El peso del Cupo (Línea de Cupo 1) Cap12 Plan B #4
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Cap12 Plan B #4

—El memorando de Arostegui recupera punto por punto la doctrina jurídica de las Vacaciones Fiscales Vascas, pero la amplifica hasta convertirla en un misil termonuclear.

Arostegui sostiene en esta denuncia que las cuarenta y dos mercantiles ETVE y la deducción foral del setenta por ciento por I+D son exactamente lo mismo: una ayuda selectiva encubierta que ningún otro territorio de la Unión Europea puede otorgar, y que el índice de imputación del seis coma veinticuatro por ciento fijado en la Ley diez barra dos mil veintitrés del Cupo para el quinquenio dos mil veintidós a dos mil veintiséis es una ficción contable diseñada para que el Estado español subvencione de forma indirecta un paraíso fiscal opaco en el centro de Bilbao.

Bajo el Reglamento comunitario dos mil quince barra mil quinientos ochenta y nueve, la Comisión no necesita el visto bueno de los tribunales españoles para ordenar medidas cautelares; basta con que emita una orden preliminar de recuperación para que todo el tejido económico quede congelado.

Gorka Atxaga, que había permanecido escuchando con los brazos en jarras, apoyó las palmas sobre la mesa con pesadez:

—Traducción en cristiano, Mathieu, para los que no somos letrados de Luxemburgo. Si este legajo llega a los despachos de la Comisión Europea en Bruselas, ¿qué pasa mañana por la mañana?

—Pasa que la Dirección General de Competencia incoará de inmediato un expediente de investigación formal bajo el artículo ciento ocho punto dos del Tratado —contestó Mathieu sin titubear—.

Pasa que la Comisión exigirá a España la paralización cautelar de todas las deducciones del Impuesto sobre Sociedades en Euskadi.

Pasa que el Ministerio de Hacienda en Madrid, presionado por Bruselas y por las comunidades autónomas de régimen común que llevan cuarenta años acusando al Concierto de ser un privilegio insolidario, suspenderá de facto la liquidación anual del Cupo de mil cuatrocientos setenta y dos millones de euros brutos.

Y pasa que el Gobierno central tendrá la cobertura jurídica perfecta para intervenir las Haciendas Forales de Bizkaia, Gipuzkoa y Álava, despojando a este país del control soberano de su recaudación tributaria por primera vez desde mil novecientos ochenta y uno.

Un silencio opresivo, denso como el plomo fundido, cayó sobre la estancia.

—Ese es el Plan B de Kepa Arostegui —concluyó Mathieu—.

No pensaba defenderse en el juzgado de instrucción número cuatro de Bilbao demostrando su inocencia; sabía perfectamente que las transferencias a Chipre y el envenenamiento de Barandiarán lo conducirían derecho a la prisión de Basauri.

Su estrategia es la extorsión de Estado: o la Fiscalía archiva la querella penal por delito fiscal y blanqueo, o él entrega este expediente a sus enlaces en la Comisión Europea y hace arder el autogobierno económico vasco hasta los cimientos.

En ese instante preciso, el teléfono de seguridad de alta prioridad instalado en la pared de la sala comenzó a emitir un zumbido seco y estridente.

La luz roja del terminal fijo parpadeó con cadencia urgente, indicando una llamada interna entrante procedente de la línea directa de la Dirección de la Ertzaintza en Lakua.

Gorka descolgó el auricular, escuchó durante diez segundos con el ceño fruncido y extendió el teléfono hacia Ainara:

—Es el Viceconsejero de Hacienda del Gobierno Vasco. Quiere hablar contigo ahora mismo. Y por cómo grita, diría que se ha enterado de lo que tenemos sobre la mesa antes de que hayamos redactado el atestado.

Ainara tomó el auricular con una calma gélida, pulsando el botón de manos libres para que la conversación quedara audible en toda la sala:

—Fiscal Zubiaga al habla.

Al otro lado del altavoz, la voz de Iñaki Mendieta estalló con una histeria rota, jadeante, desprovista de cualquier compostura protocolaria. En el fondo se escuchaba el murmullo lejano de sirenas y televisores sintonizados en canales de noticias en los despachos de Vitoria-Gasteiz:

—¡Ainara! ¡Ainara, por el amor de Dios, escúchame con mucha atención antes de que cometáis una barbaridad irreversible!

—gritó el alto cargo de Lakua, con la respiración entrecortada por el pánico—.

Me acaban de confirmar desde la asesoría jurídica del bufete de Mazarredo que os habéis llevado de la caja fuerte la carpeta negra de Arostegui...

¡La carpeta del Plan B sobre Competencia de la Comisión Europea!

—El registro se ha practicado bajo mandamiento judicial firme del magistrado Irazábal y en presencia de la letrada de la administración de justicia, viceconsejero —respondió Ainara, con una voz cortante que heló el altavoz—.

