EL PLAN M (M DE MARIDO) II El diseño del filtro #3
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II El diseño del filtro #3

—Gracias a Dios. ¿Está en el segundo?

—En compatibilidad psicobiológica.

—Eso es el equivalente científico de esconder un cadáver en el sótano.

—No hay cadáver.

—Hay un cuerpo masculino sometido a evaluación.

—Todos los cuerpos son evaluados en procesos de emparejamiento, aunque la mayoría de las personas finja que no lo hace.

Emma abrió la boca y luego la cerró. Ese fenómeno era infrecuente y por tanto digno de registro.

Anna pasó varias páginas.

—El bloque de salud sexual es responsable —dijo—. Directo, pero responsable. Hablar de pruebas, consentimiento, acuerdos. Me parece necesario.

Emma recuperó el cuestionario.

—¿Trece páginas y aun así crees que un hombre va a querer acostarse contigo?

—El objetivo primario no es acostarse. Es identificar compatibilidad para matrimonio.

—Eso no mejora la pregunta.

La palabra “matrimonio” alteró algo en el comedor.

No había objetos asociados al matrimonio en mi apartamento.

Ni fotografías de parejas, ni invitaciones antiguas, ni platos decorativos heredados, ni nada que sugiriera una vida compartida sostenida.

El comedor tenía tres sillas porque las cenas con Emma y Anna exigían tres sillas.

Antes tenía dos. Antes de eso, durante un periodo difícil de datar con exactitud porque preferí no conservar registros, había usado una sola silla y una mesa más pequeña.

Nicole dijo una vez, al ver mi apartamento anterior, que una casa con una sola silla no era una casa sino una estación de tránsito con pretensiones.

Luego me regaló una segunda silla. La tapicería era verde.

No combinaba con nada. La conservé hasta que una pata se rompió y el cálculo de reparación superó el coste de sustitución.

La tiré un jueves. No recuerdo el año, aunque debería.

—Leon —dijo Anna.

Había dejado de comer.

—Estoy escuchando.

—Has apretado el papel.

Miré mi mano derecha. Sostenía la esquina de mi copia del cuestionario con demasiada presión. El folio presentaba una arruga diagonal. La alisé con el pulgar.

—La celulosa tolera deformaciones menores.

Emma suspiró.

—No es la celulosa lo que preocupa.

—Entonces la frase era imprecisa.

Anna deslizó su copia hacia mí. Para hacerlo, se inclinó sobre la mesa. Su manga rozó el borde de mi plato, pero no lo tocó. Al señalar una pregunta del Bloque E, sus dedos quedaron cerca de los míos. Hubo un contacto breve: piel contra piel, lateral del índice.

No retiré la mano.

Lo registré después, no durante. Durante, solo noté la temperatura.

Cálida, estable, no invasiva. Anna no presionó, no ocupó, no reclamó reacción.

El contacto se produjo porque el espacio era limitado y ambos examinábamos el mismo texto.

Su cuerpo no exigía que yo reorganizara el mío.

Esa diferencia era notable. Emma tocaba como quien subraya propiedad.

Anna tocaba como quien deja una puerta abierta sin empujar.

—Aquí —dijo Anna—. “Puedo decir ‘te echo de menos’ sin sentir que pierdo poder”. Es una buena pregunta.

—Mide disponibilidad emocional.

—También mide vergüenza.

—La vergüenza es relevante.

—Sí. Pero quizá no deberías formular todo como si la persona estuviera compareciendo ante una comisión.

—Una comisión bien diseñada evita errores.

—Una relación no es una oposición, Leon.

Emma levantó el vaso.

—Aunque algunos matrimonios se parezcan bastante.

Anna no la miró. Esa ausencia de mirada fue más informativa que una discusión.

—La pregunta puede quedarse —dijo Anna—. Pero necesitarás aceptar que alguien compatible puede fallar algunas respuestas por miedo, no por incapacidad.

—El miedo también afecta la convivencia.

—Sí. Pero no siempre excluye. A veces pide tiempo.

La palabra tiempo atravesó el comedor con una precisión desagradable.

Tiempo. Esperas. Retrasos. Años. Gente que se va.

Gente que no vuelve. Hombres que escriben “mejor lo dejamos aquí” después de tres cenas y ningún dato procesable.

Familias que toleran tu presencia si no corriges las palabras, si no preguntas demasiado, si no recuerdas que antes había una silla verde.

Emma pasó la página con violencia suficiente para levantar aire.

—Y aquí está mi favorita. “No fumo. No bebo. Llevo una alimentación sana e intento consumir alimentos biológicos”. Leon, esto no es un marido. Es una cabra de los Alpes con seguro privado.

—Los alimentos biológicos reducen exposición a ciertos residuos.

—La impuntualidad, el tabaco, la comida, el alcohol… Es una purga moral disfrazada de salud.

—No es moral. Es optimización de convivencia.

—Es patriarcado con Excel.

—No uso Excel para el cuestionario. Uso una base de datos.

Anna se cubrió la boca con la servilleta. Emma golpeó la mesa con el cuestionario, no con fuerza suficiente para dañar los platos.

