El Piso 68 (DC Jake Tanner 17) Epílogo
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Epílogo

I nstalado en un apartamento de un dormitorio a pocos kilómetros del aeropuerto de Stansted, Moshat Hakim salió de la ducha dejando la puerta abierta. El vapor trepaba por el espejo del baño. Se dirigió al salón. Mientras se secaba con la toalla que le habían dado, entró Rachael.

—¿Qué tal la ducha?

—Bien —respondió Moshat, sentándose en el sofá—. Creo que por fin le estoy pillando el truco.

—Ya era hora. Solo has tardado cinco meses. —Ella sonrió. Su dentadura blanca y perfecta parecía iluminar el resto de su rostro.

Moshat sonrió con sorna. —Ahora que he descubierto cómo funciona, es hora de irme. Supongo que era lo único que me retenía aquí.

Rachael dejó caer su bolso y el impermeable al suelo, sacudió el paraguas para quitarle los finos copos de nieve que habían estado cayendo fuera las últimas noches y lo colgó de la puerta más cercana.

Se acercó a él, se sentó a horcajadas sobre sus piernas y dijo: —¿Ah, sí?

Quizá tenga que darte otro motivo para quedarte.

Su cuerpo se sentía frío contra la piel de él, recién calentada. Apoyó sus caderas sobre las de él, le rodeó el cuello con los brazos y lo besó. Con fuerza. Con pasión. Él le devolvió el beso. Con la misma fuerza. Con la misma pasión, ignorando la sensación de escalofrío que le recorría la espalda.

Se le puso el pene erecto. Rachael le arrancó la toalla, se desvistió de cintura para abajo y lo montó en el sofá. Moshat se vio invadido por una energía pura, un placer puro, un deseo visceral de arrancarle la ropa y pasar el resto de la noche en sus brazos.

Se movieron por todo el apartamento. Primero el salón. Luego la cocina. El dormitorio. Y, finalmente, el despacho, encima del escritorio.

Fue lo máximo que había aguantado en su corta relación. Y pensó que era un final apropiado.

Cuando hubo terminado dentro de ella, Moshat se limpió y se vistió mientras Rachael se duchaba. Cuando ella terminó, se reunió con él en el sofá.

—¿Qué tal el trabajo? —preguntó él mientras ella se sentaba a su lado, apoyando la cabeza bajo su brazo.

Llevaba unos pantalones cortos de nailon para dormir que se le subían cada vez que se inclinaba.

Cuando las manos de él bajaron por su cuerpo, ella dio un respingo, fue hacia su bolso y sacó algo de su interior.

Era minúsculo, más pequeño que una uña. Lo sostuvo en el aire.

Moshat lo reconoció como un dispositivo de grabación.

—He encontrado esto hoy. Estaba limpiando el despacho y lo he visto en la parte inferior de uno de los escritorios.

—Parece que la Navidad se me ha adelantado. ¿Crees que lo puso Tanner?

Rachael asintió.

Arrebatándoselo de las manos, él dijo: —No habrás dicho nada sobre mí en la oficina, ¿verdad?

—No, no seas tonto. ¿De verdad crees que sería tan estúpida? Nadie más sabe de ti.

—¿Y ahora? ¿Sigue funcionando?

—Claro que no. En cuanto lo he encontrado, lo he destruido. Míralo: lo he sumergido en agua y le he quitado el chip de dentro.

Moshat negó con la cabeza. —No me gusta esto.

—No pasa nada. De verdad. ¿Es que no confías en mí? Te prometo que ya no funciona. —Le miró a los ojos—. Palabra de honor.

—No es eso —dijo Moshat—. Significa que se está volviendo más suspicaz. Más táctico.

—¿Crees que va a volver?

—No parará hasta que me encuentre. Tengo que salir de aquí. Ya es demasiado peligroso para mí tal como están las cosas. No he salido de casa en meses. Me estoy volviendo loco.

—Lo sé —dijo ella, llevando la mano al pecho de él y acariciándolo—. Me alegro tanto de haberte recogido aquella noche. Estabas hecho un desastre. ¿Y sabes qué es lo peor?

—¿El qué?

—Que deberías haberme asustado, pero no fue así.

—Bueno, con suerte la próxima vez serás tú la que pegue todos los sustos.

—¿Has sabido algo de The Denizen?

—Me ha enviado un correo electrónico esta mañana.

—¿Y?

—Todo está listo. Ha conseguido localizar a los hombres, el equipo y el dinero.

—¿Necesita más? Ya te dije que no es un problema. Le enviaré algo de lo de mi padre. No notará que falta.

—No —dijo Moshat—. Todavía no. Acabo de configurar la cuenta. No queremos depositar demasiado de golpe o la SO15 sospechará. Deja que salga del país primero y luego lo organizaremos todo.

—¿Cuándo será eso?

—Pronto, Rachael. Pronto. —Moshat miró hacia el televisor, ajeno a lo que echaban—. Jake Tanner no sabrá ni por dónde le han venido los golpes.