El Piso 68 (DC Jake Tanner 17) Capítulo 81
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Capítulo 81

C iara echó a correr por el andén. Había oído a los agentes armados bajar por las escaleras mecánicas y decidió dejar al hombre en el suelo. Había un terrorista al que quería capturar.

Al llegar a la altura de Jake y Frances, vio a Charlie Paxman plantado en mitad de las vías.

Mil pensamientos le cruzaron la mente a toda velocidad.

Pero entonces se decidió por uno. No iba a permitir que Charlie Paxman eligiera la salida fácil.

No iba a dejar que un tren lo atropellara.

Necesitaba cerrar el ciclo, vengar la muerte de Rik.

Por culpa de Charlie, su futuro hijo nunca tendría la oportunidad de conocer a su padre.

El tren estaba a unos doscientos metros, moviéndose a velocidad reducida, pero con cada segundo que pasaba, la distancia se acortaba inexorablemente.

Calculó que tenía menos de treinta segundos para detenerlo.

Lanzándose hacia delante sobre las puntas de los pies, alargó la mano hacia el bolsillo trasero de Jake Tanner, agarró la pistola que asomaba por él y saltó a la vía. Sentía el cuerpo como si funcionara en piloto automático. Ignoró los gritos que venían tras ella.

Tenía que hacerlo. En ese momento, ella era la que tenía el arma. Y estaba furiosa.

—¡Ciara! ¿Qué estás haciendo? —oyó decir a Jake—. ¡Suelta el arma!

Ella lo ignoró. Una sonrisa se dibujó en el rostro de Paxman.

—¿Esa es mía? —preguntó él—. ¿La misma pistola que falló hace unas horas, después de que le disparara a como-se-llame? —Metió la mano en el bolsillo de sus vaqueros y sacó la tarjeta llave que le había robado al guardia de seguridad anteriormente—. Ah, sí, aquí está. Rik.

—¡No te atrevas a decir su nombre! —gritó Ciara, con el cuerpo temblando de odio—. Él era mi... Era mi... ¡Iba a ser el padre de mi hijo, pedazo de cabrón! ¡Tú... tú lo asesinaste! —Las lágrimas asomaron a sus ojos mientras escupía una boca llena de sangre mezclada con saliva a las vías.

—Mejor —dijo Charlie—. Disfruté haciéndolo. Lo haría todo de nuevo si tuviera la oportunidad. Él es el responsable de traer otra maldita célula cancerígena a este puto planeta. Y a ti te mataría si tuviera la ocasión.

En un estado de ciega rabia y venganza, Ciara apretó el gatillo.

No ocurrió nada. El mundo se quedó en silencio. Lo único que podía oír era el sonido de su propia respiración y el eco ensordecedor del percutor del arma golpeando en el vacío.

Charlie Paxman le dedicó una mueca de satisfacción. Esa misma sonrisa de suficiencia que ella había visto en las grabaciones del CCTV.

Había tenido suficiente. Tirando el arma al suelo, le agarró por la camisa y tiró de él.

Él desenlazó los brazos de su espalda, la empujó y la lanzó hacia atrás.

Ella cayó sobre la línea del tren, se golpeó la cabeza contra el ladrillo del andén y aterrizó sobre los codos.

Levantó la vista; Paxman estaba saliendo corriendo en dirección contraria, alejándose del tren.

Ignorando el dolor, se puso en pie y, usando todas sus fuerzas, corrió tras él.

—¡Ciara! —gritó Jake. Ella lo oyó y lo vio esprintar a su lado por la izquierda, al otro lado de la mampara de cristal.

Ciara se lanzó y placó a Charlie contra el suelo.

Cayeron en un montón sobre las vías. El cuerpo de él amortiguó la caída y ella se encaramó encima.

Miró hacia atrás. Las luces brillantes del tren se hacían más grandes con cada segundo que pasaba.

Y fue entonces cuando se dio cuenta de que el SCO19 había llegado.

Un agente, revestido de Kevlar, con el rostro y el cuerpo ocultos a la vista, había saltado a la vía por el mismo acceso que ella.

Corría por las vías, con el arma en la mano balanceándose de lado a lado.

—¡Levantaos! —gritó—. ¡Atrás!

Un golpe en el cristal junto a ella la distrajo. Se estaba desorientando con tantos estímulos por todos lados. Al otro lado del cristal estaban Jake y el resto de los agentes armados. Uno de ellos sostenía una barra de metal en las manos e intentaba forzar la puerta más cercana.

—¡Vamos! —la voz del agente resonó por todo el túnel.

El agente armado que corría hacia Ciara llegó y puso a Paxman en pie.

Charlie se retorcía en el abrazo del hombre, intentando zafarse.

La mirada de Ciara saltaba de izquierda a derecha: a la puerta, luego al tren, de nuevo a la puerta.

Estaba cerca ya. Calculó unos seis metros.

Si no abrían la puerta de inmediato, todos iban a...

La puerta se abrió y Ciara sintió que gritaba de alivio por dentro.

El agente armado estaba frente a ella, todavía sujetando a Charlie.

Cerró los brazos alrededor de la cintura de Charlie, se agachó y lo izó sobre el borde del andén.

El resto del SCO19, al otro lado de la mampara, puso al terrorista a buen recaudo.

El tiempo se agotaba.

—¡Rápido! —dijo el agente, tendiéndole la mano a Ciara.

Ella la tomó, adelantó el pie derecho y entonces tropezó.

Se torció el tobillo con una piedra suelta bajo sus pies.

El agente la sujetó mientras caía, pero era demasiado tarde.

Había desperdiciado su única oportunidad de sobrevivir.

Nunca llegó a ver el muro blanco y negro golpeándola, arrollándola, matándola.

El rostro del detective Jake Tanner fue lo último que vio en su vida.