CAPÍTULO 3 — EL HOMBRE DE LA FRONTERA
A las ocho en punto de la mañana, la lluvia de Bruselas no caía con la furia atlántica de las galernas del golfo de Bizkaia ni con la pesadez mineral del sirimiri que empapaba las colinas de Bilbao, sino como una neblina gélida, grisácea y obstinada que se pegaba a los parabrisas de los taxis y borraba los contornos de las sedes comunitarias en el barrio europeo.
Sobre el pavimento de adoquines húmedos de la Rue Joseph II, los funcionarios de la Comisión Europea avanzaban con impermeables oscuros y paraguas negros idénticos, con el paso apresurado de quien teme llegar tarde al registro biométrico de las nueve.
En la sexta planta del número treinta de la Rue Joseph II, un edificio de hormigón claro y cristal tintado que albergaba los cuarteles generales de la Oficina Europea de Lucha contra el Fraude —la OLAF—, Mathieu Etcheverry permanecía de pie junto a los ventanales de su despacho individual, sosteniendo una taza de café solo en la mano derecha.
Tenía cuarenta y dos años, el cabello negro ligeramente ondulado con un veteado de canas plateadas en las sienes y la complexión enjuta, fibrosa y resistente de quien corre maratones de montaña los domingos por los hayedos del monte Baigura.
Vestía con esa sobriedad austera y distinguida que caracterizaba a los egresados de la École Nationale d'Administration de Estrasburgo que habían renunciado a las moquetas mullidas de los ministerios de París para batirse en las trincheras del fraude fiscal internacional: un traje sastre de franela gris pizarra de dos botones, confeccionado por un sastre de Bayona, camisa blanca de popelín de cuello italiano sin corbata y zapatos de cordones de becerro negro, pulidos pero con las suelas marcadas por el asfalto.
Sobre la mesa de trabajo, un tablero de melamina blanca de dos metros de largo despejado de todo adorno personal, parpadeaba el cursor verde del terminal de alta seguridad conectado a la red cerrada Europol-Siena .
La puerta del despacho se abrió sin previo aviso.
Marc Delvaux, el jefe de la Unidad B.1 de Fraude Financiero Transfronterizo y Fondos Estructurales, entró en la estancia con una carpeta de plástico rojo bajo el brazo.
Era un valón de cincuenta y ocho años, con el pelo ralo y blanco, tirantes a rayas sobre una camisa azul pálido y esa mirada fatigada y escéptica de los hombres que llevan treinta años viendo cómo los ministros de finanzas de los veintisiete Estados miembros se estrechan las manos en el Berlaymont mientras sus tesorerías nacionales se desangran por las cloacas de la ingeniería fiscal.
—Mathieu —dijo Delvaux en francés, con ese acento belga seco que arrastraba las erres con desgana—.
Tenemos un problema grave en el frente sur.
El enlace de la policía federal en La Haya acaba de transferir una alerta roja de Europol hace veinte minutos.
Jan van der Berg, del Centro Europeo de Delitos Financieros, me ha llamado directamente al teléfono encriptado.
Mathieu no apartó los ojos de la llovizna que resbalaba por el cristal exterior. Bebió un sorbo de café antes de girarse despacio.
—Iñigo Barandiarán —dijo con voz neutra, un tono grave y contenido donde el francés impecable de la administración gala dejaba traslucir en la cadencia una sombra mineral, áspera y profunda que solo se aprendía en los valles vascoparlantes de Lapurdi y Baja Navarra.
Delvaux se detuvo a un metro de la mesa, apretando la carpeta roja contra el pecho.
—Lo encontraron anoche a las once y veinte en Bilbao.
En el interior del auditorio principal del Palacio Euskalduna.
Sentado en una butaca de platea, a oscuras.
Una asistolia fulminante, según el parte médico preliminar de los servicios de urgencia vascos de Osakidetza.
No hay traumatismos físicos externos, no hay heridas por arma blanca ni signos inmediatos de violencia mecánica.
El forense de guardia que acudió con la patrulla local habla de colapso cardiovascular no traumático sobrevenido por estrés crónico.
Mathieu dejó la taza sobre el escritorio con un chasquido sordo que resonó en el silencio del habitáculo.
—Barandiarán no tenía patologías cardíacas, Marc —rebatió con una frialdad matemática que cortó el aire—.
Tenía cincuenta y cuatro años, se entrenaba cuatro días por semana, corría pruebas de fondo y su electrocardiograma de esfuerzo de la mutua foral de octubre no mostraba la menor anomalía de conducción auriculoventricular. Y, sobre todo, tenía una cita conmigo.
El investigador de la OLAF dio dos pasos hacia el escritorio y pulsó una tecla del teclado blindado. En la pantalla del monitor apareció un registro de correspondencia electrónica cifrada mediante llaves asimétricas:
—Teníamos fijada la entrega material de los expedientes originales para este viernes a las veintiuna treinta horas en la recepción de este edificio.
