XII Escape en el Ammersee #2
—No estás incómodo —dijo.
—Estoy mojado, con visibilidad reducida, en un vehículo de capota defectuosa, transportando una muestra biológica bajo una tormenta. La incomodidad está presente.
—No por mí.
La respuesta correcta era sencilla: no.
No la dije de inmediato porque podía tener implicaciones no procesadas.
—No —dije al fin.
Pedro respiró. El aire de ambos se mezcló en el espacio reducido entre los cristales empañados, la lluvia y el cuero frío. Su temblor disminuyó un grado. O mi percepción deseó que disminuyera, lo cual era menos aceptable.
—Eres rarísimo —murmuró.
—Sí.
—Y un desastre con las personas.
—También.
—Pero no huyes.
La frase quedó dentro del Porsche como vapor.
Fuera, el Ammersee golpeaba el muelle con violencia, el cielo descargaba agua sobre el coche inútil de Nadine y la capota seguía negándose a cerrar. Dentro, Pedro estaba demasiado cerca, demasiado frío, demasiado vivo para convertirlo en variable.
—No —dije—. No huyo.
No añadí que, en ese momento, el laboratorio, Engel, Bergmann y la degradación térmica habían retrocedido en la matriz de prioridad.
Habría sido inexacto decir que dejaron de importar.
Pero Pedro temblaba.
Y eso importaba primero.
El granizo caía. Las piedras pequeñas golpeaban el capó, el parabrisas, el cuero de los asientos y el borde inútil de la capota con una insistencia que hacía imposible sostener la ficción de refugio.
El Porsche de Nadine, diseñado para comunicar potencia, deseo de visibilidad y falta de interés por el transporte público, había quedado reducido a un recipiente defectuoso para dos hombres empapados, una muestra biológica en sobre térmico y una discusión sobre identidad que no debía resolverse en un coche abierto junto al Ammersee.
Mi chaqueta Gore-Tex azul cubría parcialmente el hombro de Pedro y el mío.
No era una solución óptima. El tejido repelía el agua, pero el viento introducía lluvia lateral por debajo del borde, y la zona de contacto entre nuestros torsos generaba una acumulación térmica irregular.
Pedro seguía temblando, aunque menos que antes.
La reducción podía deberse a la protección parcial, al agotamiento muscular o a la proximidad física.
La tercera opción no era descartable. Tampoco conveniente.
—Esto es ridículo —dijo.
—Sí.
—No tienes que estar de acuerdo tan rápido.
—La situación contiene varios componentes ridículos: vehículo descapotable durante tormenta, capota inutilizada, muestra genética robada en mochila, imposibilidad de adquirir alimento y exposición a granizo. La clasificación es estable.
Pedro giró la cabeza hacia mí. Sus gafas estaban salpicadas.
El pelo mojado se le había pegado en ondas oscuras sobre la frente y los pómulos.
La palidez de su cara, intensificada por el frío, producía un contraste excesivo con la camiseta negra adherida al pecho.
El colgante de Melqart había quedado atrapado entre nuestros cuerpos, una presión metálica intermitente contra mi costado cada vez que respiraba.
—Tu cerebro es un refugio nuclear muy desagradable —dijo.
—Los refugios nucleares no suelen ser agradables. Su función es proteger.
—Exacto. Tú tampoco sabes hacer nada sin convertirlo en función.
—Eso es falso. Sé ejecutar varias acciones no funcionales.
—Dime una.
El granizo aumentó. Una piedra rebotó sobre el borde de la puerta y cayó dentro, entre el asiento de Pedro y la consola central. Él la miró como si fuera un insulto personal.
—He venido al Ammersee sin beneficio directo para el procesamiento de la muestra —dije.
—Porque yo he girado.
—No he exigido retorno inmediato.
—Has mencionado la degradación térmica tres veces.
—Podrían haber sido más.
Pedro soltó una risa breve, pero se apagó enseguida.
Apoyó la nuca contra el asiento, cerró los ojos y respiró por la boca.
Su hombro seguía contra el mío. La tela húmeda de su chaqueta estaba fría.
La zona donde mi brazo tocaba el suyo había perdido sensibilidad por compresión y temperatura. No retiré el brazo.
—Es una estupidez sentimental —dijo.
—¿El lago?
—Todo. El Proyecto Padre. La taza. Engel. Bergmann. Hacerme pasar por Montoya-Beck como si decir el apellido de mi madre en una oficina elegante le devolviera algo. Como si un cromosoma Y fuera a explicar por qué un hombre que no era mi padre decidió criarme a base de objetos y silencios.
No respondí de inmediato.
La formulación era imprecisa en dos niveles.
Primero, el cromosoma Y por sí solo no explicaría vínculo social, responsabilidad ni intención.
Segundo, Felipe/Nadine sí había actuado como figura parental en términos materiales, aunque de forma afectivamente dañina según los datos de Pedro.
Pero corregir esos puntos habría sido una intervención técnica sobre una herida abierta. Hay disecciones que deben postergarse.
—El ADN no explica por qué alguien cuida mal —dije—. Pero puede identificar a quién debemos hacer las preguntas correctas.
Pedro abrió los ojos.
