VIII Secuenciación nocturna #3
Toqué la montura de sus gafas con el índice y el pulgar.
Plástico frío. Piel tibia en el puente de la nariz, apenas rozada.
La corrección duró menos de un segundo. Al retirar la mano, Pedro seguía mirándome.
La distancia entre su rostro y mis gafas era inferior a la habitual en cualquier conversación no médica.
No había olor a tabaco en ese instante. O lo había y mi atención lo había excluido.
Había pizza, nitrilo, metal, aire reciclado y algo que no clasifiqué.
—Gracias —dijo.
—La simetría ha mejorado.
—Claro.
Pero no se apartó.
Yo tampoco.
El silencio duró varios segundos más de lo necesario para verificar la posición de unas gafas.
Podía atribuirse a fatiga. A la luz azul.
Al laboratorio. Al hecho de que el primer lote contenía la posibilidad de descartar nombres que habían ocupado años de la vida de Pedro.
También podía atribuirse a una variable no definida que no estaba dispuesto a nombrar hasta disponer de datos robustos.
Pedro desvió la mirada primero hacia la pantalla.
—¿Cuánto?
Miré también, demasiado rápido.
—Doce minutos.
—Bien.
—Sí.
—No digas nada raro sobre mis alelos.
—Tus alelos no están en este lote.
—Leon.
—De acuerdo. No diré nada raro.
Volvió a apoyar la cabeza contra el mueble, esta vez más cerca.
Su hombro tocó el mío. El contacto fue leve, constante.
Podía apartarme. No lo hice porque el suelo estaba frío, el mueble era estrecho y moverme habría requerido una explicación.
También porque el contacto no comprometía el procedimiento.
—Cuando dijiste que las reglas te protegen —murmuró—. ¿De verdad?
—Sí.
—¿Y ahora?
—Ahora estoy incumpliendo varias.
—Por mí.
El “por mí” no fue arrogante. Fue casi inaudible.
La respuesta correcta debía matizar: por el Proyecto Padre, por la integridad de las muestras, por la eficiencia de la operación, por reducir tu ansiedad, por evitar que el tiempo degrade los datos. Todas esas respuestas eran verdaderas. Ninguna era suficiente.
—Para preservar la continuidad del proceso —dije.
Pedro soltó una risa muy baja.
—Cobarde.
—Preventivo.
—Ya.
No se apartó.
El monitor iluminó su perfil. Palidez, pestañas, sombra bajo el ojo, línea de la boca sin defensa momentánea.
El Melqart descansaba inmóvil. Por primera vez desde que lo conocía, Pedro no parecía estar preparándose para el siguiente golpe verbal.
Parecía esperando algo que quizá no debía llegar todavía.
La pantalla cambió al sesenta y ocho por ciento.
Los picos cromosómicos empezarían en breve.
Me obligué a mirar los datos.
Durante nueve minutos, esperamos así: hombro contra hombro, espalda contra metal, suelo frío bajo los muslos, bombas de vacío marcando un ritmo que no pertenecía a ninguno de los dos.
No hablamos de Felipe/Nadine, ni de Sandra, ni de Nicole, ni de reglas, ni de deseo, ni de la palabra pareja dicha por el dueño del catering.
No hablar de algo no lo elimina. Solo impide que contamine la superficie de trabajo antes de tiempo.
A las 4:57, el secuenciador emitió el primer aviso de lectura parcial.
Pedro incorporó la cabeza.
La distancia se rompió.
El hombro dejó de tocar el mío.
La pérdida de contacto fue inmediata y, por tanto, registrable. Pero no la anoté.
El aviso de lectura parcial sonó a las 4:57.
No fue un pitido dramático. Los equipos de laboratorio no poseen sentido narrativo.
Emiten señales acústicas diseñadas para llamar la atención de seres humanos fatigados sin inducir pánico innecesario.
Aun así, Pedro se incorporó con una rapidez que convirtió el contacto de nuestros hombros en ausencia.
La ausencia fue inmediata, térmica y espacialmente verificable.
No la registré.
Me levanté antes de que él pudiera tocar el mesado.
—No te acerques a la pantalla con pizza en la mano.
Pedro miró su mano derecha.
—No tengo pizza.
—Era una anticipación preventiva.
—Tu confianza en mí es conmovedora.
—Mi confianza en la grasa fundida es baja.
El secuenciador proyectó la primera lectura en el monitor principal.
Picos cromosómicos incompletos, barras de calidad, marcadores descartables, segmentos útiles.
El lote no podía ofrecer una identificación positiva con la rapidez que Pedro deseaba.
Ningún resultado responsable funciona como una revelación bíblica.
La genética, cuando no se usa en series televisivas, avanza con cautela, control de errores y una cantidad significativa de decepción antes de producir una conclusión.
Pedro se colocó detrás de mí.
No demasiado cerca. Más cerca de lo necesario.
—¿Qué significa? —preguntó.
—Que las primeras muestras son procesables en distinto grado. Lindemann presenta perfil parcial suficiente para comparación preliminar. Engel, calidad media. Weber, sorprendentemente buena. Kraus, contaminada. Desconocido A, no útil.
—No me hagas sufrir en orden alfabético.
