Capítulo 42
E l restaurante Oblix enmudeció. El rostro de Elizabeth se había desencajado al oír el nombre de su familia.
¿Cómo sabía Charlie quién era Jake? ¿Quién era Maisie?
¿Y Ellie? ¿Se trataba de otro pariente de Moshat o de Adil Hakim?
¿O era otro superviviente del incendio de la torre Detson en busca de venganza? No lo sabía.
—Démela —dijo Elizabeth, tendiendo la mano.
Maisie estaba de pie a un lado de las piernas de Charlie, como una rehén.
Él se la había arrebatado a Elizabeth en cuanto los hubo identificado a todos.
Desde entonces, Charlie la había estado atendiendo, asegurándose de que estuviera bien.
Le dio un vaso de agua y algunos aperitivos de detrás de la barra.
Todo lo que él hacía inquietaba a Elizabeth. Detestaba no estar al lado de Maisie.
—Me temo que no, Elizabeth. No voy a hacerle daño, no se preocupe.
Podría resultarme valiosa. Aún tiene a la pequeña con usted.
Y yo no querría lastimar a una niña tan preciosa y adorable como esta, ¿verdad?
—Charlie dobló las rodillas, acarició la cara de Maisie y sonrió.
Mirando a Elizabeth, añadió—. No ha respondido a mi pregunta anterior.
—¿Cuál era? —preguntó Elizabeth.
—Le he preguntado por qué estaba embarazada. ¿No tiene suficiente con dos hijos? ¿No ha malgastado ya bastantes recursos del planeta con su existencia y la de sus hijos?
Elizabeth no respondió. No porque tuviera miedo o fingiera un acto de rebeldía, sino porque no sabía qué decir.
Ni siquiera se había planteado el impacto que su bebé tendría en el medio ambiente.
Y, de todos modos, ¿por qué habría de importarle?
No le afectaba a ella, ni afectaría a su hijo nonato.
Había ingresos suficientes para alimentar a los que pronto serían cinco y, si no los hubiera, Jake y Elizabeth sopesarían sus opciones.
Habían hablado de la posibilidad de que Elizabeth volviera a un trabajo asalariado, con el que pudiera ganar lo suficiente para compensar la llegada del recién nacido, y luego, una vez que gozaran de mayor estabilidad financiera, podría retomar su trabajo como fotógrafa autónoma.
—Elizabeth —dijo Charlie, pillándola por sorpresa—. Le estoy hablando.
—No —dijo ella por instinto.
—¿No? ¿No cree que tener otro bebé sea un problema?
—¿Debería creerlo?
Charlie vaciló un instante.
—¿Fueron planeados?
—Sí. Y no.
—¿Siente que son el mayor error que ha cometido en su vida? ¿Los mira cada día y lamenta que existan? ¿Desearía poder dar marcha atrás en el tiempo y matarlos mientras estaban en el útero?
Elizabeth clavó la vista en sus hijas. —Por favor, me está asustando. Las quiero.
—Este país —y el resto de la población— está sumido en la pobreza, la desnutrición y la depravación.
Los ricos siguen siendo ricos mientras los pobres siguen siendo pobres, y luego simplemente se les deja morir sin un Servicio Nacional de Salud que pueda permitirse cuidarlos.
Dígame, Elizabeth Jane Tanner, ¿cuánto significan sus hijos para usted?
Elizabeth se quedó en silencio. ¿Era una pregunta con trampa? ¿Iba a obligarla a elegir entre Maisie o Ellie?
—Son todo mi mundo —dijo finalmente.
—¿Los quiere más de lo que quiere a su heroico marido?
—Es un tipo de amor diferente, algo que supongo que usted no entendería. —Elizabeth se removió inquieta en el suelo. Le dolían la espalda y el abdomen. El bebé percibía su angustia, y sintió una oleada de miedo y arrepentimiento tras su último comentario.
