XII Escape en el Ammersee
No lo hizo mediante una discusión previa, una consulta al mapa ni una propuesta verbal susceptible de evaluación.
Simplemente redujo la velocidad después de una intersección, tomó una salida secundaria y condujo hacia el oeste con una expresión que combinaba obstinación, cansancio post-adrenalina y una satisfacción inadecuada para alguien que transportaba una muestra biológica potencialmente relevante en una mochila térmica a mis pies.
—Te has desviado —dije.
—Observación de altísimo nivel.
—La ruta al laboratorio sigue existiendo. No se ha evaporado porque yo haya girado.
—La muestra de Engel debe procesarse cuanto antes.
—La muestra de Engel lleva más protección que un bebé real en un hospital alemán.
—La degradación térmica no respeta metáforas familiares.
—Tampoco el hambre, y tú has dicho “parada breve”.
—Parada compatible con retorno eficiente.
—Eso es lo que estamos haciendo.
La carretera se estrechó entre árboles húmedos, casas bajas y señales que indicaban la proximidad del Ammersee.
El cielo, que veinte minutos antes presentaba una cubierta gris uniforme, había adquirido una densidad negra en el extremo sur, sobre las montañas.
No era un oscurecimiento gradual. Era una acumulación abrupta, casi vertical, como si alguien hubiera superpuesto una masa de grafito sobre el paisaje bávaro.
—Eso es una tormenta —dije.
—Eso es un lago —respondió Pedro.
—Me refería al cielo.
—Yo al motivo por el que he venido.
—No necesitábamos un lago.
—Tú no. Yo sí.
La frase cerró temporalmente la discusión.
No porque fuera lógica, sino porque contenía una necesidad expresada sin cinismo suficiente para desactivarla.
Pedro no había dicho “quiero”. Había dicho “necesitaba” en pasado, como si el cuerpo hubiera tomado la decisión antes que la mente.
Esa clase de formulación requiere cuidado.
En laboratorio, se denominaría señal débil de saturación emocional.
En una novela sentimental, quizá tendría otro nombre.
No era el momento de investigar vocabularios.
Aparcó junto a una orilla boscosa, cerca de un muelle de madera que se internaba en el agua bajo un viento cada vez más violento.
El Porsche, con la capota todavía bloqueada en su posición absurda, parecía menos arrogante bajo los nubarrones.
Parecía un animal caro que acababa de comprender la meteorología.
El aire olía a ozono, tierra húmeda y madera lacustre. Las olas del Ammersee golpeaban contra el muelle con una energía desproporcionada para un lago. El sonido era irregular, pesado, acompañado por el crujido de ramas y el zumbido distante de un trueno aún no visible.
Pedro apagó el motor.
El silencio duró medio segundo.
—No deberías haber apagado el motor —dije.
—Íbamos a comer algo.
—¿Dónde?
Pedro señaló una caseta cerrada junto al camino. Tenía persianas metálicas bajadas y un cartel de helados fuera de temporada.
—Ah.
—Tu capacidad de planificación ha quedado comprometida por optimismo climático.
—Mi capacidad de planificación ha quedado comprometida por no querer volver todavía a un laboratorio para descubrir que otro señor impecable no es mi padre.
La frase no llevaba defensa suficiente. Salió demasiado directa. Después de decirla, Pedro abrió la puerta con brusquedad y salió al viento.
Yo salí también.
—No sabemos todavía el resultado de Engel.
—No. Pero sabemos cómo funciona mi vida. Pista falsa, hombre elegante, taza robada, exclusión genética, vuelta al principio. Es un sistema muy alemán. Ordenado, caro y diseñado para no decirme nada.
Caminó hasta la parte trasera del Porsche y pulsó el botón de la capota. El mecanismo emitió el mismo sonido humillante de antes. Se movió dos centímetros, se bloqueó y se quedó allí, inútil.
—Bien —dijo—. Perfecto. Hasta el coche de Nadine sabe cuándo hacer teatro.
—Permíteme.
—¿Vas a razonar con una capota?
—Voy a inspeccionar los rieles.
Abrí el compartimento trasero, localicé el punto de bloqueo manual y retiré con cuidado una pieza de plástico lateral.
Pedro se apoyó contra el coche, observando el lago con las manos en los bolsillos de la chaqueta.
Su pelo se movía desordenadamente con el viento.
El Melqart golpeaba contra el cuero a intervalos variables.
Los rieles de la capota estaban desalineados.
No por rotura total, sino por un atasco en el punto de cierre izquierdo.
El manual del vehículo habría sido útil.
Nadine no lo había dejado en la guantera.
En su lugar había tres recibos de gasolina, unas gafas de sol y un pañuelo con un perfume demasiado floral.
—Necesito que sujetes este borde —dije.
Pedro no se movió.
—Pedro.
—Estoy contemplando el fracaso sistémico.
—Puedes contemplarlo sujetando el borde.
Se acercó y sujetó la pieza indicada. Sus dedos estaban fríos. No necesitaba tocarlo para saberlo; las articulaciones habían perdido color, y su temblor fino ya no correspondía solo al viento.
La primera gota cayó sobre mi lente izquierda.
Luego otra, sobre el dorso de mi mano.
