Capítulo 78
E normes ráfagas de aire golpearon a Charlie en el rostro al entrar en la estación de London Bridge.
Un silencio inquietante flotaba por toda la estación de forma intermitente.
Parecía una escena de una película de la Guerra Fría.
O de Chernóbil. La desolación. El aislamiento.
La soledad. La desesperación de saber que nadie vendría a salvarte.
Aquello le produjo escalofríos. Pero también le entusiasmó.
Estaba muy cerca de terminar su misión y poner en marcha el resultado de incontables horas de trabajo.
Aunque eso significara que no podría matar a Benjamin y Marianne.
Quizá fuera bueno que estuvieran vivos. Ahora podrían ver los efectos de su virus de primera mano.
Ahora podrían darse cuenta de lo formidable que era como genetista.
De darle el reconocimiento que tanto le debían.
Charlie caminaba con un empleado de Transport for London.
El hombre había sido apostado a la entrada de la estación, canalizando a la gente a través de los tornos y hacia las vías del tren.
Le explicó que lo habían reclutado debido a su amplio conocimiento de la red.
Al parecer, escoltar a la gente por el metro era la forma más rápida de poner a salvo a la población en otra estación fuera del perímetro del ataque.
Pero a Charlie no le importaba. Tenía otras cosas en mente.
—Las líneas con corriente se han desconectado —dijo el hombre—, pero tenemos que darnos prisa. Están empezando a conectar algunas de nuevo para reducir el atasco de trenes parados en los túneles. Hay tantos que tienen dificultades para llevarlos a la estación más cercana.
Charlie gruñó en señal de asentimiento, aunque solo prestaba atención a medias. El resto de sus pensamientos se concentraba en lo que iba a hacer a continuación: cómo iba a deshacerse de aquel hombre.
Entonces lo tuvo.
Se detuvo bruscamente y se inclinó para atarse el cordón del zapato. El empleado de TfL se detuvo y se quedó junto a él.
—Mire esto —dijo Charlie, señalando un punto vacío en el suelo.
—¿Qué es? —preguntó el hombre, agachándose.
En cuanto el hombre se puso a la altura de Charlie, este le propinó un gancho a la garganta, aturdiéndolo, y arrojó su cuerpo hacia el pasillo que llevaba al andén en dirección este.
Charlie registró los bolsillos del hombre caído en busca de una tarjeta de seguridad.
Un segundo después la encontró, le dio una patada en las costillas y en el estómago y salió corriendo hacia el andén este.
Estaba vacío y en silencio, salvo por el sonido de su respiración agitada.
Miró de un lado a otro del andén. Carteles y trozos de basura ensuciaban las paredes y el suelo.
Charlie se dirigió hacia las puertas de seguridad de cristal del borde del andén.
Pasó la tarjeta por el escáner de la parte superior de las puertas.
Se abrieron sin problemas y él miró a través de ellas.
Hasta el momento, aquella había sido la parte más fácil de toda la operación.
Miró las vías debajo de él. Recordando lo que el hombre acababa de decirle, saltó.
El metro era el patio de recreo de Charlie e iba a aprovecharlo al máximo.
Charlie trotó con precaución por las vías, con cuidado de no tropezar.
Al cabo de un rato, se detuvo para recuperar el aliento.
El pecho le subía y bajaba con fuerza. Tosió y escupió el líquido negro y rojo sobre sus manos. Se le acababa el tiempo.
El día de hoy no podía ser un fracaso. Su madre solía decirle que él lo era.
Que nunca debería haber existido y que nada de lo que hiciera llegaría a nada jamás.
Ella abusaba de él, lo ridiculizaba, lo castigaba.
Lo acosaba, lo mataba de hambre, abusaba sexualmente de él.
Le pegaba por las cosas más insignificantes.
Por estar vivo. Sus padres sentían que aquello estaba justificado porque Charlie había sido un accidente, una mancha en sus vidas. Y se lo recordaban a diario.
Ahora que ambos estaban muertos, él podía vivir libremente y les demostraría que no era un fracaso. Se lo demostraría a todo el mundo.
Charlie empezó a caminar de nuevo, con el viento azotando los túneles y silbándole en los oídos.
Apenas podía oír el sonido de sus pies tropezando con las piedras del suelo.
Miró hacia atrás. No había nadie. Su pulso se aceleró con la adrenalina.