—¿Perdone? —dijo Charlie—. Yo conocí el amor una vez.
—Se giró hacia Marianne—. Pero me lo arrebataron.
Y nunca llegué a plantearme tener hijos.
No los quiero. He vivido lo suficiente para saber que ellos no son el futuro; lo soy yo.
Se han vuelto demasiado lerdos, demasiado poco inteligentes para cambiar este mundo.
He visto dónde han fallado nuestros sistemas educativos y el resto de las instituciones de todo el planeta.
Por eso nos corresponde a nosotros marcar esa diferencia, proteger a nuestra especie del peligro. Por eso me corresponde a mí .
—¿Y cómo piensa hacer eso? —preguntó Elizabeth. El resto del restaurante estaba sumido en un silencio profundo.
Charlie sonrió de oreja a oreja, mostrando sus dientes manchados de amarillo.
—Me alegra que lo pregunte.
Se agachó, metió la mano en su bolsa de deporte, que estaba a un par de metros detrás de él, y sacó algo. Un tubo de vidrio verde con una especie de líquido transparente en su interior.
—Voy a cambiar el mundo con esto.
—¿Qué es? —El interés de Elizabeth se había despertado.
—Esto, mi querida Elizabeth, y el resto de vosotros —especialmente los de la Organización Mundial de la Salud —, es un virus, un virus diseñado genéticamente que tiene la capacidad de alterar las cadenas genéticas del ADN humano.
El rostro de Charlie resplandecía. Se le veía orgulloso de sí mismo. Demasiado orgulloso. Resultaba evidente que se habían dedicado meses, si no años, a la fabricación del virus, y ahora estaba allí, listo para mostrarlo al mundo.
—¿Así que usted lo creó? —preguntó una voz. Elizabeth la reconoció como la de Benjamin Weiss, la misma que había oído menospreciar a Charlie al principio de la comida.
Charlie asintió hacia el científico. —Sí.
Incluso sin su ayuda. Todos me desanimasteis, dijisteis que no se podía hacer, que no sería posible hasta dentro de al menos otros diez, cincuenta o cien años.
Pues bien, miradlo ahora. Solo me ha llevado unos meses.
—Charlie alzó el objeto en el aire y lo sacudió. El contenido se agitó en su interior.
—¿Cómo puede estar seguro de que funciona? —preguntó Benjamin.
—Porque soy científico. Uno mucho mejor que usted, eso desde luego. Lo he probado en mí mismo.
—¿Y?
—Concluyente. Funciona. ¿De verdad cree que estaría haciendo esto hoy si no funcionara? ¿De verdad cree que todo esto ha sido una coincidencia? Que estemos juntos de nuevo después de tanto tiempo. Le dije que no me detendría ante nada para triunfar, ¿no es cierto?
Elizabeth se aclaró la garganta y levantó la mano. —¿Triunfar en qué?
La cabeza de Charlie se giró bruscamente hacia ella, y Elizabeth sintió miedo. Su mirada era implacable, sus ojos hundidos le taladraban el alma. —No pararé hasta que el virus vector haya sido liberado.
Elizabeth volvió a levantar la mano. —Perdone mi ignorancia, pero ¿qué es un virus vector? ¿Qué hace este en concreto?
Charlie abrió la boca para hablar, pero fue interrumpido por una voz suave al lado de Benjamin.
—Es un virus que se transmite por el aire —dijo Marianne. Hablaba con calma y suavidad, con una voz que exigía la atención de toda la sala—. Una vez que está en el aire, casi nada puede detenerlo. Puede propagarse de forma exponencial y poblar la Tierra entera en cuestión de días.
—Exacto —repitió Charlie. Agitó el vial frente a su cara—.
Y este detendrá el rápido crecimiento de la población de forma indefinida.
Verá, Benjamin y yo comenzamos este proceso al mismo tiempo, juntos.
