XIII El protocolo nocturno y la advertencia #2
—Ya está plastificado —respondí—. La desgracia no. El plan.
—Me dejas mucho más tranquilo.
El local vacío producía una acústica distinta a la de cualquier espacio universitario.
Cada vaso que Pedro recolocaba al fondo devolvía un tintineo amplio, casi líquido.
Las luces rojas comprimían la perspectiva y convertían las botellas en siluetas de colores densos.
El olor a cerveza derramada persistía en el suelo, mezclado con tabaco de liar adherido a la ropa de Pedro y con el desinfectante de barra que había impregnado el borde de madera donde yo apoyaba las falanges.
No retiré la mano. La incomodidad era menor que la necesidad de mantener el dossier estable.
—Aniversario de la Facultad de Medicina —dije—. Asistencia confirmada: cuarenta y siete antiguos alumnos. Asistencia probable: dieciséis adicionales. Total operativo: sesenta y tres individuos con probabilidad no nula de contacto con Sandra Montoya durante el intervalo de concepción compatible.
Pedro apoyó los codos en la barra al otro lado del cronograma.
—Has dicho “intervalo de concepción compatible” en mi bar a las tres de la mañana.
—Correcto.
—Eso debería estar prohibido por Sanidad.
—Sanidad regula alimentos, bebidas y condiciones higiénicas. No terminología reproductiva.
—Era un chiste.
—No era exacto.
—Los chistes no quieren ser exactos, Schneider. Quieren no morir en la mesa de autopsias.
—Entonces tus chistes se exponen a riesgos innecesarios.
Pedro bajó la mirada al cronograma. Su pelo, todavía imperfectamente recogido, dejaba escapar un mechón junto a la sien.
Lo apartó con un movimiento impaciente. La fatiga había reducido la agresividad de sus gestos sin eliminarla.
Era una versión menos blindada de su conducta: la misma estructura defensiva con menor energía disponible.
En términos biomecánicos, un sistema de contención bajo presión descendente.
—¿Y tú qué pintas en el aniversario? —preguntó.
—Me entrenaré como barman profesional.
Pedro levantó la vista.
—No.
—Sí.
—Tú no puedes ser barman.
—Puedo memorizar recetas.
—Un barman no es una impresora de alcohol.
—La coctelería clásica tiene proporciones, secuencias, técnicas de enfriamiento, control de dilución y coordinación motriz. He practicado aikido y karate durante veintidós años. Manejo objetos con precisión.
—También dices “control de dilución” como si fueras a seducir a una probeta.
—No voy a seducir a nadie.
La frase produjo un silencio breve.
Pedro me miró con una expresión difícil de clasificar. No era burla. Tampoco suavidad. Algo intermedio, incómodo para ambos.
—Claro —dijo—. Tú vas a entrar en un aniversario de médicos ricachones, detrás de una barra, vestido de camarero, a robar saliva en vasos usados. Todo muy casto. Muy clínico. Muy de sojas de biblioteca jugando a chico de barrio.
—No soy de biblioteca. Soy de laboratorio.
—Peor.
—Y no soy “soja”. Mi masa muscular, densidad ósea y tolerancia al lactato son incompatibles con la categoría si la usas en sentido de debilidad física.
—La uso en sentido espiritual.
—El espíritu no tiene masa medible.
—Exacto. Por eso el tuyo cabe en una carpeta DIN A4.
No debía resultarme gracioso. La frase era inexacta, hostil y basada en una metáfora deficiente. Sin embargo, mi diafragma produjo una contracción mínima. Pedro la detectó. Sus ojos se estrecharon con una satisfacción renuente, como si hubiera logrado obtener una muestra sin hisopo.
—El plan requiere dos funciones —continué—.
Una visible y otra encubierta. Yo asumiré la visible: preparación de bebidas, recepción de vasos y estabilización logística del servicio.
Tú asumirás la encubierta: identificación facial, aproximación verbal, obtención de objetos con saliva y evaluación de riesgos sociales.
—O sea, yo hago de delincuente con carisma y tú de Thermomix con bíceps.
—No conozco el rendimiento motriz de una Thermomix.
—No me obligues a explicarlo.
—No era mi intención.
Pedro deslizó una de las hojas hacia sí.
Su mano rozó una esquina del plástico. Las uñas estaban limpias, pero la piel alrededor se había resecado por detergente.
Observó la tabla de candidatos: nombre, edad, especialidad, ubicación prevista, acceso probable a bebida, riesgo de seguridad, vía de aproximación.
—Has puesto “cardiólogo: alto consumo de whisky, baja tolerancia a la contradicción”.
—Es una inferencia basada en Brunnthal.
—Eso es prejuicio.
—Es predicción con datos limitados.
—Es prejuicio con bata.
—La bata reduce contaminación, no sesgo.
Pedro soltó una risa breve. No defensiva. Tampoco libre. La risa se le quedó a medio camino, como si hubiera recordado que no quería concederme demasiada entrada.
Se inclinó más sobre la barra para leer la segunda página.
El colgante de Melqart cayó hacia delante y rozó la manga de mi Gore-Tex azul.
El contacto fue leve, metálico, frío. Registré la presión mínima sobre el tejido, el desplazamiento de la cadena contra su cuello, la proximidad del borde de la barra a mi abdomen y la distancia entre su rostro y el mío: treinta y siete centímetros, quizá treinta y cinco cuando bajaba la vista.
