XIII El protocolo nocturno y la advertencia #3
—Menos que esto.
La frase salió antes de que pudiera reducirla a una formulación menos expuesta.
Pedro no hizo ningún chiste.
El local pareció volverse más silencioso.
La luz roja acentuaba el cansancio de su cara, la palidez bajo los ojos, la contracción de los músculos de su cuello.
Sus dedos seguían cerca de los míos sobre el plástico del dossier.
El colgante de Melqart oscilaba apenas entre nosotros, produciendo un brillo pequeño sobre la chaqueta azul.
—¿Por qué? —preguntó.
Había respuestas posibles: porque el método no ha fracasado; porque la muestra es insuficiente; porque tu información genética puede recuperarse; porque Sandra merece una reconstrucción menos negligente; porque Felipe/Nadine no puede ser la única arquitectura de tu pasado; porque cuando te fuiste del laboratorio, el silencio quedó mal distribuido.
Elegí la única que podía sostener sin mentir y sin abrir una zona para la que no tenía vocabulario.
—Porque dijiste que no hay amor, solo cosas. Y eso es una hipótesis falsa.
Pedro cerró los ojos un momento.
Cuando los abrió, la hostilidad no había desaparecido. Pero ya no estaba sola.
—Joder —murmuró—. Eso ha sido muy bajo.
—No pretendía atacar.
—Lo sé. Por eso ha entrado.
No entendí completamente la frase. Entendí lo suficiente.
Pedro apartó el dossier hacia sí y empezó a leer con atención real.
Pedro aceptó el plan a las 3:18 AM, después de releer la tercera columna del cronograma y de comprobar que yo había previsto cuatro rutas de salida del aniversario médico, dos niveles de excusa verbal, un protocolo de sustitución de vasos y una tabla de bebidas compatibles con extracción de saliva residual.
—Esto es una locura —dijo.
—No. Es una operación de muestreo no consentido con riesgo institucional moderado.
—Eso es una locura con doctorado.
—Entonces aceptas.
Pedro dejó la última hoja sobre la barra.
No la arrojó, ni la dobló, ni la apartó con desprecio.
La alineó de forma casi correcta con el borde de madera.
El margen derecho quedó desplazado tres milímetros.
No lo corregí. La omisión produjo una tensión pequeña, tolerable, semejante a mantener una postura de karate un segundo más de lo necesario.
—Acepto —dijo—. Pero si te pillan, yo diré que eres un profesor alemán con una crisis de mediana edad y que me secuestraste con una tabla de Excel.
—Tengo treinta y cinco años. La mediana edad masculina alemana, según esperanza de vida, empieza aproximadamente a los cuarenta y uno coma seis.
—Siempre tan sexy.
La palabra generó una interrupción momentánea del procesamiento auditivo.
No había sido pronunciada con la misma carga que en los bares de Marienplatz, donde los hombres la usaban como herramienta de aproximación o manipulación.
Pedro la había lanzado como defensa, como cortina de humo, quizá también como prueba.
Clasifiqué la emisión como sarcasmo funcional.
No respondí al contenido para no introducir una variable innecesaria antes de mi bloque de sueño.
—Debo retirarme —dije—. Si regreso caminando ahora, estaré en mi apartamento a las 3:46. Higiene nocturna: siete minutos. Sueño: dos horas y treinta y ocho minutos antes de la primera alarma.
Pedro me miró por encima del dossier.
—¿Dormir dos horas y media entra en tu religión de la eficiencia?
—No es óptimo. Pero la pérdida puede compensarse con una siesta de diecisiete minutos después del seminario de genética poblacional.
—Eres el único hombre que conozco que convierte el insomnio en un formulario de aduanas.
—El sueño irregular requiere procedimientos compensatorios.
—Claro.
No se movió. Tampoco yo. La barra nos separaba con una anchura exacta, pero esa anchura ya no funcionaba como distancia.
