XXIV El paseo nocturno en Central Park #4
La cabina olía a metal caliente, detergente industrial y perfume residual de huéspedes ricos.
Las paredes de acero nos devolvían dos figuras deformadas: Pedro en camisa negra, pálido y alerta; yo con traje oscuro, maletín en la mano, postura demasiado recta.
Nuestros reflejos parecían personas que habrían sabido qué hacer después de una noche así.
Pedro apoyó la nuca contra la pared.
—¿Sabes qué es lo peor?
—Hay varias opciones.
—Que has sido bueno de verdad.
—La competencia es esperable tras estudio intensivo.
—No. No hablo de hacer bebidas. Hablo de estar ahí.
La frase era ambigua. “Estar ahí” podía significar ocupar físicamente un espacio, participar en una operación, sostener una posición moral o no abandonar a alguien. Todas las opciones eran posibles. Mi cerebro seleccionó la menos peligrosa.
—Mi ubicación era necesaria para mantener el ritmo de barra.
Pedro me miró de lado.
—Claro.
El ascensor descendió. Un número rojo cambió de 42 a 41.
Después a 40. La progresión era regular, tranquilizadora.
Aun así, sentí la misma alteración térmica en el esternón que había aparecido en la sastrería cuando Pedro me ajustó los puños.
No había contacto físico. Eso descartaba una causa táctil directa.
—La sincronización ha sido estadísticamente notable —dije.
—Joder, Schneider. A veces dices cosas bonitas como si estuvieras leyendo un manual de neveras.
—No era una cosa bonita. Era una observación.
—Sí —dijo—. Eso es lo tuyo.
No sonó a reproche.
El ascensor se abrió en un pasillo de servicio.
El aire era más frío. Pedro caminó delante de mí hasta una puerta gris que desembocaba en el lateral del hotel.
Al salir, Manhattan nos recibió con un ruido menos elegante que el de la suite: sirenas lejanas, neumáticos sobre asfalto húmedo, vapor subiendo de una rejilla, voces fragmentadas que chocaban contra fachadas altas.
El aire olía a lluvia vieja, gasolina y comida callejera. Era un entorno de baja predictibilidad.
Deberíamos haber regresado al hotel. El protocolo posterior a una operación encubierta incluía traslado inmediato, conservación de muestras, registro de cadena de custodia y descanso mínimo de seis horas. Además, el jet lag había introducido desviaciones no despreciables en mi cronograma interno.
Pedro no caminó hacia la avenida donde esperaban los taxis.
Giró hacia el norte.
—El hotel está en dirección contraria —dije.
—Lo sé.
—Las muestras requieren refrigeración.
—Tienes gel frío en ese maletín como para conservar un mamut pequeño.
—La comparación es técnicamente exagerada.
—Camina.
—¿Con qué objetivo?
Pedro se detuvo bajo una marquesina. La luz le cayó sobre la cara desde arriba, marcándole las ojeras, el cansancio y esa expresión abierta que siempre duraba menos de lo que yo necesitaba para analizarla.
—Con el objetivo de respirar antes de volver a encerrarnos en una habitación con tres vasos robados y todo lo que no estamos diciendo.
Mi primer impulso fue negar la existencia de “todo lo que no estamos diciendo”. La negación habría sido sencilla. También falsa.
Apreté el asa del maletín.
—Podemos caminar doce minutos. Después debemos regresar.
Pedro sonrió.
—Doce minutos.
—Catorce si mantenemos velocidad constante.
—Generoso.
Reanudó la marcha. Yo caminé a su lado. Nuestros hombros no se tocaban, pero la distancia era tan pequeña que mi sistema propioceptivo la registraba como un contacto aplazado. Al fondo, las copas oscuras de Central Park formaban una masa silenciosa contra el cielo artificial de la ciudad.
Durante varios metros no hablamos.
Por primera vez en la noche, la eficiencia no disminuyó con el silencio. Aumentó. Como si el sistema hubiera descubierto una función para la que yo no tenía todavía nombre.
XXIV El paseo nocturno en Central Park
A las 2:15 AM, hora local de Nueva York, Central Park presentaba un nivel de ocupación humana inferior al seis por ciento de su capacidad diurna estimada, lo cual lo convertía en un entorno aceptable para caminar con un maletín utilitario que contenía tres muestras biológicas obtenidas mediante procedimientos no recomendables en un seminario de ética aplicada.
El sendero asfaltado avanzaba entre masas negras de árboles sin hojas.
Las farolas clásicas proyectaban círculos ámbar sobre el suelo húmedo, y esos círculos se repetían a intervalos irregulares, frustrando cualquier intento de acompasar la marcha con una secuencia luminosa estable.
Había charcos helados en los bordes del camino.
Reflejaban fragmentos de ramas, la línea quebrada de una barandilla de piedra y, en ocasiones, la silueta de Pedro caminando a mi izquierda con la chaqueta abierta a pesar de la temperatura.
Eso era una decisión textil incorrecta.
El frío seco del invierno neoyorquino cortaba la piel de la cara con una precisión casi quirúrgica.
