Capítulo 35
Mamadou llamó a la puerta del despacho de la subcomisaria en la quinta planta de Scotland Yard.
Se abrió dos segundos después. Ante él estaba la segunda al mando de Operaciones Especiales dentro del Servicio de Policía Metropolitana.
Ella tenía más poder en el dedo meñique que él en todo su cuerpo.
Era su superior, y durante los últimos veintidós años que habían estado trabajando juntos —aunque en diferentes cargos—, siempre habían mantenido una relación estrictamente profesional.
Ambos trabajaban como mulas y le habían vendido su alma al cuerpo.
—Mamadou. —Frances asintió y se hizo a un lado para dejarle entrar.
—Frances. —Mamadou se sentó. En las manos sostenía sus dos teléfonos móviles.
—Espero que esto sea rápido —dijo Frances, sentándose frente a él, al otro lado del escritorio—. ¿Cuál es el problema?
—Me preocupa Tanner. Creo que corre peligro.
—¿De sí mismo?
¿Qué? —No. —Mamadou negó con la cabeza—. Ayer me dijo que iba a The Shard. Debería seguir allí, pero me ha llamado al teléfono del trabajo...
—¿Y...?
Mamadou puso el teléfono dañado sobre la mesa. —No ha dicho nada, pero se oían ruidos. Gritos. Alaridos.
La subcomisaria vaciló. —¿Tal vez le ha dado al botón de llamada sin querer con el móvil en el bolsillo?
—Eso no explica los gritos.
—No lo sé. Quizá sea la gente que está con él; a lo mejor tiene miedo a las alturas.
O estaban disfrutando de un buen chiste y simplemente hacían mucho ruido.
Estoy segura de que hay una explicación perfectamente lógica.
—Frances miró fijamente a Mamadou, con ojos implacables, con el desdén patente en su expresión.
—No, Frances. No es eso. Aquí ocurre algo mucho más siniestro. Tenemos que averiguar qué es...
—Mamadou, estoy ocupada. No tengo tiempo para especulaciones.
—Disparos.
—¿Perdona?
—He oído disparos. Cuando llevas tanto tiempo en el servicio como nosotros, aprendes cómo suenan todos. Creo que era el sonido de un AK-47 —dijo Mamadou.
—¿Hablas en serio? —preguntó Frances, con el ceño fruncido—. ¡Me cuesta creer que alguien haya sido capaz de asaltar el rascacielos con una ametralladora sin ser detectado! The Shard tiene uno de los niveles de seguridad más altos del país.
Evidentemente, no.
—¿Qué es lo que quieres que haga? —preguntó Frances—. ¿No deberías estar hablando con Simon?
Mamadou se quedó en silencio. —Preferiría no hacerlo.
Negando con la cabeza, Frances dijo: —Por el amor de Dios, Mamadou. Tenéis que dejar a un lado vuestras diferencias personales.
—No prometo nada.
Frances miró su ordenador, pulsó un par de botones y dijo: —Tengo una reunión en diez minutos. Iré contigo a hablar con Simon —está trabajando ahora mismo—, pero si la charla se alarga más allá de eso, te las apañarás solo.
Mamadou asintió. —Gracias.
Frances se levantó de la silla y se deslizó hacia la puerta en silencio.
Se dirigieron a la planta catorce de New Scotland Yard, al segundo hogar de Mamadou.
El despacho de Simon estaba en la esquina del extremo izquierdo de la sala, el más cercano a la cafetería.
Frances entró sin llamar. Simon estaba ocupado tecleando en su ordenador.
—Señora —dijo Simon, sobresaltado—. ¿Va todo bien?
—No del todo. Mamadou está preocupado por la seguridad del detective Tanner. Cree que algo está pasando en The Shard.
—¿Qué clase de cosa? ¿Un concierto? ¿Un musical? —Simon lanzó una mirada fulminante a Mamadou, y este se la devolvió con la misma malevolencia.
—No. Un atentado terrorista.
Simon aguzó el oído. —Explícate.
