VIII Secuenciación nocturna #2
Había motivos para echarlo: alimento, tabaco residual, comentarios, ruido, distracción, riesgo institucional.
También había motivos para no hacerlo: su presencia aumentaba velocidad de clasificación, mantenía trazabilidad social de las muestras, reducía mi necesidad de inferir identidad de vasos y, adicionalmente, producía una forma de atención sostenida que el laboratorio no había contenido antes.
—No sería eficiente —dije.
Pedro asintió, como si hubiera esperado esa respuesta.
—Claro.
Pero no sonó convencido.
A las 4:31, el primer lote quedó cargado.
Lindemann. Engel. Weber. Kraus.
La pantalla azul reflejó nuestras dos siluetas sobre el cristal: yo de pie frente al terminal, Pedro detrás, la lámpara apagada entre ambos y las cajas isotérmicas abiertas como órganos auxiliares de una operación que ya no podía explicarse con facilidad.
—Ahora esperamos —dije.
—¿Cuánto?
—Veintiséis minutos.
Pedro miró la caja de pizza al fondo.
—¿Dónde puedo recuperar mi crimen sanitario?
—A tres metros de la zona de procesamiento.
—Eres generoso.
—Soy específico.
Pedro fue por la pizza.
El secuenciador zumbó. Las luces azules parpadearon. Afuera, la LMU dormía o fingía dormir con eficacia institucional.
Dentro, las normas ya habían sido modificadas.
Modificadas, no anuladas.
Por una variable que sostenía una lámpara con sorprendente precisión cuando importaba.
A las 4:38, nos sentamos en el suelo.
La decisión no fue estética, social ni simbólica.
El vinilo estéril del laboratorio ofrecía una superficie estable, fría, lavable y menos peligrosa que los taburetes, cuyos radios metálicos podían engancharse con cables si uno se quedaba dormido durante los veintiséis minutos de espera del primer lote.
Además, desde el suelo era posible observar la pantalla del secuenciador sin inclinar el cuello en exceso.
La ergonomía, incluso en operaciones clandestinas, no debe abandonarse por completo.
Pedro se dejó caer junto al mueble metálico con un sonido que habría provocado la desaprobación de cualquier técnico de laboratorio.
—Me estás convirtiendo en suelo institucional —dijo.
—No es institucional. Es vinilo de alta resistencia.
—Eso es exactamente lo que diría el suelo institucional.
Colocó la caja de pizza a más de tres metros del área de procesamiento, como se le había indicado, y trajo una porción envuelta en una servilleta.
La distancia respecto a las muestras era aceptable.
El uso de servilleta era insuficiente pero mejor que la manipulación directa.
No comenté nada porque el comentario habría generado una discusión y la discusión elevaría el riesgo de migas en zona crítica.
A veces el silencio es una forma de contención bacteriana.
Me senté a su lado, con la espalda apoyada contra el mismo mueble. El metal estaba frío incluso a través de la camisa. Pedro soltó un suspiro, estiró las piernas y golpeó accidentalmente mi zapato con la punta de su bota.
—Perdón —dijo.
La palabra apareció sin sarcasmo.
—No ha habido daño.
—No he preguntado si había daño. He pedido perdón.
—Aceptado.
—Qué transacción tan sexy.
—La palabra sexy está perdiendo especificidad por exceso de uso.
—En tu boca nunca tuvo muchas opciones.
El secuenciador zumbaba con regularidad.
Las barras de progreso avanzaban en la pantalla azulada.
Los nombres del primer lote aparecían en una columna que yo había verificado cuatro veces: Lindemann, Engel, Weber, Kraus, Desconocido A, Desconocido B.
Pedro miraba la lista como si los nombres pudieran salir de la pantalla y explicarle algo.
No lo harían. Las pantallas solo devuelven datos. Las explicaciones son un vicio humano.
—¿Cuánto queda? —preguntó.
—Veintiún minutos.
—Hace cinco segundos eran veintiséis.
—Han pasado cinco minutos.
—Eso es imposible.
—No. Es medición.
Pedro apoyó la cabeza contra el panel metálico del mueble.
El gesto le echó el cabello hacia atrás y dejó su rostro más expuesto.
Sin la barra, sin el ruido, sin la chaqueta de cuero, sin su capacidad de convertir cada frase en un arma pequeña, parecía más joven.
O quizá la luz azul de los monitores reducía la dureza de los bordes.
La tez pálida, bajo esa iluminación, dejaba de parecer una decisión estética y se volvía una condición real: cansancio, falta de sueño, turnos, humo, demasiadas horas sosteniéndose por pura oposición.
El Melqart brillaba sobre la camiseta negra. No de forma teatral. Solo como metal sometido a luz artificial.
—No me mires como si fuera otra muestra —dijo sin abrir los ojos.
—No eres otra muestra.
—Gracias.
—Tu muestra está en el lote de control privado, no en este.
Abrió los ojos.
—Eres incapaz de dejar viva una frase.
—Las frases no están vivas.
—La tuya, desde luego, no.
El comentario no produjo hostilidad. La fatiga había vuelto los ataques de Pedro más blandos, como si ya no tuviera fuerza para afilar cada palabra.