Las luces rojas reducían los contornos del local.
Pedro tenía las manos apoyadas sobre la madera, junto al cronograma.
El colgante de Melqart había quedado inmóvil contra su camiseta negra.
Durante dos segundos observó mi chaqueta Gore-Tex, no mi cara. Después levantó la vista.
—Schneider.
—Sí.
—No vengas mañana con cara de mártir académico.
—No soy mártir. Soy profesor asociado.
—Peor. Los mártires al menos descansan después de morir.
—No tengo previsto morir.
—Bien.
La palabra quedó suspendida con una densidad no gramatical. Recogí las copias sobrantes, las introduje en la carpeta rígida y limpié con una servilleta la humedad que había quedado bajo el plástico. Pedro no se burló. Eso también fue un dato.
En la puerta, el frío de la Hans-Sachs-Straße me devolvió un orden más legible: acera húmeda, neblina baja, ruido lejano de un tranvía, olor residual a comida nocturna y tabaco.
Caminé hacia casa con una regularidad aceptable.
El cuerpo registraba cansancio, pero no protesta.
En el bolsillo interior de la chaqueta llevaba el cronograma aceptado por Pedro.
La palabra “aceptado” producía una estabilización difícil de explicar sin recurrir a terminología imprecisa.
Dormí dos horas y veintiséis minutos.
A las 8:13 AM estaba en mi despacho de la LMU, con el manual de alta coctelería clásica abierto en la página dedicada al Cosmopolitan.
El libro había sido adquirido de camino a la facultad en una librería de la Schellingstraße que abrió siete minutos tarde.
Señalé la desviación mentalmente pero no la convertí en queja, porque el manual incluía proporciones exactas, diagramas de muñeca y una explicación aceptable sobre el equilibrio entre acidez y dulzor.
Había colocado sobre el escritorio un vaso medidor, una coctelera de entrenamiento sin alcohol, tres limas y una botella de agua teñida con colorante alimentario rojo.
El color no era estrictamente necesario, pero permitía verificar visualmente la uniformidad del vertido.
Ejecuté nueve repeticiones de agarre, giro y filtrado.
En la séptima, una gota cayó sobre el borde de una hoja con nombres de candidatos. La sequé de inmediato.
La puerta se abrió sin que nadie llamara.
Emma Müller entró con la energía de una persona que había decidido invadir un espacio antes de conocer su contenido.
Llevaba un traje gris oscuro, el mechón rosa del flequillo más rígido de lo habitual y una carpeta naranja bajo el brazo.
Olía a café caro, perfume especiado y agresividad institucional.
—Leon —dijo—. Tenemos que hablar.
—Mi siguiente franja libre empieza a las 9:40.
—Entonces hablo ahora.
—Eso no modifica la estructura de mi agenda.
—La realidad modifica las agendas. Te vendría bien recordarlo.
Observó la coctelera, el manual abierto y las limas sobre mi escritorio. Su ceja izquierda ascendió cinco milímetros.
—¿Ahora haces cursos de coctelería?
—Entrenamiento técnico.
—¿Para tu amigo?
El término “amigo” fue emitido con una carga tonal que no correspondía a la definición neutral de la palabra. Dejé la coctelera en posición horizontal, perpendicular al teclado.
—Pedro Montoya participa en una investigación privada de carácter genealógico.
—Pedro Montoya está arrastrándote a una fantasía masculina de linaje, sangre y padre perdido. Muy edificante. Muy siglo XIX. Muy testosterona herida.
—La identificación biológica de ascendencia no pertenece al siglo XIX. Las técnicas actuales de análisis genético son contemporáneas.
—No seas obtuso a propósito.
—No lo soy a propósito.
Emma cerró la puerta con la espalda y avanzó hasta mi mesa sin solicitar autorización. La distancia interpersonal quedó reducida a setenta centímetros. Demasiado cerca para una conversación académica no confidencial. Demasiado lejos para justificar un retroceso sin que pareciera hostilidad.