Mamadou repitió lo que le había contado a Frances.
—¿Estás dispuesto a considerar esto, Simon? Tengo una reunión con el ministro del Interior a la que debo asistir.
—¿Qué? Ah, sí. Vamos, pongamos al equipo con ello.
—Simon se levantó de la silla, apartó a Mamadou de un empujón y se dirigió al centro neurálgico de la sala de operaciones.
La luz fluorescente del panel de televisores proyectaba una sombra oscura sobre su cuerpo—.
¿Puedo tener la atención de todo el mundo, por favor?
Creemos que podríamos tener una situación con Tanner.
Simon repitió lo que Mamadou le había dicho.
—Quiero que el equipo rojo confirme la validez de esta afirmación.
Mirad si se ha informado de algo al 999.
Hablad con la centralita temporal de abajo y preguntad por el distrito.
Ese será el primer punto de contacto. Si está ocurriendo algo ahí arriba, alguien en ese edificio debe haber llamado para avisar.
Si eso no funciona, quiero que el equipo verde solicite las grabaciones de las cámaras de seguridad de The Shard y los alrededores.
De esa forma podremos determinar con precisión cuál es la amenaza.
En cuanto uno de vosotros tenga algo, avisadme.
Al instante, todo el mundo se ocultó tras sus pantallas y se puso manos a la obra. Frances consultó su reloj, miró a Mamadou, asintió y volvió hacia su despacho. Mamadou se dirigía hacia la zona de la cocina cuando oyó que alguien le llamaba.
Era Simon.
A regañadientes, Mamadou se detuvo a mitad de camino. —¿Qué?
—Una palabra. En mi despacho. —Simon volvió a pasar a su lado dándole un empujón con el hombro y dejó la puerta de su despacho abierta para que Mamadou le siguiera.
—¿Qué quieres? —preguntó Mamadou, dejando la puerta abierta. No pensaba pasar en aquella habitación ni un segundo más de lo necesario.
—Quiero hablar de las hazañas de Jake.
Mamadou tragó saliva con fuerza, sintió su laringe subir y bajar en la garganta y echó los hombros hacia atrás.
—¿Qué hazañas?
—Sé lo de su pequeña aventura el otro día.
—¿Qué aventura?
—No te hagas el tonto conmigo.
—No lo hago.
—Sí lo haces.
—No sé de qué me estás hablando. ¿Qué hizo?
—Obtuvo una orden judicial para registrar las instalaciones de Reliance Autos.
—¿Ah, sí? No me parece propio de Jake.
—Tal vez porque no es propio de él, sea la excusa perfecta. La tapadera ideal. La oportunidad perfecta para salirse con la suya.
Mamadou asintió. —La última vez que lo comprobé no había nada malo en obtener una orden judicial. Supongo que la tramitó a través de los diversos canales.
Simon dio un puñetazo sobre la mesa. —Mamadou, joder, tómatelo en serio. Esto es un asunto muy grave. Tanto él como tú deberíais estar preocupados por lo que va a pasar a continuación.
—¿Y eso qué es?
—Si considero que ha habido alguna irregularidad ilegal, lo más probable es que el departamento de asuntos internos inicie una investigación. Quizá la Comisión Independiente de Quejas a la Policía si la cosa escala hasta ese punto. Espero que entiendas que esto es un gran problema, Mamadou.
—¿Tienes alguna prueba? —preguntó Mamadou, sabiendo perfectamente que Simon no las tenía; después de que Mamadou se hubiera reunido con Jake, había encontrado la grabación telefónica de la conversación de Jake y Lucy y la había borrado de los registros.
Simon ignoró la pregunta y siguió adelante. —Podría dañar seriamente la reputación de Jake, la tuya, la mía... la de todos. ¿Es que no te importa? Es un miembro de tu equipo y afrontarás las consecuencias de tu inacción tanto como él.
Mamadou se inclinó hacia delante, apoyando las palmas de las manos en la mesa. —¿Afrontaste tú las consecuencias de tus actos?
