuelgan a derecha e izquierda y los pies descalzos oscilan a muy pocos centímetros del suelo. Acaba de sacar los pies del agua, que gotea de sus dedos.

Yo también sacaría los pies del arroyo, pero no lo hago. No quiero que piense que estoy esperando una buena ocasión para hacerlo. De hecho es así, pero no tiene por qué saberlo.

Eleny clava su mirada en mis ojos.

—¿Sabes lo que me pregunto a veces? —Señala hacia arriba, hacia el oscuro cielo más allá de la cúpula transparente, donde en la eterna lejanía brillan innumerables puntitos de luz como chispas repartidas por el infinito. Cada uno de ello tan lejos, que jamás podremos alcanzarlos.

—¿Hm? —respondo yo.

—¿Quién ha encendido todas esas estrellas? —pregunta.

Casi suelto una carcajada. Pero solo casi.

Creo que en ese caso sí que se habría cabreado conmigo.

O no, peor aún, habría herido sus sentimientos, y eso es algo que no quiero en absoluto.

A veces me pone de los nervios, pero aun así es mi amiga.

Aunque sigo sin entender cómo puede alguien llegar a pensar en algo así.

Intento a la desesperada encontrar una respuesta adecuada y me decido por una broma:

—Pues el unicornio enciende-estrellas, ¿quién si no?

Se gira sin incorporarse, levanta el brazo y me da un puñetazo en el hombro.

—No entiendes por qué pienso en algo así, ¿verdad?

En eso tiene razón. Las chicas son … diferentes. Solo la conozco a ella, pero claro que he visto cantidad de películas y leído muchos libros que lo confirman.

—¿Entonces quieres una respuesta seria? Pues allá va: nadie enciende las estrellas. Se crearon por algún proceso químico. —O eso al menos es lo que supongo, que tiene algo que ver con procesos químicos. Aunque tampoco estoy tan seguro.

—¡Eso también lo sé yo! —exclama Eleny.

—¿Por qué preguntas, entonces?

—Bah, no lo entiendes.

Y vuelve a acertar.

—No me soportas, ¿verdad? —pregunta Eleny.

¿Cómo se le ocurre decir eso? Ya que tengo que contestarle algo, digo exactamente lo que he pensado.

—¿Cómo se te ocurre decir eso?

—Crees que soy rara —dictamina Eleny.

—No.

Se incorpora de golpe con un brillo rabioso en los ojos.

—¡No me mientas!

—No te miento —miento yo. Pues ahora mismo sí que la considero más rara que un perro verde. Aprovecho la ocasión para levantarme indignado. Así puedo al menos sacar los pies del agua helada. ¡Y eso sienta de maravilla!

En ese momento nos habla la inteligencia artificial. Por suerte, porque si no nos habríamos peleado de lo lindo; pero lo que nos cuenta Teima no es nada bueno. Todo lo contrario. Es más o menos lo peor que jamás hayamos podido llegar a oír.

Teima se comunica a través del altavoz de mi pulsera, que llevo siempre puesta.

—Me gustaría poder activar una imagen holográfica —dice Teima.

—De acuerdo —respondo, mientras estiro un poco el brazo.

Sobre la pulsera se forma una cara joven y amable con melena castaña despeinada, ojos verdes, sin cejas y con la nariz un pelín torcida. Es el avatar que creé yo para la IA en su día.

Me llama de inmediato la atención que Teima parece mucho más seria de lo normal.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Qué bien que estéis los dos juntos aquí —responde Teima—. Hay problemas.

—¿Qué problemas?

—La situación no resulta fácil de valorar.

—¿Ni siquiera para ti, que lo sabes todo? —pregunta Eleny en su mejor tono de voz despectiva. No soporta a Teima y lo demuestra siempre que tiene ocasión para ello. Y cuando no la tiene, también.

—No es momento de bromas —dice Teima.

—No estoy de broma, sino … —comienza Eleny, pero se interrumpe cuando la miro con las cejas alzadas

—Entonces, ¿qué pasa? —pregunto yo.

Los ojos verdes de la cara holográfica parpadean; algo totalmente innecesario. No son de verdad y no se pueden secar, pero cuando Teima se muestra con el avatar, copia muchas peculiaridades y comportamientos humanos que son innecesarios para ella.

—Es algo muy extraño, pero bueno, … sois las únicas personas en la colonia que están conscientes —dice.

—¿¡Qué!? —soltamos Eleny y yo a la vez.

—Todos los demás han caído en una especie de profundo sueño. Hace exactamente dos minutos y cuatro segundos.

—¿Estás de broma? —pregunto.

—Eso estaría totalmente fuera de lugar —explica Teima.

La noticia me deja prácticamente sin palabras. Pero solo casi.

—¡Pues despierta a alguien!

La holocabeza de Teima se mueve lentamente a derecha e izquierda.

—Lamentablemente no puedo hacerlo. Solo he dicho que están dormidos para que lo comprendáis mejor. De hecho, su estado es más el de un profundo desmayo.

—¿No estarán en coma? —pregunto.

—Seguramente estén en coma, sí —confirma la IA.

—Pero … ¿por qué?

Veo pánico en la cara de Eleny.

—No lo sé —responde Teima.

—Una respuesta muy floja para una inteligencia artificial que lo sabe todo —digo—. ¿Y qué hay del bebé?

—También está en coma —dice Teima.

—¿Entonces por qué somos los únicos aún despiertos? —pregunta Eleny.

Se me ocurren mil preguntas más importantes que esa para la IA. Por ejemplo, si van todos a morir. Y qué tenemos que hacer Eleny y yo ahora. Estamos solos en Marte y, ¡jolines, somos niños!

—Buena pregunta —dice Teima, mientras el espanto me recorre todas las articulaciones y siento que tengo que ir urgentemente, u r g e n t e m e n t e , al baño.

UNA IA TERMINA LA JORNADA

Teima acaba de empezar a contar hacia atrás comenzando por diez mil millones. Dentro de ocho coma tres nueve minutos llegará al cero y entonces finalizará la jornada de hoy. ¡Al fin! Marc, que mantiene sus circuitos, no llegaría jamás siquiera a tres mil millones. Los humanos no cuentan bien.

Acaba de comenzar con los ocho mil millones cuando la alarma la detiene.

Código C-34-AA. Ha tenido suerte. Sigue contando.

El Código C es un accidente. El 34 se refiere a Tim Schumacher, un campesino.

Todos los habitantes tienen allí un número.

La doble A le dice que ni Tim ni ninguna propiedad de la colonia ha sufrido daños.

En caso de que fuera B, Teima enviaría a un sanitario, con una C a un médico y con una D a un policía.

Para Tim. El conserje se encargaría más tarde de la propiedad dañada.

A no ser que la alarma contenga una E; en cuyo caso debe informar a toda la colonia pues hay peligro de lesiones y de muerte.