Nos graduamos en las mismas clases, con las mismas notas, en la misma universidad, y ambos encontramos el mismo trabajo como subdirectores de Enfermedades No Transmisibles y Salud Mental en la OMS. Éramos iguales.
Excepto por una cosa vital. Juntos estudiamos la composición genética de los animales y del cuerpo humano, y cómo ajustar los nucleótidos para mejorar los procedimientos médicos y la curación.
Juntos fuimos responsables de alterar vuestro ADN para que pudierais vencer al cáncer, eliminar el SIDA, volveros inmunes a la malaria o incluso a la peste bubónica.
—Charlie hizo una pausa para dar dramatismo.
Tenía la atención de toda la sala. Tragó saliva antes de continuar—.
Pero yo fui un paso más allá. Experimenté con la recalibración genética, algo que nadie había intentado jamás. Y fue un éxito.
»Hay siete mil millones de personas en este planeta.
Mil millones. No millones. Es inconcebible.
Comparad esta cifra con la de hace apenas doscientos años: la cifra era de mil millones.
Doscientos años antes de eso: quinientos millones.
Desde el siglo XIX, la población humana ha crecido exponencialmente, y sigue haciéndolo.
La mayoría de vosotros ya lo sabéis, pero no es algo en lo que os molestéis en pensar.
»Y cada día nacen más y más personas en la pobreza y la depravación, hasta el punto de que no hay sopa suficiente para alimentar a todos los que están a la mesa.
Solo hay un número limitado de animales en este planeta.
Solo hay una cantidad limitada de oxígeno que podemos consumir antes de asfixiarnos con nuestro propio dióxido de carbono.
Una cantidad finita de recursos naturales antes de que los agotemos todos.
Por no mencionar que solo hay un espacio limitado que podemos ocupar antes de amontonarnos unos sobre otros y matarnos a todos.
Veréis, en cuanto seamos demasiados en este planeta, estallarán guerras y se producirán brotes de violencia extrema en nuestras calles.
Quiero decir, mirad lo cerca que estamos ya de una guerra nuclear.
Simplemente nos da demasiado miedo apretar el gatillo ahora mismo.
Algo en nuestros cerebros está empezando a cambiar hacia el instinto primario de supervivencia, una falta de empatía mutua.
Pero ¿y si el crecimiento de la población se detuviera? ¿Y si se viera truncado?
»¿Y si pudiera diseñar genéticamente un virus, una enfermedad o una plaga que alterara el ADN de todos los habitantes del planeta de modo que algunos se volvieran estériles mientras que otros conservaran su capacidad reproductiva?
El virus se adheriría a una cadena concreta en el ADN de un tercio de la población actual, de modo que aproximadamente 2,5 mil millones de personas pudieran reproducirse y mantener la humanidad.
En cuanto al resto de los cinco mil millones de personas del planeta, no ocurrirá nada.
Irán muriendo por causas naturales, y puede que haya algunos que se vuelvan susceptibles a efectos secundarios más graves y potencialmente mortales.
Pero esas cifras se cuentan por millones.
Nada comparado con lo que podría ser. —Charlie tosió y se limpió las manos en los pantalones—.
Seguro que gente como Benjamin trabajará para prolongar la vida de forma extensiva, pero no servirá de nada. No será rival para mi virus.
»Nuestro número en este planeta es demasiado elevado.
Creo que es egoísta procrear tantos hijos hoy en día.
Se ha glorificado el tener familias de cuatro, cinco o seis miembros y vivir del Estado, cuando no se tiene ni un ápice de consideración por el efecto que esto tendrá en el planeta.
Más bocas equivalen a menos comida. Es solo cuestión de tiempo que todos apretemos ese gran botón rojo sobre nosotros mismos, ya sea de forma inadvertida o con intención.
Nadie dijo que pudiera hacerse. Y ahora, hoy, seréis los primeros en experimentar toda la ira de mi creación.