VII El protocolo Negroni
Ese hallazgo habría bastado para cuestionar su viabilidad como empresa, pero no para abandonar la operación.
Abandonar la operación habría dejado sin acceso al evento privado de antiguos alumnos de Medicina de Múnich, sin observación directa de Markus Lindemann, sin muestras biológicas potenciales y sin explicación razonable para la camisa negra que Pedro había conseguido mediante un sistema de favores que prefirió no detallar.
La camisa no era óptima.
El tejido retenía calor, el cuello ejercía una presión innecesaria sobre la tráquea y las mangas eran dos centímetros demasiado largas.
Pedro había dicho que quedaba “bien”. La palabra “bien”, aplicada a ropa, suele significar una mezcla de ajuste físico, adecuación social y proyección estética.
En mi caso, el ajuste físico era tolerable, la adecuación social dependía del contexto y la proyección estética no contribuía a la recolección de ADN.
—Deja de mirar los puños como si fueran a declararte la guerra —dijo Pedro.
Estaba a mi izquierda, detrás de la barra estrecha del club privado de Brunnthal, vestido también de negro, pero con una naturalidad irritante.
Su camisa, a diferencia de la mía, parecía haber negociado con su cuerpo.
El colgante de Melqart quedaba oculto bajo el cuello, aunque no del todo: cada vez que se inclinaba, una línea de plata aparecía durante medio segundo.
Esa aparición intermitente no debía tener relevancia operativa. La tenía para mi atención.
—Las mangas interfieren con la movilidad de muñeca —dije.
—Vas a servir copas, no a desactivar una bomba.
—El derrame de alcohol sobre material de muestra puede comprometer el procedimiento.
—Y una bomba también.
—No hay bomba.
—Hay cardiólogos. Es parecido, pero con más ego y mejores zapatos.
El salón principal emitía un murmullo denso, formado por conversaciones profesionales, risas contenidas y nombres de hospitales pronunciados con una satisfacción de propiedad.
La iluminación era cálida, diseñada para hacer que las arrugas parecieran experiencia y que el champán pareciera inevitable.
Al otro lado de la barra, hombres y mujeres con trajes costosos se saludaban como si acabaran de salvar la medicina europea durante la semana laboral y se hubieran reunido para permitirse una modesta cantidad de admiración mutua.
El olor era complejo: cítricos frescos cortados en gajos, ginebra, vermut, hielo húmedo, humo de tabaco adherido a abrigos caros y una nota de madera encerada procedente del mobiliario.
Detrás de la barra, el espacio disponible entre mi espalda y la estantería de destilados era de cincuenta y ocho centímetros.
Pedro lo había medido “a ojo” y dijo que era “suficiente para dos tíos que no se odian”.
No aclaré que el odio no modifica la anchura.
Comencé a reorganizar.
Vodka: cuarenta por ciento. Ginebra: cuarenta y dos.
Ron blanco: treinta y siete coma cinco. Whisky: cuarenta.
Tequila: treinta y ocho. Vermut: dieciséis.
Licores dulces: entre quince y veintiocho.
La agencia los había colocado por color de etiqueta, lo cual resultaba visualmente atractivo y funcionalmente nefasto.
En un servicio con presión, la mano debe encontrar la botella por categoría, no por afinidad cromática.
—¿Qué haces? —preguntó el encargado del catering.
Se llamaba Jens, treinta y pocos años, sudor visible en la frente, pajarita torcida y una carpeta de pedidos en la mano. Se movía con la rigidez de una persona que ha aprendido protocolo de eventos pero no ha experimentado una emergencia real.
—Ordeno por graduación alcohólica y frecuencia de uso —dije.
—No tenemos tiempo para eso.
—Precisamente por eso.
Dominik miró a Pedro.
—¿Él siempre habla así?
—Solo cuando está salvando tu bar de convertirse en un crimen logístico —dijo Pedro.
—No sois barman profesionales, ¿verdad?
—Personal de apoyo temporal —dije.
—Eso no es una respuesta.
—Sí lo es, dentro del marco contractual.
Dominik parpadeó. Pedro tosió para ocultar una risa. No lo consiguió por completo.
El tintineo de copas aumentó. Llegó el primer grupo de pedidos simultáneos: dos gin-tonic con pepino, un Negroni, tres copas de Riesling, un Cosmopolitan “pero no demasiado dulce”, un whisky con hielo y una petición absurda de “algo fresco, seco, elegante y sin resaca”.
La última no era una bebida. Era una fantasía metabólica.
La camarera a nuestra derecha, una estudiante de arte llamada Klara, miró la lista y palideció.
—No sé hacer Negroni —dijo.
—Partes iguales de ginebra, vermut rojo y Campari —respondí—. Remover con hielo. Servir con piel de naranja. No agitar.
Pedro giró la cabeza hacia mí.
—¿Por qué sabes eso?
—Memoria nemotécnica de recetas clásicas. Revisé la lista anoche.
—Anoche tenías entrenamiento de karate.
—Después.
—Estás enfermo.
—Estoy preparado.
El encargado abrió la boca para decir algo, pero un médico con cabello blanco y reloj de acero golpeó la barra con dos dedos.
—¿Se puede pedir o esto es una performance juvenil?