—Ese chico es un problema —dijo—. Un troglodita conservador con estética de pandillero sentimental. Un hombre gay que cree que por acostarse con hombres ha quedado exento de examinar su propia violencia masculina. Los tipos como él son violadores en potencia con mejor vestuario.
Registré la frase completa. Su contenido era extremo, impreciso y no verificable.
También era una agresión dirigida contra una persona ausente.
Mi cuerpo produjo una rigidez automática en los antebrazos.
No era ira. La ira exige una interpretación emocional demasiado compleja. Era preparación motriz.
—Pedro no ha mostrado conducta sexual coercitiva —dije—. Tu afirmación carece de base empírica.
Emma rió sin alegría.
—Ah, claro. Tu pequeño expediente humano no trae casilla de “potencial agresor patriarcal”.
—No es mi expediente humano.
—Leon, por favor. Te conozco. Lo has clasificado, lo has archivado, lo estás siguiendo como un perro de laboratorio que por fin te mira a los ojos y no se ríe de ti.
La última cláusula activó una asociación sin imagen completa: una mesa familiar, un plato que no debía tocarse, una voz diciendo no lo hagas raro delante de los demás.
Después, el vacío habitual donde debería estar Nicole, no como recuerdo completo, sino como ausencia de corrección.
Si ella hubiera estado, quizá habría dicho algo para cambiar el tema.
O quizá no. El pensamiento se interrumpió antes de producir utilidad.
Ajusté mis gafas.
—Pedro sí se ríe de mí —dije—. Con frecuencia. Pero distingue entre burla social y observación no punitiva.
Emma abrió la boca, la cerró y me miró con una mezcla de irritación y cálculo.
—Escúchame bien. Abandona el caso. Vuelve a tus clases, a tus cuestionarios absurdos, a tu conferencia de psicobiología y a lo que sea que haces para no desintegrarte cuando alguien mueve una silla.
Los Montoya son inestables. Felipe, Nadine, como quiera llamarse ahora, es un campo minado.
Pedro está lleno de resentimiento. Y tú no sabes leer el peligro cuando viene vestido de necesidad afectiva.
—Sé leer riesgos operativos.
—No sabes leer personas.
—Sé leer a Pedro mejor que a la mayoría de los miembros del claustro.
Fue una frase inesperada. También exacta.
Emma se quedó quieta.
—Ese es precisamente el problema.
—No. El problema es que has formulado una orden sin autoridad formal sobre mis actividades privadas.
—Tengo autoridad sobre tu disponibilidad departamental.
—No sobre mis horas nocturnas.
—Puedo llenarte las diurnas.
—Ya lo haces.
La respuesta salió sin incremento de volumen. Emma la recibió como si hubiera contenido una bofetada. Quizá porque era un dato. Los datos, cuando eliminan la decoración social, a veces producen más daño que los insultos.
Durante ocho segundos no habló. El pasillo emitía ruidos amortiguados: estudiantes, ruedas de una silla, una fotocopiadora. Yo observé la coctelera, el manual, la carpeta naranja de Emma y el reflejo de mi chaqueta azul en la vitrina.
—Te arrepentirás —dijo al fin.
—Es posible.
—No vengas luego a pedirme que Anna te traduzca el desastre.
—No he previsto hacerlo.
Emma abrió la puerta y salió dejando en el despacho una corriente de perfume especiado y amenaza presupuestaria. No golpeó la puerta. Eso fue peor. Indicaba control.
Miré el manual de coctelería. Página veintisiete: técnica de agitado. Repeticiones recomendadas: veinte.
Ajusté el temporizador del móvil a quince minutos, retiré de la mesa la carpeta de candidatos para evitar nuevas manchas y tomé la coctelera con ambas manos.
La primera repetición fue imprecisa. La segunda, menos.