La carpeta forma parte del cuerpo del delito en una causa penal por blanqueo agravado de capitales, fraude foral de más de ciento cuarenta millones y asesinato cualificado.

—¡Me importa un bledo el blanqueo y me importa un comino el mandamiento judicial, Ainara!

—bramó Mendieta, perdiendo por completo el control institucional—.

¡¿No te das cuenta de lo que tienes en las manos?

! ¡¿Eres consciente de lo que estás provocando?

! ¡Si ese informe de Arostegui se incorpora al sumario judicial ordinario, las partes personadas tendrán acceso a las copias!

¡En menos de doce horas ese dictamen estará filtrado a la prensa nacional en Madrid y sobre la mesa del comisario de Competencia en Bruselas!

¡¿Sabes lo que supondría que Europa abra un expediente de ayudas de Estado contra el Concierto ahora, la misma semana en que acabamos de conmemorar la renovación del Cupo? !

—Supone sentar en el banquillo a los criminales que han utilizado las leyes forales para saquear el país, Iñaki —replicó Ainara, con desprecio evidente.

—¡Supone el fin de Euskadi, insensata! —gritó Mendieta, con la voz quebrándose en un sollozo ahogado de pavor puro—.

¡Si la Comisión Europea interviene las Haciendas Forales, Madrid asumirá la recaudación de todos los impuestos en Bizkaia!

¡Tendremos que devolver miles de millones de euros de deducciones aplicadas a toda la industria vasca desde hace diez años!

¡Caerá la sanidad pública, caerán las escuelas y este país entrará en la ruina absoluta!

¡Exijo que entregues esa carpeta inmediatamente a la Consejería de Hacienda bajo secreto de Estado!

¡Exijo que la pongas en cuarentena procesal y que no menciones ni una sola palabra de su contenido en el auto de imputación!

¡Es una orden política de país, Ainara! ¡Una orden de país!

Mathieu dio un paso hacia el teléfono, se inclinó sobre el micrófono y habló con la frialdad implacable de la alta burocracia comunitaria:

—Buenas tardes, señor Viceconsejero. Le habla Mathieu Etcheverry, inspector senior de la Oficina Europea de Lucha contra el Fraude.

Le recuerdo que presionar a un fiscal anticorrupción para ocultar pruebas documentales de un homicidio y de un fraude tributario masivo constituye un delito de obstrucción a la justicia tipificado en el Código Penal español y una vulneración flagrante de los tratados de la Unión Europea.

La OLAF y el juzgado de instrucción número cuatro de Bilbao no reciben órdenes de su Consejería.

Y este expediente no se entrega a nadie; queda bajo custodia judicial fehaciente hasta la celebración del juicio oral.

Al otro lado de la línea, Mendieta emitió un jadeo ahogado, como si le hubieran asestado un golpe en el estómago:

—No sabéis lo que hacéis... Os vais a arrepentir de esto toda vuestra vida... Os vais a quedar solos... Muy solos...

Ainara pulsó con el pulgar la desconexión de la llamada. El pitido seco de la línea muerta resonó en la sala de Erandio.

Ainara permaneció con la mano sobre la base del teléfono durante varios segundos. Sus ojos verdes contemplaron la carpeta negra de tafilete abierta sobre la mesa, con el membrete foral manchado por las redes fiduciarias de Sorokin y Deschamps.

De pronto, con un movimiento seco y rotundo, descargó un golpe con los nudillos sobre el tablero de melamina que hizo temblar los vasos de plástico vacíos:

—Arostegui está dispuesto a quemar el país entero con tal de no pisar la cárcel de Basauri.

♦ ♦ ♦

Cerca de las diez de la noche, el aire sobre la ría del Nervión cortaba como una hoja de afeitar recién templada en las ferrerías del Duranguesado.

Una corriente gélida, cargada de salitre atlántico y olor a fango fluvial, ascendía desde la curva de Olabeaga y el canal de Deusto, barriendo los muelles desiertos con rachas intermitentes que hacían gemir las farolas decimonónicas del paseo.

A lo lejos, en la margen izquierda, el eco metálico de un convoy de mercancías deslizándose lentamente sobre los raíles de Zorroza rompía la soledad de la noche con un lamento industrial y lejano.

Ainara Zubiaga caminaba a paso rápido por el pavimento empapado del paseo de Uribitarte, huyendo del encierro de Erandio y del eco asfixiante de las llamadas de Lakua.

Llevaba el cuello del abrigo de paño subido hasta las orejas y las manos profundamente hundidas en los bolsillos para disimular el temblor involuntario que le recorría los dedos.

Cada respiración formaba una nube blanca de vaho que el viento dispersaba de inmediato hacia la superficie oscura del agua, donde las mareas vivas de febrero hacían oscilar los pontones flotantes con un crujido metálico y sordo.