—¿Perdona? —dijo Simon, desconcertado.
Mamadou se repitió.
—Mira... lo que pasó con Lori fue un error. Nunca debí hacer lo que hice. Vivirá conmigo el resto de mi vida. Pero no puedes culparme para siempre. Ella fue la que decidió que ya no te quería.
—No sin tu ayuda.
—Yo solo aceleré su decisión. Solo soy responsable de su recaída, de nada más. Además, eso es un asunto personal, y esto es el trabajo. Tienes que olvidarlo. Fue hace dieciocho meses.
—¿Cómo voy a hacerlo? Lo que hiciste vive conmigo cada día.
Cada vez que veo tu cara, quiero destrozarla.
Cada vez que pienso en ella, pienso en ti.
Las imágenes que tengo grabadas en la mente al encontrarla así en la cama, casi con una sobredosis así en mi propia casa, me perseguirán siempre.
¿Y qué has hecho tú al respecto? ¿Qué te ha pasado a ti?
Nada. Así que no me hables, joder, de afrontar las consecuencias de mis actos.
Tú nunca afrontaste los tuyos. Sigues teniendo tu puesto cómodo, tu sueldo cómodo, tu maldita y cómoda mujer e hijos en casa. Y yo no tengo nada. Nunca te perdonaré.
—No te pido que lo hagas. Te pido que actúes profesionalmente.
Mamadou soltó una carcajada. Al principio empezó suave, pero luego, a medida que lo encontraba más y más divertido, su volumen se amplificó por toda la sala. —Maldito hipócrita. Creo que tendrías que aplicarte el cuento.
—¿De qué estás hablando?
—¿Sabe tu mujer que estás aquí en tu día libre?
El semblante de Simon decayó. Su cuerpo se tensó. —Sí, ¿por qué?
—¿Qué motivo le has dado?
—No veo cómo puede ser de tu incumbencia.
—Hago que sea de mi incumbencia, Simon. Responde a mi pregunta.
—Le dije que había cosas que necesitaban hacerse.
—Entonces, ¿es seguro suponer que no conoce la verdadera razón por la que estás aquí cuando no te toca trabajar?
—¿De qué verdadera razón hablas? —La voz de Simon se suavizó. Se removió en su silla, obviamente sintiéndose más incómodo a cada segundo que pasaba.
—¿Cómo crees que se sentiría si se enterara? Y los niños también. Estarían destrozados, disgustados. Al saber que su papá era un drogadicto y un adúltero. Imagina lo avergonzados que se sentirían al saber que su papá estaba teniendo una aventura con alguien del trabajo.
—¿Qué? ¿Cómo? ¿Cómo? —Simon balbuceaba como un niño. Acababa de mostrar sus cartas y había perdido.
Durante las últimas semanas, Mamadou había notado que el subcomisario adjunto actuaba de forma sospechosa por la oficina.
Viniendo en sus días libres, desapareciendo al baño con frecuencia.
Al principio, pensó que Simon estaba pasando por problemas maritales en casa.
Discusiones, desacuerdos... todo eso. O eso, o tenía algún tipo de infección.
En un momento dado, Mamadou creyó que a Simon le habían echado de casa; pasó la noche en su despacho y se lavó en las duchas del gimnasio.
Pero entonces Mamadou descubrió la verdadera razón por la que Simon Ashdown pasaba tanto tiempo extra en el trabajo.
La inspectora jefa Ashley Rivers; una de las antiguas colegas de Jake de cuando trabajaba en el Departamento de Investigación Criminal.
Se había topado con ellos una tarde. Todos los demás en la oficina se habían ido por hoy y, al salir, Mamadou vio a Ashley y Simon entrar en los cubículos del baño de la planta catorce. Fue entonces cuando lo supo.
Mamadou le sonrió a Simon, no dijo nada y salió de la habitación. No necesitaba hacer ni decir nada más.
Si Simon sabía lo que le convenía, dejaría en paz las hazañas de Jake.