Al exhalar, el vaho salía de mi boca en nubes breves y cuantificables.
El de Pedro era más irregular. Dos pasos, exhalación.
Tres pasos, exhalación. Luego una pausa.
Después una bocanada más larga, casi una risa sin sonido.
El eco de nuestras suelas sobre las hojas secas acumuladas en los márgenes producía una textura auditiva diferente a la del asfalto: crujido, golpe, arrastre, silencio.
Mi cerebro intentó construir un patrón. Fracasó en la tercera repetición porque Pedro modificaba el ritmo sin aviso.
—Esto es una mala idea —dijo.
—Caminar catorce minutos reduce la activación simpática posterior a una operación de alto estrés.
—Me refería al parque de madrugada.
—La tasa de criminalidad en Central Park ha descendido de forma significativa desde finales del siglo XX.
—Estupendo. Si nos apuñalan, podrás explicarle al tío de la navaja que su conducta es estadísticamente anacrónica.
—Sería poco útil en fase aguda.
Pedro soltó aire por la nariz. No llegó a risa.
Desde la salida del hotel, su energía había descendido de manera observable.
Durante la operación en la suite imperial, se había movido con una eficiencia seca, casi elegante: vasos, bolsas, etiquetas, sonrisas falsas, retirada de pruebas, cobertura verbal.
Ahora, lejos de los cardiólogos, de las lámparas y del mármol negro, su cuerpo empezaba a pagar el coste.
Los hombros habían perdido dos centímetros de altura defensiva.
La mano derecha ya no jugueteaba con la medalla de Melqart; la mantenía metida en el bolsillo de la chaqueta, como si necesitara sujetarse a una estructura interna.
Yo sostenía el maletín con la mano izquierda. Cada treinta segundos comprobaba la presión de los dedos sobre el asa. Era innecesario. El cierre estaba asegurado. El gel frío mantenía las muestras en un intervalo razonable. No existía amenaza inmediata para la cadena de custodia.
Aun así, apretaba.
—Deberíamos regresar al hotel después de la próxima bifurcación —dije—. El margen de conservación es suficiente, pero no infinito.
—Tu idea de la poesía nocturna es hablar de márgenes de conservación.
—No he propuesto poesía.
—No, claro. Has propuesto una caminata terapéutica con vasos robados.
—No son vasos robados. Son material contenedor temporal.
—Ajá.
—El hotel los habría lavado, destruyendo la información biológica. Nosotros hemos evitado una pérdida de datos.
—Eres increíblemente peligroso cuando decides que estás siendo razonable.
Procesé la frase. No contenía una objeción explícita. Tampoco era un elogio convencional. La clasificación quedó pendiente.
A nuestra derecha, detrás de una línea de árboles, la ciudad se filtraba en capas: una sirena lejana, el rumor constante del tráfico, un golpe metálico procedente de alguna calle transversal.
Central Park no era silencio. Era una suspensión parcial del ruido urbano, como si alguien hubiera colocado una membrana vegetal entre Manhattan y nuestros sistemas nerviosos.
La comparación era imprecisa desde el punto de vista botánico, pero adecuada desde el punto de vista funcional.
Pedro redujo la velocidad.
Lo noté antes de que se detuviera. Su pie derecho arrastró una fracción más de lo normal. La respiración se volvió corta. La mano salió del bolsillo y buscó la barandilla de piedra junto al sendero. En un movimiento brusco, se apoyó en ella, inclinándose hacia delante.
Interrumpí mi marcha de inmediato.
—¿Mareo?
—No.
—¿Náuseas?
—No.
—¿Dolor torácico?
—Schneider.
—Necesito una respuesta verificable.
—Estoy cansado.
La respuesta era demasiado general para ser médicamente satisfactoria, pero el tono contenía una advertencia social.
Me acerqué medio paso. La luz ámbar de la farola caía sobre su nuca y hacía visibles pequeñas gotas de sudor frío junto al nacimiento del pelo.
Eso no era congruente con la temperatura ambiental.
También observé palidez cutánea, tensión mandibular y una contracción intermitente de los dedos sobre la piedra.
—Has ingerido alimentos insuficientes durante las últimas seis horas —dije—. Además, has ejecutado actividad física sostenida detrás de la barra, has sufrido jet lag, has consumido cafeína y has mantenido una carga de vigilancia social elevada. Tu organismo está solicitando detención.
—Mi organismo puede callarse.
—No es una estrategia recomendable.
—Funciona casi siempre.
—No funciona. Solo pospone la reclamación fisiológica.
Pedro giró la cabeza y me miró. Sus ojos tenían ese color claro que en interiores parecía gris, pero bajo las farolas de Central Park adquiría una transparencia extraña, casi metálica.
Había cansancio. También había irritación.
Y algo más que no debía analizar en la parte visible de mi rostro porque la experiencia indicaba que Pedro detectaba con precisión incómoda cualquier exceso de observación.
—No me mires como si fueras a hacerme una autopsia preventiva.
—No existe la autopsia preventiva.
—En tu cabeza, seguro que sí.