—Tenemos aproximadamente cuatro minutos antes de precipitación intensa —dije.
El trueno respondió con una falta de respeto acústico considerable.
Pedro miró el cielo.
—Yo diría que menos.
La lluvia empezó no como inicio, sino como ataque.
Gotas gruesas golpearon el cuero del Porsche, el parabrisas, la capota atascada y mi chaqueta con una fuerza inmediata.
En treinta segundos, el olor a ozono se mezcló con tierra abierta y agua fría.
En cuarenta y cinco, mi pelo estaba mojado por los laterales.
En sesenta, las botas de Pedro tenían marcas oscuras y el muelle de madera restallaba bajo un oleaje más violento.
—Dentro —dije.
—La capota—
—Dentro.
Nos metimos en el habitáculo expuesto. El coche no ofrecía refugio completo.
La capota, atrapada a medio recorrido, dejaba una abertura amplia por la que entraba lluvia lateral.
El parabrisas protegía la zona frontal, pero el viento arrastraba agua por encima y por los costados.
Pedro cerró la puerta de golpe y empezó a reír.
No era la risa limpia de la TUM.
Era una risa rota por irritación.
—Increíble. El puto Porsche convertible de Nadine en un diluvio bíblico con un genetista obsesionado y una taza de un médico alemán muerto en vida. Sandra estaría orgullosísima de mi trayectoria.
—La muestra está protegida.
—Gracias a Dios. La taza está bien. El linaje Montoya-Beck respira.
—Beck era el apellido de tu madre.
—No uses eso ahora.
—Lo has usado tú en la TUM.
—Era mentira útil.
—No era mentira. Era una variable biográfica introducida en una identidad falsa.
Pedro giró hacia mí. La lluvia le resbalaba por la sien, por el marco de las gafas, por la línea pálida del cuello. La camiseta negra se le pegaba al pecho bajo la chaqueta abierta. El Melqart había quedado atrapado entre el cinturón y la tela mojada.
—¿Sabes cuál es el problema contigo? —dijo.
—Probablemente varios.
—Que no paras. Todo se puede clasificar.
Todo se puede salvar si encuentras el archivo correcto, la muestra correcta, el puto riel correcto de una capota diseñada por un imbécil rico.
¿Y si no hay nada? ¿Y si mi padre es solo un hueco y yo llevo meses arrastrándote para demostrar que un hueco sigue siendo un hueco?
La lluvia golpeaba con tanta fuerza que las palabras parecían tener que atravesar una membrana. Ajusté las gafas. Estaban empañadas por dentro y mojadas por fuera. Corrección visual: deficiente. Percepción de Pedro: excesiva.
—Un resultado negativo no demuestra ausencia absoluta —dije.
—No empieces.
—Demuestra ausencia de coincidencia con la muestra analizada.
—Leon.
—Un callejón sin salida estadístico no anula la validez del método.
—No necesito método ahora.
—Sí lo necesitas.
Pedro se quedó quieto.
—No me digas lo que necesito.
—Necesitas no convertir una fase incompleta en conclusión definitiva porque la frustración reduce tu tolerancia a la incertidumbre.
La frase habría sido agresiva en otra voz. En la mía solo era cierta, lo que a veces produce un efecto peor.
Pedro apartó la mirada hacia el lago. El viento empujó una ráfaga de agua dentro del coche.
Se inclinó instintivamente hacia mi lado para evitar el golpe directo.
La distancia entre nosotros se redujo a cero funcional.
Su hombro chocó con el mío. Su rodilla tocó la mía.
Sus botas mojadas rozaron el borde de mi zapato.
El colgante quedó aprisionado entre su pecho y mi brazo.
Registré lo siguiente:
Temblores físicos de Pedro: frecuencia creciente.
Piel: palidez acentuada por frío.
Respiración: irregular.
Temperatura ambiental: incompatible con exposición prolongada.
Prioridad operativa: protegerlo de hipotermia leve antes que debatir epistemología.
Me quité parcialmente la chaqueta Gore-Tex.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Redistribución térmica.
—No.
—Sí.
—No seas idiota.
—La chaqueta retiene mejor el calor si cubre dos torsos parcialmente que si uno de los torsos tiembla sin aislamiento adecuado.
—Eso no puede ser ciencia.
—Es física básica aplicada de forma imperfecta.
La coloqué sobre sus hombros y el mío, como una cobertura torpe entre los asientos. Pedro no se apartó. Ese dato fue más importante que cualquier comentario. Su cuerpo seguía tenso, pero buscó el borde seco de la tela. Su respiración se acercó a mi mejilla. Mis gafas se empañaron por completo.
—No veo bien —dije.
—Trágico. Ahora tendrás que percibir el mundo como los demás.
—Los demás deberían limpiar sus lentes con más frecuencia.
Pedro soltó un sonido breve. No risa plena. Casi.
El granizo empezó en pequeñas piedras que golpearon la carrocería con una violencia seca. Pedro se inclinó más hacia mí, por reflejo, y su frente quedó a pocos centímetros de mis gafas empañadas. Sus ojos estaban detrás de gotas y reflejos, pero abiertos, fijos, sin la armadura habitual.