El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) CAPÍTULO 14 EL TESTIGO #4
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CAPÍTULO 14 EL TESTIGO #4

Ainara desdobló las hojas. El texto mecanografiado encabezaba con un titular demoledor: «Informe Confidencial: El uso instrumental de la Fiscalía Anticorrupción de Bizkaia para encubrir una trama transfronteriza de blanqueo de capitales vinculada a fondos fiduciarios del este de Europa» .

A lo largo de tres páginas apretadas, el documento manipulaba de forma perversa los datos objetivos de la causa: acusaba al juzgado de instrucción número cuatro de haber ejecutado un registro ilegal en Alameda Mazarredo para destruir pruebas que incriminaban a inspectores de la propia Hacienda Foral, presentaba a Kepa Arostegui como una víctima de persecución política por defender la foralidad tributaria frente a la centralización de Madrid y sugería que la OLAF de Bruselas operaba en Bilbao al margen de los convenios internacionales para desestabilizar el autogobierno económico vasco antes de la ratificación del Cupo.

—Mi director quiere abrir la portada de la edición digital a las cinco de la tarde —añadió Larrañaga, encendiendo un mechero de gas gastado sin llegar a prender el pitillo que sostenía entre los labios, consciente de la prohibición de fumar en el local—.

Tienen nombres de mercantiles, tienen cifras de transferencias a Chipre y tienen el señalamiento de que la fiscal Zubiaga está encubriendo una red de espionaje industrial.

Si yo no lo saco hoy, mañana por la mañana nos comen la tostada las cabeceras de Madrid con una portada a cinco columnas acusando al Concierto de ser una cloaca financiera protegida por el gobierno autonómico.

Dame algo, Ainara. Dame un desmentido formal o una orden judicial de secreto sumarial, porque si no me das nada, la rotativa se pone en marcha esta noche.

Ainara cerró el fajo de folios con un movimiento lento y seco. Apoyó los antebrazos sobre la mesa, se inclinó hacia el periodista hasta que solo medio palmo de aire separó sus rostros y le habló con una intensidad tan acerada que Larrañaga dejó el mechero inmóvil sobre el mármol:

—Si publicas una sola línea de ese panfleto intoxicado antes de cuarenta y ocho horas, Txiki, no solo estarás cometiendo un delito flagrante de revelación de secretos de sumario tipificado en el artículo cuatrocientos sesenta y seis del Código Penal, sino que te convertirás en el cooperador necesario del asesinato de una mujer inocente.

Larrañaga parpadeó. La socarronería cínica del curtido reportero de sucesos se desvaneció de golpe, dejando al descubierto la inquietud genuina de quien sabe leer el terror en los ojos de un fiscal:

—¿De qué me estás hablando, Ainara?

—Iñigo Barandiarán no murió de una cardiopatía coronaria en el Palacio Euskalduna —reveló Ainara en un susurro gélido, midiendo cada sílaba—.

Fue envenenado con catorce coma dos nanogramos por mililitro de digoxina pura introducida en su botella de agua mineral durante el descanso del concierto.

Y esta madrugada, a las seis y diez, dos sicarios profesionales armados con subfusiles checos provistos de silenciador han intentado reventar a tiros la puerta blindada de Miren Uriarte en la calle Telletxe de Algorta.

Si la inspectora sigue con vida en este momento es porque una patrulla de la Ertzaintza pasaba por la bocacalle y repelió el asalto a balazos.

El periodista permaneció inmóvil. El ruido de las cucharillas y el murmullo de las conversaciones del comedor nazarí parecieron desvanecerse en un vacío de plomo. Su mirada bajó hacia el dossier de fax y luego regresó al rostro de Ainara:

—¿Miren Uriarte? ¿La directora de inspección de Capuchinos?

—La misma. Hace dos horas ha prestado declaración formal como prueba preconstituida bajo el artículo setecientos setenta y siete de la LECrim en un piso franco de la policía.

Ha aportado los cuadernos manuscritos, las auditorías forales y los números de cuenta en Luxemburgo que demuestran que Kepa Arostegui y su socio Sylvain Deschamps han lavado más de trescientos millones de euros procedentes de la mafia rusa de Viktor Sorokin, utilizando las deducciones de I+D del Concierto Económico como una tapadera de ingeniería legal.

Ese fax que tienes entre las manos lo ha redactado el propio Arostegui para encender una cortina de humo mediática en Madrid, forzar a la Fiscalía General a apartarme del caso y ganar tiempo para liquidar a los testigos y purgar los servidores que tienen en Biarritz y Ginebra.

Si publicas ahora, alertarás a los cabecillas en Francia, la red internacional destruirá los fondos fiduciarios antes de que la orden europea de detención llegue a la Audiencia Nacional y Miren Uriarte no llegará viva al juicio oral.

Txiki Larrañaga tragó saliva. Se frotó la barbilla áspera con la palma de la mano, haciendo crujir la barba canosa de dos días.