La frase activó una reacción muscular antes que verbal. El golpe en la barra había desplazado una fila de vasos limpios tres milímetros. No era daño. Era autoridad mal administrada.
Pedro sonrió al médico con una cortesía demasiado afilada.
—Se puede pedir, Herr Doktor. Aunque si golpea más fuerte igual le sale una enfermera de dentro de la madera.
El médico frunció el ceño.
—Un Martini seco.
—Ginebra o vodka —pregunté.
—Martini seco —repitió, como si la precisión fuera una falta de educación.
—El Martini puede prepararse con ginebra o vodka. La formulación clásica utiliza ginebra. La versión con vodka es frecuente pero distinta. Si no especifica, prepararé ginebra.
Pedro me miró con una expresión que podría clasificarse como placer táctico.
El médico resopló.
—Ginebra.
—Proporción.
—¿Qué?
—Vermut. ¿Desea cinco a uno, seis a uno, o solo enjuague?
—Solo hágalo.
—Eso no es una proporción.
Pedro se interpuso medio paso, no para desplazarme sino para contener al médico con una sonrisa.
—Le hará uno de esos que provocan que la gente finja entender jazz. Va a sobrevivir.
El médico gruñó algo y se apartó.
—Acabas de discutirle un Martini a un jefe de cardiología —dijo Pedro en voz baja.
—No sé si es jefe de cardiología.
—Yo sí. Ese es Engel.
Miré de nuevo al hombre.
Dr. Peter Engel. Prioridad media-alta. Posible vínculo con Sandra Beck. Portaba una copa anterior en la mano izquierda, casi vacía, con marcas de saliva en el borde. La dejó sobre la barra mientras hablaba con otro médico.
El vaso.
—No lo mires como si fuera el Santo Grial con herpes —murmuró Pedro.
—Necesitamos conservarlo.
—Primero hazle el Martini o sospechará que quieres adoptarlo.
Preparé el Martini. Pedro recogió el vaso usado con un movimiento casual, lo colocó en la bandeja de retorno y deslizó la bandeja hacia la zona trasera.
No miró el vaso. Esa era la parte eficaz.
Las personas que miran demasiado un objeto revelan intención.
Pedro podía convertir una recolección biológica potencial en gesto de camarero aburrido.
Su competencia social, cuando estaba al servicio de una operación, era notable.
El volumen de pedidos aumentó.
Durante los siguientes diecisiete minutos, el servicio de coctelería colapsó en tres fases.
Fase uno: acumulación de pedidos simples que Sabine podía gestionar si nadie la miraba.
Fase dos: aparición de pedidos complejos por parte de antiguos alumnos que consideraban su preferencia alcohólica una extensión de su tesis doctoral.
Fase tres: pánico de Jens.
—No vamos a llegar —dijo, mirando la barra como si esperara que las botellas se reprodujeran en soluciones.
—Sí vamos —dije.
—¿Cómo?
—Redistribución de tareas. Pedro: ejecución manual de cócteles agitados y recogida de cristal usado. Klara: vino, agua, cerveza, reposición de hielo. Jens: deja de preguntar y lleva bandejas llenas al salón. Yo: recetas, dosificación, control de muestras y priorización de pedidos.
Dominik no se movió.
—Ahora —dije.
El tono no fue elevado. Fue exacto. La gente confundida responde bien a la exactitud cuando ya ha agotado sus alternativas.
Dominik obedeció.
Pedro me miró con una ceja levantada.
—Mírate. Golpe de Estado con rodaja de lima.
—La lima está para gin-tonic. No para golpe de Estado.
—Me vas a arruinar todos los chistes.
—No todos. Algunos tienen estructura recuperable.
Su sonrisa apareció sin cinismo completo.
Después el espacio se redujo.
No físicamente. La barra conservaba sus cincuenta y ocho centímetros de profundidad operacional.
Pero el incremento de cuerpos, bandejas, codos, vasos y botellas convirtió cada movimiento en una negociación kinestésica.
Pedro pasaba por detrás de mí para alcanzar el hielo.
Yo giraba para tomar ginebra. Su hombro rozaba el mío.
Mi cadera tocaba la suya al desplazarme hacia la zona de cítricos.
La primera vez registré el contacto como obstáculo.
La segunda, como patrón. La tercera, como variable continua.
—Cosmopolitan —dijo Klara, casi gritando—. Dos.
—Vodka citron, triple sec, zumo de arándanos, lima fresca —respondí—. Agitado. Copa fría.
—¿Proporción?
—Cuatro, uno y medio, tres, medio. Ajusta por acidez.
Pedro ya tenía la coctelera en la mano. La movía con una fluidez que no procedía de formación académica, sino de cuerpo acostumbrado a trabajar en ruido, ritmo y presión.
Sus muñecas eran rápidas. Sus hombros, precisos.
El colgante oculto bajo la camisa golpeaba contra el pecho con cada movimiento; no lo veía, pero oía un tintineo mínimo cuando se inclinaba.
O quizá lo imaginaba a partir del dato previo.
La distinción era relevante y no había tiempo para resolverla.
—Pásame la lima —dijo.
Se la pasé.
Nuestros dedos no se tocaron. Pedro la atrapó al vuelo.
—Buen chico.
—No soy un chico.