El Piso 68 (DC Jake Tanner 17) Capítulo 53
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Capítulo 53

A Frances se le formó un nudo en la garganta que le dio ganas de vomitar. En todos sus años de experiencia, nunca se había topado con una amenaza tan devastadora y aterradora como esta. Dejó el teléfono sobre el escritorio; le temblaban las manos de miedo.

—¿Qué pasa? —preguntó Martin Ball, poniéndole una mano en el brazo. Ella sintió frío.

Frances abrió la boca, pero las palabras no salían. Tenía la lengua seca y la mente le bullía con pensamientos, miedos y preocupaciones. Alargó la mano hacia un vaso de agua que había sobre la mesa y bebió.

—Era Mamadou —dijo Frances, dejando el vaso en su sitio y esforzándose por encontrar fuerzas para pronunciar aquellas palabras—. La situación acaba de empeorar mucho. Uno de los Trojans ha muerto en el piso de Charlie Paxman.

—¿Muerto? —resonó en la sala.

Frances asintió.

—¿Cómo? —preguntó la ministra del Interior.

—El virus. La plaga de Charlie Paxman. —Frances hizo una pausa, notando que recuperaba la fuerza en la voz—.

El virus ha sido convertido en arma. Uno de los Trojans se desplomó y empezó a toser.

Estaba muerto antes de que pasara un minuto.

Si no contenemos esto... ni siquiera quiero pensar en las consecuencias.

Quiero decir, si ya ha matado a una persona que ha estado expuesta, ¿quién sabe a cuántas más puede matar?

¿Quién sabe el alcance de lo que tenemos entre manos?

—Yo puedo decírselo.

Antes de que nadie pudiera responder, llamaron a la puerta abierta. Un hombre que llevaba unas gafas gruesas con una cadena al cuello asomó la cabeza en la sala.

—Ah, espléndido. Ya está aquí —dijo la ministra del Interior, poniéndose en pie—.

Este es el profesor Grisham, del Instituto Earlham.

Mi equipo le ha pedido que realice pruebas sobre los posibles resultados del brote.

Consiguieron una muestra del apartamento de Paxman cuando llegó la científica.

Por favor, Louis, siéntese. Debo recordarle que lo que se diga aquí no saldrá de estas cuatro paredes.

—Oh, sí. Queda claro, ministra, se lo aseguro. —Louis se sentó al lado de Frances, ocupando el asiento vacío de Simon. Ella hizo una mueca cuando el olor corporal de él le asaltó la nariz.

—¿Cómo han ido sus investigaciones?

—¡Fantástico! Mi equipo y yo hemos descubierto muchísimo. Ha sido bastante sorprendente lo rápido que hemos obtenido resultados.

Frances suspiró profundamente—. Bueno, deje de parlotear y vaya al grano.

—Se han confirmado sus sospechas de que se trataba de un virus. Analizamos la estructura del patrón de ADN hallado en la muestra del piso de Paxman, y los resultados son alarmantes...

—No necesitamos saber lo bien que cree que ha hecho su trabajo. ¿Qué impacto va a tener? —interrumpió Frances.

Louis se aclaró la garganta antes de continuar—. Bueno, si el virus se propaga, dejará estéril a dos tercios de la población mundial. Ya no podrán reproducirse y, por tanto, millones de linajes familiares se extinguirán.

Un momento de silencio cayó sobre la sala. Todos se miraron entre sí. Nadie sabía qué decir, y nadie quería ser el primero en hablar. Se enfrentaban a algo sin precedentes, algo que ninguno de ellos había visto en su carrera. Y con toda probabilidad, era algo que no volverían a ver jamás.

—¿Cuáles son las características definitorias de los genes que se verán afectados? —preguntó la ministra del Interior, devolviendo la atención de todos al presente.

Encogiéndose de hombros, Louis dijo: —Es difícil de decir.

Debo mencionar que Paxman alardeó una vez ante algunos de mis colegas sobre algo parecido a esto en una conferencia local de genética hace un par de años.

No mencionó un virus, fíjense, pero dijo que algún día crearía algo que favorecería a los seres humanos más inteligentes para la supuesta mejora de la sociedad.

Por algunas de las complejidades que estamos viendo en el diseño de este virus, parece que podría haber intentado, e incluso conseguido, hacer precisamente eso.

Otra oleada de silencio descendió sobre ellos. Todos se miraron unos a otros, conscientes de lo que significaban aquellas palabras pero temerosos de pedir una aclaración.

Frances se arriesgó—. ¿Qué está diciendo? ¿Que esto es una especie de genocidio intelectual en el que solo sobreviven los más inteligentes?

—Como he dicho, es difícil tener la certeza.

—¿Y qué hay de la militarización del virus? —intervino la primera ministra, con los ojos muy abiertos por la curiosidad—. ¿Cómo es posible? ¿Y cómo nos afectará a nosotros ?

A Frances no le gustó cuánto énfasis puso la primera ministra en esa última palabra. Era como si solo mirara por sí misma mientras el resto del mundo sufría.

Malditos políticos, pensó Frances para sus adentros.

—Primera ministra —empezó Louis—, si se puede crear una enfermedad que cambie la faz del planeta humano, casi con toda seguridad se puede manipular para servir a un propósito más siniestro.

Mi equipo y yo hemos hecho algunas extrapolaciones sencillas en el poco tiempo que hemos tenido las muestras en nuestro poder y, según nuestras investigaciones iniciales, no parece que la intención del virus sea matar.

La posible muerte es un efecto secundario, como el dolor que se siente cada vez que te golpeas un moratón.

Tampoco parece haber una característica definitoria sobre a quién mata el virus.

Mi equipo cree que se adhiere a un código particular de nuestro ADN, y eso es lo que destruye al huésped.

Es completamente aleatorio. Y pilla a las víctimas totalmente desprevenidas.

Sin embargo, según nuestros datos y experimentos, creemos que al menos cincuenta millones de personas en todo el mundo correrán la misma suerte que el agente en el piso de Paxman. Es solo cuestión de quién y cuándo.

—¿Cincuenta millones? —se oyó un eco en la sala.

—Eso es la mayor matanza masiva de la historia de la humanidad. Es casi la población entera de este país —dijo Glen Strachan, golpeando la mesa con los puños—. Hay que detener a este hombre.