La distancia social estándar había sido vulnerada.
No retrocedí.
—¿Esto qué es? —preguntó, señalando una columna.
—Variables de interacción.
—“Compatibilidad operativa con Pedro”. ¿En serio?
—Necesito anticipar tu conducta.
—Mi conducta es: insulto, improviso y sobrevivo.
—Es una descripción insuficiente.
—Es una autobiografía.
—También he incluido reacción probable ante figuras masculinas de autoridad, tolerancia a instrucciones y frecuencia de sarcasmo bajo estrés.
Pedro alzó la mirada. Sus ojos, bajo la luz roja, parecían menos pálidos y más profundos. La fatiga tensaba los músculos alrededor de la boca.
—¿Y tú dónde pones tu conducta?
—En la hoja tres.
—Por supuesto que hay hoja tres.
—Mis limitaciones operativas están listadas.
—¿Limitaciones o virtudes redactadas por un robot con autoestima?
—Limitaciones. Dificultad para improvisación social, baja tolerancia a contacto no anticipado, tendencia a literalidad, riesgo de confrontación innecesaria con médicos arrogantes, incapacidad parcial para detectar insinuaciones sexuales si no son explícitas.
Pedro se quedó inmóvil.
—¿Parcial?
—Ha mejorado con entrenamiento.
—¿Entrenamiento de quién?
—Anna.
La mandíbula de Pedro hizo un movimiento muy pequeño.
No era celos. No podía ser celos porque no existía un vínculo romántico definido que lo permitiera.
Podía ser curiosidad, alerta territorial inespecífica o aversión a Emma por asociación con Anna.
Anoté mentalmente la necesidad de no investigar la reacción en ese momento.
—Bien —dijo—. Entonces estás listo para el gran circo médico.
—Casi.
—¿Qué falta?
La pregunta adecuada era: revisar accesos, elaborar lista de bebidas, practicar vertidos, calcular tiempos de recolección, conseguir uniformes, identificar salida secundaria.
Sin embargo, había una variable no resuelta que interfería con el mapa predictivo desde hacía semanas.
No afectaba directamente al Proyecto Padre, pero sí a la interpretación de determinadas conductas de Pedro: proximidad física, uso de insultos masculinos, rechazo a la performatividad académica y ausencia de referencias a parejas femeninas.
Una variable sin depurar produce ruido.
—¿Eres gay? —pregunté.
Pedro parpadeó.
El silencio posterior duró seis segundos. El tintineo de un vaso en la máquina lavavajillas del fondo ocupó cuatro de ellos.
—¿Perdona?
—Necesito saber si eres gay.
—¿Ahora?
—Sí.
—¿En medio de un plan para robar ADN?
—La pregunta no altera el plan. Al contrario, reduce ruido interpretativo.
Pedro apoyó ambas manos en la barra. El Melqart volvió a rozar mi manga. Esta vez no fue un contacto casual completamente: su torso se había inclinado más, quizá por incredulidad, quizá por desafío.
—¿Quieres depurar mi orientación como variable?
—Exactamente.
—Eres increíble.
—No busco serlo.
—No. Eso es lo terrible.
—¿La respuesta es sí?
Pedro abrió la boca, la cerró y miró hacia la puerta del local, como si buscara un testigo que confirmara que la conversación era jurídicamente posible.
No lo encontró. Solo estábamos nosotros, la luz roja, la cerveza derramada, los vasos limpios, las mesas boca abajo y el silencio posterior al ruido.
—Sí —dijo al fin—. Soy gay. Maricón, homosexual, invertido si quieres ponerte decimonónico. Me gustan los hombres. Hombres. No consignas con barba, no niños blandos que piden perdón por existir, no sojas universitarios que se deconstruyen hasta desaparecer. Hombres.
—Gracias.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—¿No vas a darme una charla sobre lo problemática que es mi taxonomía afectiva?
—No.
Pedro me estudió como si acabara de fallar una prueba cuyo enunciado no me había sido entregado.
—Emma lo haría.
—Emma no está aquí.
—Anna intentaría traducirme.
—Anna tampoco está aquí.
—¿Y tú?
—Yo he preguntado una variable. Has respondido. El sistema queda actualizado.
Durante un instante, la defensa de Pedro cedió.
No de forma dramática. No hubo confesión, ni música, ni abrazo, ni frase sentimental.
Solo un descenso de tensión en los hombros, una pequeña modificación de la mirada, como si hubiera esperado un golpe y el golpe no hubiera llegado.
La ausencia de castigo también puede ser un estímulo. A veces más intenso que la aprobación.
—Eres muy raro, Schneider —dijo.
—Sí.
—No lo digo como insulto.
—Lo sé.
No sabía cómo lo sabía. Pero lo sabía.
Pedro bajó la vista al cronograma otra vez. Su dedo señaló la lista de sesenta y tres candidatos. La uña tocó el nombre de un ginecólogo retirado.
—¿De verdad harías todo esto?
—Ya lo he hecho parcialmente.
—Me refiero a arriesgar tu puesto. Tu reputación. Tu pulcritud alemana. Tus lápices. Tu carrera de señor simétrico.
—Mis lápices no son relevantes.
—Para ti sí.