Se la había jugado al límite con el oficial junto a la ambulancia: quedarse allí tanto rato, dar el nombre falso... Por poco le cuesta todo el plan.
Unos metros más y Charlie se detuvo ante una puerta curvada empotrada en lo profundo de las paredes del túnel. El símbolo de un rayo le devolvió la mirada. Debajo estaban escritas las siglas «AC».
Charlie sintió un hormigueo en la piel y se le erizaron los vellos de la nuca.
Era esto.
La etapa final.
Agarró el pomo y lo empujó hacia abajo. La puerta no se movió. Retrocedió unos pasos, dobló la rodilla, se estabilizó y le dio una patada a la puerta. Las viejas bisagras cedieron y la puerta se abrió de golpe, golpeó la pared interior y rebotó hacia el marco.
Un zumbido monótono y fuerte emanaba de la habitación.
Charlie entró y recibió el impacto de una ráfaga de aire caliente.
Estaba dentro de una de las muchas unidades de aire acondicionado del metro que suministraban a la red oxígeno circulante desde el exterior.
Estaba dentro de la sala que propagaría el virus vector a través del aire a un ritmo sin precedentes, llegando a millones de personas en cuestión de horas, alterando sus vidas y el rostro de la humanidad molécula a molécula.
La máquina dominaba la estancia. Era más ancha que la cama individual de Charlie, medía más del doble de su altura y era tan larga como el pasillo de su piso.
Charlie caminó hacia el lado largo de la unidad de aire acondicionado y pasó las manos por el metal, sintiendo las ranuras de la carcasa bajo sus dedos.
Una serie de tubos, cada uno del tamaño de un balón de fútbol de diámetro y cubiertos de un material que parecía papel de aluminio, sobresalían de la parte superior y desaparecían en el techo.
Charlie examinó la máquina buscando un punto donde apoyarse.
Encontró uno. Sacando el vial de cristal del bolsillo y manteniéndolo en sus manos donde estuviera seguro, Charlie trepó hasta la parte superior de la unidad.
Cuando apartó el tubo de papel de aluminio, una ráfaga de aire le golpeó la cara con tal fuerza que estuvo a punto de derribarlo al suelo.
Se puso a horcajadas sobre la máquina. El aire seguía soplando a través del enorme agujero de la parte superior.
Charlie sostuvo el vial en sus manos. Lo miró. Rememoró.
Curiosamente, se sentía triste. Triste por tener que dejarlo atrás. Una parte de él quería guardarlo como recuerdo, el único en su especie. Pero otra parte, más grande, quería utilizarlo, dejar que fluyera por el sistema de aire acondicionado del metro, infectando a todo el mundo en el planeta.
Charlie desenroscó la tapa. Con la mano derecha agarró el tubo de papel de aluminio y lo acercó al agujero, de modo que quedara a solo un par de centímetros del vial.
Con la izquierda, Charlie abrió la tapa del vial, lo mantuvo sobre el agujero, respiró lentamente, se despidió y luego vertió el líquido en el interior.
El aire caliente que salía de la máquina lo impulsó hacia arriba y parte del contenido se derramó por el lateral.
En cuestión de minutos, la temperatura de la unidad de refrigeración convertiría el líquido en vapor, que llenaría el aire y luego los pulmones de cada ser humano en la Tierra.
Tardaría unas semanas en surtir todo su efecto por todo el globo, pero Charlie estaba dispuesto a esperar.
Un segundo en el gran esquema del tiempo y la historia.
Las generaciones futuras le agradecerían sus esfuerzos, aunque la población actual no lo hiciera.
Charlie exhaló con fuerza. Volvió a colocar el sello de papel de aluminio alrededor del agujero, asegurándose de que quedara bien pegado.
Se echó hacia atrás. Se relajó. Ya estaba hecho.
Años de preparación. Años calculando la logística, los equilibrios químicos durante sus turnos en la OMS. Años de odio hacia su madre y su padre fermentando en el fondo de su mente como los líquidos en su laboratorio casero.
Todo terminado, así de simple.
Se quedó allí tumbado unos minutos, con la columna vertebral y las costillas amoldándose a la forma de la unidad de aire acondicionado. En su mente, todo iba bien en el mundo. Se sentía eufórico. Radiante. Nada iba a impedirle disfrutar de aquel subidón.
Ni siquiera Jake Tanner podría joder esto.