—¿Y si no hay nadie?
—Hay alguien.
—No lo sabes.
—Biológicamente, sí.
—No me vengas con biología básica.
—Tu existencia requiere material genético paterno. La persona puede estar muerta, desaparecida, inaccesible o ser moralmente irrelevante. Pero no inexistente.
—Qué consuelo. Mi padre no es un unicornio.
—Los unicornios tampoco son biológicamente viables.
Pedro me miró durante un segundo largo.
—Te juro que a veces no sé si besarte o empujarte al lago.
La frase produjo un silencio interno total.
No externo. Fuera seguían el granizo, las olas, el viento y la lluvia.
Dentro del habitáculo, la frase se expandió como un gas sin etiqueta.
Besarte no era una variable compatible con el contexto operativo.
Empujarte al lago tampoco, aunque por razones distintas.
Mi sistema intentó priorizar la segunda como expresión hiperbólica agresiva y neutralizar la primera como construcción retórica. Falló parcialmente.
—No recomiendo ninguna de las dos acciones —dije.
—Claro que no.
—La primera introduciría ambigüedad interpersonal no planificada.
Pedro se quedó inmóvil.
—¿Esa es tu objeción?
—Es una de ellas.
—¿Una de ellas?
Mi frecuencia cardíaca aumentó. El incremento no podía atribuirse a comida especiada, ya que no habíamos comido. Tampoco a ejercicio físico. El frío podía explicar una parte, pero no la focalización visual en la boca de Pedro mientras hablaba.
Desvié la mirada hacia el parabrisas.
—También hay riesgo de lesión si me empujas al lago con esta temperatura.
Pedro respiró una risa sin alegría.
—Eres imposible.
—Soy consistente.
—No. No eres consistente. Finges serlo. Te has saltado protocolos de laboratorio, has robado una taza, has mentido en la TUM, has dejado que te use como novio falso y ahora estás medio abrazándome en un coche que odias para que no me congele.
Pero luego dices que besarme sería “ambigüedad interpersonal no planificada”.
La enumeración era correcta.
Eso no la hacía aceptable.
—La cobertura térmica no equivale a un abrazo —dije.
Pedro bajó la vista hacia la chaqueta compartida.
—Leon.
—Sí.
—Si necesitas llamarlo cobertura térmica para no salir corriendo, llámalo cobertura térmica.
La frase no contenía burla. Contenía permiso. El permiso es más difícil de procesar que la crítica porque no ofrece superficie de defensa.
Me limpié las lentes con el borde interior de la camiseta, sin éxito. Volvieron a empañarse de inmediato.
—No estoy saliendo corriendo.
—Lo sé.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Pedro lo sabía.
El dato era nuevo. O quizá antiguo y recién visible.
Una ráfaga más fuerte empujó agua dentro del coche.
Pedro se encogió y se acercó más, no por teatro, no por estrategia de pareja falsa, sino por frío.
Su frente quedó cerca de mi sien. Podía oler el tabaco húmedo, el cuero, la lluvia en su pelo y algo de metal frío.
Su respiración irregular rozaba la zona inferior de mi mejilla.
El Melqart presionó contra mi costado y luego quedó fijo entre nosotros.
Registré temblor en su mandíbula.
Prioridad protectora: aumentar aislamiento.
Pasé el brazo por detrás de sus hombros para sujetar mejor la chaqueta. Fue una decisión motriz antes que conceptual. Pedro se tensó, pero no se apartó. Después, lentamente, apoyó parte de su peso contra mí.
—Esto no cambia nada —dijo.
—¿En qué sistema?
—En el mío.
—Define sistema.
—Mi padre sigue sin aparecer. Nadine sigue siendo Nadine. Sandra sigue muerta. Yo sigo siendo el imbécil que ha hecho de su orfandad un proyecto clandestino con un profesor que probablemente debería haberme denunciado en el capítulo cuatro.
—No eres imbécil.
—No empieces a defenderme como si estuvieras revisando un artículo.
—Tu hipótesis es incorrecta. La conducta que describes es desadaptativa en algunos aspectos, pero no implica baja capacidad cognitiva ni falta de dignidad. Implica persistencia bajo incertidumbre prolongada.
Pedro guardó silencio.
—Y no debería haberte denunciado —añadí.
—¿Por qué?
La respuesta lógica era: porque el Proyecto Padre tenía viabilidad científica, porque Emma había interferido, porque Pedro poseía datos que podían ser estructurados, porque la búsqueda tenía valor clínico, biográfico y relacional. Todas eran correctas. Ninguna era suficiente.
—Porque viniste a pedir ayuda —dije.
Pedro giró el rostro hacia mí. Estaba tan cerca que sus gafas casi tocaron las mías. Ambas estaban empañadas, lo que reducía la visibilidad y, por tanto, la posibilidad de evaluación precisa. No obstante, su mirada era detectable. Fija. Sin cinismo.
—Eso no suele bastar —dijo.
—Debería.
El granizo empezó a disminuir, sustituido por lluvia gruesa. El sonido cambió de impacto seco a tambor continuo. La tormenta seguía, pero la fase más agresiva había pasado.
Pedro no se movió.