VI Alianza clandestina #4
Su risa fue contenida, casi silenciosa. Se inclinó sobre el plano para marcar una ruta desde la Fundación Médica de Baviera hasta el Café NiL.
Al hacerlo, el colgante de Melqart rozó la servilleta con el esquema de la barra y dejó una pequeña marca circular de humedad metálica.
No era humedad real. Era presión sobre fibra.
Debería haberme molestado. En cambio, miré el círculo y pensé que indicaba posición: Pedro había estado ahí, inclinado sobre mi escritorio, formando parte de una estructura.
Eso no era una observación científica.
Moví la servilleta a la carpeta verde oscuro.
—¿La archivas? —preguntó.
—Contiene información operacional.
—Contiene mi dibujo de una barra hecho como si tuviera siete años.
—La calidad gráfica no invalida la información.
Pedro apretó la boca, pero no sonrió. O sí sonrió sin permitir que la expresión completara el movimiento.
—Mi madre dibujaba fatal —dijo—. Hacía esquemas de anatomía con muñecos que parecían víctimas de explosión.
—¿Estudiaste con sus apuntes?
—Con algunos. Los que Felipe no guardó bajo llave como reliquias de santa Sandra mártir de la carretera.
La frase pretendía ser ofensiva. Contra Felipe/Nadine, contra Sandra convertida en objeto, quizá contra sí mismo por hablar de ella.
No respondí de inmediato. Clasifiqué el dato: apuntes de Sandra, posible acceso indirecto a contactos, existencia de material preservado por Felipe/Nadine.
Después elegí la intervención menos invasiva.
—Los apuntes podrían contener nombres.
Pedro me miró.
—Eres el único ser humano que puede oír “mi madre muerta dibujaba fatal” y responder con estrategia documental.
—¿Preferías otra respuesta?
—No sé.
—Puedo intentar una alternativa.
—No.
La rapidez de la negativa indicó que la respuesta estratégica no había sido rechazada. Había sido tolerada. Quizá incluso preferida.
El monitor entró en modo de reposo y la pantalla se oscureció.
En el reflejo vi una composición distorsionada: mi rostro, las gafas, Pedro inclinado sobre el mapa, su cabello castaño cayendo hacia la frente, la plata del Melqart suspendida sobre el papel.
La imagen no era útil. No obstante, permaneció en mi atención dos segundos más de lo necesario.
Desbloqueé la pantalla.
—Mañana hay un evento privado de antiguos alumnos de Medicina —dije—. No es la cena de la fundación del miércoles. Es menor, pero asistirán Engel y posiblemente Kraus. Se celebra en una sala anexa del edificio de conferencias. Catering externo.
Pedro levantó la cabeza.
—¿Mañana?
—Sí.
—¿Y me lo dices ahora?
—Acabo de confirmarlo.
—¿Podemos entrar?
—No como invitados.
—Eso nunca ha detenido a nadie con botas adecuadas.
—Las botas no generan acreditación.
—Pero generan actitud.
—La actitud no abre puertas.
—Depende de la puerta.
Le mostré la página de proveedores. Catering temporal. Personal de apoyo. Barra portátil. Turno de tarde.
Pedro se quedó callado y luego emitió una risa baja.
—No.
—Sí.
—No vas a vestirte de camarero.
—No he dicho camarero. He dicho personal de apoyo.
—Leon, tú no puedes ser personal de apoyo. Tú pareces el señor que audita al personal de apoyo por respirar mal.
—Puedo aprender una secuencia de servicio si se me proporciona uniforme, distribución del espacio y lista de tareas.
Pedro se llevó la mano a la boca. Durante un instante pensé que estaba reprimiendo una objeción. Después comprendí que estaba reprimiendo una carcajada.
—Te vas a poner una camisa negra.
—¿Por qué negra?
—Porque todos los camareros de eventos llevan camisa negra para parecer discretos y acabar sudando como culpables.
—La sudoración puede controlarse parcialmente con tejido adecuado.
—No, esto tengo que verlo.
—No lo hago para entretenimiento.
—Eso dices tú.
Se levantó y empezó a recoger el plano. Esta vez lo dobló con más cuidado, aunque las líneas no coincidieron exactamente. Me contuve. La corrección del plegado no era prioritaria. El evento de mañana sí.
—Necesito saber si puedes conseguir uniforme —dije.
—Puedo.
—Sin robarlo.
—Qué decepción.
—Pedro.
Era la primera vez que usaba su nombre solo en una advertencia. Lo noté al decirlo. Él también.
—Vale —dijo—. Sin robarlo. Tengo un amigo que cubre eventos. Le pediré ropa. No preguntará si le pago en turnos.
—¿Talla?
Pedro me recorrió con la mirada, de hombros a cintura y de cintura a zapatos. La evaluación duró poco. Objetivamente poco. Subjetivamente no.
—Grande. Ajustada en hombros. No te pongas nada brillante o parecerás un portero de discoteca que resuelve ecuaciones diferenciales.
—No tengo ropa brillante.
—Lo suponía con dolor.
Guardé la matriz en la carpeta verde oscuro y añadí una etiqueta: EVENTO ALUMNI MEDICINA — INFILTRACIÓN 1.
El término infiltración era preciso, aunque generaba una elevación ligera de adrenalina.
No por ilegalidad. Por novedad. Por Pedro mirando la etiqueta como si le pareciera absurda y exacta al mismo tiempo.
—Mañana a las 17:00 —dije—. Llegaremos con treinta minutos de antelación.
—Llegarás tú con treinta minutos de antelación. Yo llegaré con vida.
—Necesito que llegues puntual.
—Necesitas muchas cosas.
—Esta es relevante.
Pedro dejó de bromear.
—Estaré.
La promesa fue breve. No exagerada. Eso aumentó su credibilidad.
Recogió la taza y la llevó a la bandeja sin que se lo pidiera. La colocó mal, pero cerca. Después tomó la servilleta con el dibujo de la barra y, al ver que ya la había archivado, levantó una ceja.
—Colaboración científica complementaria de carácter privado —dije.
—¿Qué?
—Es la clasificación de esta interacción.
Pedro me miró como si acabara de confirmar una sospecha muy antigua sobre mí.
—No, Schneider. Esto se llama meterse en un lío.
—Tu clasificación es menos específica.
—La tuya es menos honesta.
No supe responder. O, más exactamente, no supe responder sin examinar la posibilidad de que tuviera razón.
Pedro se puso la cazadora. El cuero crujió. El Melqart volvió a quedar parcialmente oculto. En la puerta, se detuvo.
—Mañana, profesor. Te quiero detrás de la barra y sin denunciarte a ti mismo antes de empezar.
—No suelo denunciarme.
—Mejor.
Abrió, salió y, antes de que se lo recordara, cerró hasta oír el clic.
El despacho quedó en silencio.
No era el mismo silencio anterior. Había marcas: el círculo del colgante en la servilleta archivada, la taza usada, el mapa doblado de forma imperfecta dentro de la carpeta verde, una ruta hacia una sala de eventos donde yo tendría que vestir un uniforme ajeno y manipular vasos abandonados por médicos que quizá habían conocido a Sandra Beck.
Escribí en la libreta:
“Interacción con Pedro Montoya: colaboración científica complementaria de carácter privado. Eficiencia alta. Riesgo moderado. Atención sostenida del colaborador: útil.”
La palabra “útil” no bastaba.
La taché.
Escribí:
“Necesaria para la operación.”
Tampoco bastaba.
Cerré la libreta antes de seguir degradando el análisis.