El instinto depredador de la primicia periodística libraba una batalla salvaje en su interior contra el código deontológico no escrito que aún gobernaba a los viejos reporteros de la margen izquierda:

—Cuarenta y ocho horas, Ainara. Ni un minuto más.

Tengo a mi redactor jefe en el cogote y a las agencias oliendo la sangre.

Si pasado mañana a las diez de la mañana no hay detenidos en los juzgados de Bilbao o una orden internacional de captura dictada por Irazábal, este dossier va a primera página con mi firma o con la firma del becario de tribunales. Te guste o no te guste.

Ainara se puso en pie con una calma gélida. Tomó su bolso y miró al periodista con la gravedad de un pacto sagrado:

—Pasado mañana a las diez tendrás la exclusiva más grande que se ha publicado en este país desde la aprobación del Estatuto de Gernika, Txiki. Pero mantén cerrada esa boca hasta entonces. O el precio de tu titular lo pagaremos en el depósito de cadáveres.

♦ ♦ ♦

A ciento cuarenta kilómetros de Bilbao, la luz grisácea y salina de la costa atlántica inundaba los salones de la Suite Imperial del Hôtel du Palais de Biarritz, la legendaria residencia veraniega que Napoleón III mandara erigir a mediados del siglo diecinueve para la emperatriz Eugenia de Montijo sobre el promontorio que custodiaba la Grande Plage.

A través de los monumentales ventanales de guillotina enmarcados en cortinajes de seda carmesí, las olas embravecidas del golfo de Vizcaya rompían con una violencia sorda contra la escollera de piedra, levantando penachos de espuma blanca que el viento arrastraba hacia las terrazas decimonónicas del palacio.

En el interior de la estancia, bajo un techo de cinco metros de altura decorado con molduras de pan de oro, estucos de estilo Segundo Imperio y una chimenea de mármol de Carrara donde chisporroteaban dos leños de roble, el aire olía a cera de abeja, cuero inglés y la turba aromática de un whisky de malta añejo.

Kepa Arostegui permanecía de pie junto al ventanal central, con la silueta recortada contra el horizonte plomizo del mar.

A sus cincuenta y ocho años, el antiguo Diputado General de Bizkaia y señor indiscutido de las finanzas forales vestía un traje de lana cardada azul noche cortado a medida en Milán, chaleco a juego y una camisa blanca de cuello italiano sin corbata, abierta en el botón superior con esa elegancia despectiva de quien ha dejado de rendir cuentas a las convenciones de la plebe.

En su mano derecha sostenía un vaso bajo de cristal de Baccarat con dos dedos de malta de las Highlands sin hielo; con la izquierda, acariciaba la superficie pulida de un pisapapeles de bronce macizo con el escudo grabado del territorio histórico de Bizkaia.

A sus espaldas, sentado ante un escritorio ministerial de caoba de estilo Luis XVI, Sylvain Deschamps tecleaba con una furia espasmódica en el teclado de un ordenador portátil blindado conectado a dos terminales portátiles de Bloomberg y a una pasarela satelital Cobham de transmisión segura.

El banquero francés, socio director de Atalante Capital Partners en Luxemburgo, presentaba un aspecto deplorable que contrastaba con la fría compostura del patricio vasco: las mangas de su camisa de seda azul celeste estaban remangadas hasta los codos, el nudo de su corbata de seda colgaba torcido sobre el pecho y en su frente perlada de sudor frío se reflejaba la danza frenética de los gráficos de cotización y los flujos de compensación bancaria SWIFT.

— C'est une catastrophe totale, Kepa... une putain de folie!

—estalló Deschamps en un francés entrecortado y agudo, golpeando con la palma abierta el tapete de cuero del escritorio—.

Viktor Sorokin ha llamado tres veces desde Dubái en las últimas dos horas a través de la línea encriptada de Inmarsat.

Está fuera de sí. El asalto a la casa de la inspectora en Algorta ha sido una chapuza monumental.

Los dos idiotas de Marsella que contrató la red de Niza no solo no consiguieron silenciar a Miren Uriarte, sino que se tirotearon con una patrulla de la Ertzaintza y dejaron abandonada una furgoneta con matrículas falsas en el puerto deportivo de Getxo.

¡Sorokin dice que si la fiscalía vasca bloquea los fondos fiduciarios de Luxemburgo y Chipre a través de una orden de detención europea, mandará a sus propios operativos a Biarritz a cobrarse los ciento veinte millones en carne!

Arostegui no se inmutó. Giró lentamente sobre sus talones, llevó el vaso a los labios y saboreó la turba escocesa con un deleite ceremonioso antes de responder con una calma glacial que heló el histerismo del francés:

—Modere su vocabulario y baje la voz, Sylvain. Está usted en el Hôtel du Palais, no en una casa de apuestas clandestina de los suburbios de Marsella. Los gritos desentonan con la acústica de esta suite y solo demuestran que carece de la templanza necesaria para gobernar las crisis de Estado.