—No estoy usando orden alfabético. Estoy usando prioridad.
—Peor.
Ajusté la visualización y cargué la muestra bucal de Pedro como referencia privada. La etiqueta apareció en la pantalla: P.M. CONTROL. Pedro soltó una exhalación breve por la nariz.
—Post meridiem vuelve.
—Tus iniciales son eficientes.
—Mis iniciales parecen un horario de bar.
—Eso también es eficiente.
La primera comparación tardó tres minutos y cuarenta segundos.
Pedro permaneció de pie, inmóvil, con los brazos cruzados.
La postura defensiva había regresado, pero la energía que la sostenía era menor.
El cansancio la volvía menos creíble. Ya no parecía un muro.
Parecía una persona sosteniendo una puerta con el hombro.
El monitor emitió el segundo aviso.
Lindemann: incompatibilidad en marcadores clave.
Leí dos veces.
Luego una tercera.
—Lindemann queda descartado como padre biológico directo.
La frase salió limpia, porque las frases de laboratorio deben salir limpias. Los datos no se anuncian con compasión estilística. Se anuncian con precisión para no añadir contaminación emocional.
Pedro no dijo nada.
Miró la pantalla. La luz azul le llenó las lentes, ocultándole los ojos. El Melqart descansaba inmóvil sobre su pecho, como si incluso el metal hubiera suspendido movimiento.
—Descartado —repitió.
—Sí.
—¿Seguro?
—Con esta muestra y estos marcadores, sí. Siempre existe margen de error por calidad de muestra, pero la incompatibilidad en varios puntos reduce la probabilidad hasta un nivel no defendible.
—O sea, no.
—No.
Se rio una vez. No fue risa. Fue una contracción de aire.
—Felipe rompió una foto por nada.
—No podemos saber por qué la rompió.
—Por nada genético, entonces.
—Correcto.
Pedro se pasó una mano por la cara. El guante azul raspó levemente la montura de sus gafas. Esta vez las dejó torcidas. No pidió corrección. Yo no ofrecí.
—Siguiente —dijo.
—Conviene esperar un minuto.
—No.
—Pedro—
—Siguiente.
Usé su nombre, y él no hizo ningún comentario. Eso indicaba que la conversación había salido de la zona de banter.
Cargué Engel.
El laboratorio pareció aumentar su zumbido, aunque probablemente mi atención se había estrechado.
Las bombas de vacío seguían igual. Las lámparas ultravioletas apagadas seguían brillando al fondo como animales dormidos.
La caja de pizza, abandonada sobre la mesa secundaria, había perdido autoridad aromática y empezaba a oler a grasa fría.
Afuera, la LMU seguía vacía. En menos de una hora llegaría el primer turno de limpieza.
Teníamos que terminar, archivar, desinfectar, retirar cajas, borrar registros locales no esenciales y salir sin cruzarnos con nadie.
Engel: incompatibilidad.
—Engel también queda descartado —dije.
Pedro asintió. Una sola vez.
No preguntó si estaba seguro.
Weber: incompatibilidad.
Kraus: muestra no concluyente, contaminada, sin valor de comparación.
Los nombres principales del primer lote desaparecieron uno a uno de la lista de posibilidades.
No desaparecieron con violencia. No hubo puerta cerrándose, ni grito, ni música, ni revelación.
Solo líneas en una pantalla, marcadores que no coincidían y una persona de veintiocho años viendo cómo varias fantasías dolorosas perdían derecho a seguir torturándolo.
La decepción también puede ser un dato.
A las 5:11, Pedro se sentó de nuevo en el suelo.
No con la caída exagerada de antes. Se dejó bajar despacio, como si el cuerpo hubiera recordado de repente que llevaba demasiadas horas despierto.
Apoyó la espalda contra el mueble metálico y estiró las piernas.
La bota izquierda tocó la pata de la mesa de muestras.
—Cuidado —dije.
Retiró la bota sin responder.
Guardé el primer lote en la carpeta digital privada, imprimí la hoja de resultados preliminares y la doblé en tres partes. No se la entregué inmediatamente. El papel podía ser interpretado como una sentencia, y aún necesitábamos clasificarlo.
—No son ellos —dijo.
—No en este lote.
—Sandra conocía a Lindemann.
—Sí.
—Y no era él.
—Según estos datos, no.
Pedro cerró los ojos.
—Qué puta forma de perder una obsesión.
No había una respuesta correcta. O quizá la respuesta correcta era no convertir la frase en una lección.
Me senté a su lado.
El suelo seguía frío. El mueble metálico seguía frío. Pedro, en cambio, irradiaba calor fatigado en el espacio próximo, aunque ya no nos tocábamos. Entre su hombro y el mío había seis centímetros. Menos que la distancia social convencional. Más que una decisión.
—Una hipótesis descartada no es una pérdida completa —dije—. Reduce el campo.
—Me estás consolando con estadística.
—No era consuelo.
—Lo sé.
Abrió los ojos y giró la cabeza hacia mí. Las gafas seguían torcidas. Su rostro estaba muy cerca, pero no tanto como en el ajuste anterior. La diferencia de distancia no reducía la dificultad de mirarlo.
—Eso es lo que me consuela —añadió.