—Me desesperas.

—Eso no invalida el instrumento.

—No. Pero quizá explica por qué necesitas uno.

La frase no fue más fuerte que las anteriores.

De hecho, Emma la pronunció con un tono casi ligero.

Sin embargo, produjo un efecto distinto.

No una herida abierta. Más bien la confirmación de una variable que yo ya conocía y que, precisamente por conocida, no necesitaba ser dicha delante de arroz basmati y verduras verdes.

Sostuve el folio con más firmeza.

Esta vez fui consciente.

—La necesidad de un instrumento deriva de la ineficiencia de los métodos convencionales —dije—. No de una deficiencia individual.

Anna miró a Emma.

—Emma.

Emma bajó la vista al plato. Durante dos segundos pareció cansada, no victoriosa. Después recuperó su expresión habitual.

—Vale. Reformulo. Quizá el instrumento necesita no castigar a quien no entiende tu sistema antes de conocerte.

—Si no entiende el sistema, la convivencia será difícil.

—Si el sistema no deja entrar a nadie, no habrá convivencia.

Esa objeción era lógicamente más sólida que sus ataques anteriores.

El temporizador de cocina emitió un pitido.

Había programado una alarma para retirar el té de jengibre destinado al final de la cena. Me levanté. La pausa era útil. En la cocina, el vapor empañó brevemente las gafas. Las retiré, las limpié con el paño de microfibra y respiré tres veces. No por emoción. Para recuperar visibilidad.

En el comedor, Emma y Anna hablaban en voz baja.

No distinguí las palabras. Distinguí los tonos: Emma rápida, Anna baja, Emma defensiva, Anna firme.

Volví con la tetera.

Las tres copias del cuestionario seguían abiertas sobre la mesa. La mía tenía una arruga. La de Emma, una mancha mínima de salsa. La de Anna, varias anotaciones a lápiz.

El instrumento sobrevivía, pero ya no era estéril.

Eso quizá formaba parte del ensayo.

El té de jengibre estuvo listo a las 20:31.

La cena, en términos nutricionales, había sido satisfactoria.

La evaluación del cuestionario, en términos metodológicos, había sido parcialmente productiva y emocionalmente ineficiente.

Emma había marcado diecisiete preguntas con signos de exclamación, lo cual no constituía un sistema de revisión aceptable.

Anna había realizado veintidós anotaciones a lápiz, once de ellas relacionadas con tono, seis con secuencia, tres con matices clínicos y dos con posibles sesgos de interpretación.

Sus anotaciones eran legibles. Las de Emma parecían haber sido hechas durante una evacuación.

Serví el té en tres tazas blancas idénticas. Emma miró la suya como si contuviera una propuesta moral.

—¿No tienes café?

—Después de las 16:00 no sirvo café.

—Son las ocho y media.

—Precisamente.

—Leon, hay personas que duermen después de beber café.

—También hay personas que sobreviven a caídas desde grandes alturas. No es una recomendación.

Anna aceptó la taza con ambas manos. El vapor le empañó ligeramente las gafas de lectura, que se había puesto para revisar el bloque de apego.

No hizo ningún comentario sobre la temperatura.

Eso confirmó que los diecinueve grados del comedor, combinados con líquido caliente, resultaban adecuados para ella.

Emma, en cambio, empujó la taza dos centímetros hacia el centro de la mesa y regresó al cuestionario.

—No puedo con esto —dijo.

—No has especificado el referente de “esto”.

—Todo. Las trece páginas. El marido como plaza funcionarial. La salud sexual redactada como consentimiento informado para una colonoscopia. La puntualidad convertida en prueba de virtud. La comida biológica. El no fumar. El no beber. El no llegar tarde. El no existir de forma mínimamente humana.

—Los humanos pueden no fumar, no beber y llegar a tiempo.

—Los humanos también pueden decepcionarte.

La frase produjo una pausa.

No por su contenido. El contenido era empíricamente verificable.

Todos los humanos decepcionan a otros humanos con una frecuencia variable según expectativas, contexto y habilidades ejecutivas.

La pausa se produjo porque Emma, que acostumbraba a disparar frases como proyectiles, había dicho aquello con una precisión menos teatral.

Anna la miró.

Emma miró el teléfono.

El teléfono vibró antes de que yo pudiera responder.

Era un sonido seco, doble. Emma lo cogió con una rapidez que indicaba prioridad alta, aunque muchas personas aplican prioridad alta a estímulos triviales si proceden de una pantalla.

Leyó el mensaje. Su rostro cambió de configuración: primero irritación, luego interés, luego una expresión de cálculo que yo había observado en reuniones de departamento justo antes de que alguien recibiera una tarea no remunerada.

—Mierda —dijo.

—¿Ha ocurrido algo grave? —preguntó Anna.

—Depende de la definición de grave.

—Define grave —dije.

Emma ya estaba levantándose.

—Problema con una doctoranda. Nada que no pueda esperar, pero si espera se convierte en correo con copia al decanato, y si hay copia al decanato mañana tendré que explicar por qué no respondí esta noche. Es decir: me voy.