Me pregunté si esa era su forma menos editada o solo una versión temporal causada por déficit de sueño.
Las variables transitorias no deben confundirse con rasgos estables.
Sin embargo, muchas cosas importantes ocurren en estados transitorios: fiebre, nacimiento, confesión, errores de calibración térmica.
Pedro giró la cabeza hacia mí.
—Esto es una locura, ¿no?
—Sí.
La respuesta salió antes de que pudiera modularla.
Pedro se quedó quieto.
—Ah.
—Es una locura en términos administrativos, no necesariamente en términos operativos.
—Claro. Había que rescatar el honor de la locura.
—Estamos en un laboratorio universitario a las cuatro de la mañana, con muestras recogidas de vasos abandonados en un evento privado, procesando datos que no tienen autorización institucional. Sería impreciso negarlo.
—Pensé que ibas a decir que no.
—¿Por qué?
—Porque tú eres… —Buscó la palabra en el techo—. Tú eres un sojas atrapado en las reglas de la universidad.
—No.
—Vale, perdón. Un super-sojas con acceso a llaves y destornillador.
—Tampoco.
—Un hombre adultísimo con fetiche por los protocolos.
—Los protocolos no son fetiches. Son estructuras de protección.
Pedro no respondió con su rapidez habitual. La palabra protección pareció modificar la temperatura de la conversación más que el error 17-B había modificado la máquina.
—¿Protección de qué? —preguntó.
—De errores.
—Eso es una respuesta pequeña.
—De acusaciones falsas. De ambigüedad. De decisiones arbitrarias. De personas que cambian las reglas durante la interacción y luego te responsabilizan por no haberlas adivinado.
El laboratorio siguió zumbando.
No había planeado decir tanto. El exceso verbal suele indicar fatiga o exposición no controlada. Clasifiqué la secuencia como consecuencia de privación de sueño, cafeína, baja iluminación y presión moral acumulada.
Pedro ya no comía.
—¿Te pasa mucho? —dijo.
—¿Qué cosa?
—Que cambien las reglas y luego digan que el problema eres tú.
Podía responder de forma general, socialmente aceptable. “A veces”. “Supongo que a todo el mundo”. “No importa”. Las tres opciones eran falsas en distintos grados.
—Sí —dije.
Pedro bajó la vista a la porción de pizza. No la comió. Sus dedos, dentro del guante, presionaron la servilleta hasta deformarla.
—A mí me pasa al revés —dijo—. Me dicen que no hay reglas. Que todo es fluido, abierto, deconstruido, empático, terapéutico. Y luego resulta que hay mil reglas, pero si preguntas cuáles son, eres violento, rígido, un troglodita, un hijo ingrato o un tío que no sabe acompañar procesos.
—Las reglas implícitas favorecen a quien las administra.
Pedro levantó la vista.
—Eso.
—Por eso prefiero las explícitas.
—Pero también las usas para esconderte.
La frase fue directa. No hostil. Eso la hizo más difícil.
—Las reglas no pueden esconder a una persona completa —dije.
—No. Pero pueden hacer que nadie se acerque lo suficiente para comprobarlo.
En la pantalla, una barra avanzó del cuarenta y ocho al cuarenta y nueve por ciento. La diferencia era mínima y, sin embargo, visible. Así funcionan algunos procesos: permanecen inmóviles hasta que uno observa el cambio acumulado.
—Acercarse sin reglas aumenta riesgo —dije.
—Sí.
—Entonces no es irracional evitarlos.
—No he dicho irracional.
—Has dicho esconderte.
—También uno se esconde por razones muy buenas.
La frase entró en el laboratorio con una suavidad improbable.
Pedro dejó la pizza sobre la caja cerrada y se frotó la frente con el dorso de la muñeca enguantada.
El gesto le movió las gafas. Quedaron un poco torcidas.
No se las corrigió. El impulso de hacerlo yo apareció y fue rechazado de inmediato por falta de autorización.
Las gafas son objetos funcionales adheridos al cuerpo.
Yo conocía esa frontera mejor que la mayoría.
—Tus gafas están torcidas —dije.
Pedro giró la cara hacia mí.
—¿Eso te molesta?
—Reduce simetría facial y puede alterar percepción visual.
—¿Quieres arreglarlas?
La pregunta no era sobre las gafas.
Lo comprendí con retraso, pero lo comprendí.
—No sin consentimiento.
Pedro sostuvo mi mirada. El secuenciador emitió un pulso bajo. Las bombas de vacío seguían funcionando. En algún punto lejano del edificio, una tubería hizo un chasquido térmico. La madrugada tenía sonidos que el día ocultaba.
—Consentimiento concedido —dijo.
La frase no debía producir adrenalina. Era una autorización para corregir un objeto ligeramente desplazado. Actividad simple. Mecánica. Dos dedos, montura, ajuste mínimo.
Levanté la mano.
Me detuve a medio camino.
—Puedo indicar verbalmente el ajuste.
Pedro no se movió.
—También puedes hacerlo tú.
No había presión en su voz. Esa fue la parte difícil. Si hubiera habido presión, habría sido fácil negarse. La ausencia de presión obliga a decidir.