Iba a salir de Bilbao en el vuelo de la tarde de Brussels Airlines aprovechando la acreditación de la comisión preparatoria del Cupo vasco.
Doce horas antes de subir al avión, aparece muerto en un teatro vacío que estaba cerrado al público desde las ocho de la tarde.
¿Y pretendes que me crea que su nodo sinusal se apagó por casualidad la víspera del viaje?
Delvaux suspiró con pesadez, se quitó las gafas de lectura y se frotó el puente de la nariz con dos dedos manchados de tinta de estilográfica.
—No importa lo que tú o yo creamos, Mathieu —repuso el belga en voz baja, aproximándose a la pantalla—.
Lo que importa es el marco procesal de esta casa.
El Estatuto de la OLAF, regulado por el Reglamento número 883/2013 del Parlamento Europeo y del Consejo, nos autoriza a abrir investigaciones administrativas en defensa de los intereses financieros de la Unión cuando existen sospechas fundadas que afecten a los recursos propios tradicionales, al IVA comunitario o a las subvenciones de los fondos estructurales.
Pero el régimen del Concierto Económico vasco es una competencia fiscal exclusiva amparada por la Disposición Adicional Primera de la Constitución española y por el Estatuto de Autonomía de Gernika.
Las tres Haciendas Forales recaudan todos los impuestos directos e indirectos en Bizkaia, Álava y Gipuzkoa y liquidan un saldo neto anual al Estado central mediante el Cupo.
Nosotros no tenemos jurisdicción tributaria sobre los tipos forales del Impuesto sobre Sociedades de Bizkaia salvo que la Dirección General de Competencia abra un procedimiento formal por ayudas de Estado incompatibles, como ocurrió en 2006 con las famosas «vacaciones fiscales vascas».
Y para eso se necesitan años de litigios en el Tribunal de Justicia de Luxemburgo, no un memorándum de un informante que acaba de ingresar en la morgue judicial de Bilbao.
Delvaux apoyó la mano sobre el ratón corporativo para cancelar la orden de apertura de caso que Mathieu mantenía en borrador en el gestor telemático de la OLAF.
—El Director General ha leído el télex de Europol esta mañana en su café con el gabinete de la Comisaria de Asuntos Económicos —continuó el jefe de unidad—.
La instrucción es taxativa: archivar la ficha técnica preliminar de la «OPERACIÓN CONCIERTO» por defunción sobrevenida de la fuente primaria.
Sin la presencia física de Barandiarán aquí, sin su firma manuscrita al pie de la denuncia formal y sin los originales foliados que iba a aportar, el asunto se convierte en un contencioso interno español.
Si la OLAF mete la nariz en Bilbao esta semana, la delegación española en el Consejo Europeo va a acusar a la Comisión de injerencia política en mitad de la negociación del Cupo quinquenal.
No podemos permitirnos ese incendio con Madrid en este momento presupuestario.
Antes de que Delvaux pudiera presionar el comando de borrado, la mano izquierda de Mathieu cayó sobre su muñeca con la firmeza implacable de una tenaza de herrero.
Delvaux se quedó inmóvil, sorprendido por la violencia estática del gesto.
—No toques esa tecla, Marc —dijo Mathieu con una voz tan baja y afilada que parecía rozar el acero—. Mira las tres últimas líneas del pre-informe que Barandiarán me envió el domingo por el canal seguro.
Mathieu liberó la muñeca de su superior y señaló con el dedo índice el párrafo central del documento telemático:
«La operativa no utiliza solo deducciones del Impuesto de Sociedades foral.
La estructura pivota sobre una red de seis sociedades instrumentales domiciliadas en el Ensanche de Bilbao que simulan exportaciones ficticias de bienes de equipo y servicios tecnológicos de alto valor a filiales en Róterdam, Limassol y Dubái.
Han solicitado devoluciones indebidas de IVA transfronterizo exento por importe acumulado de ciento veintidós millones de euros en los tres últimos ejercicios fiscales.
El fraude no es foral, Marc. El fraude muerde directamente la base de recursos propios del IVA de la Unión Europea regulada por el artículo 325 del Tratado de Funcionamiento de la UE. »
Delvaux leyó las cifras dos veces. Su mandíbula perdió tensión. La mirada del veterano funcionario belga se clavó en los dígitos que parpadeaban en el monitor como si contemplara una grieta abierta en el dique de contención de la Comisión.
—Ciento veintidós millones de euros de IVA comunitario —murmuró el belga, parpadeando con lentitud—.
Eso no es un desajuste contable provincial; eso es un carrusel de fraude transfronterizo de escala comunitaria de nivel uno.
Un esquema clásico de operador desaparecido, un Missing Trader Intra-Community fraud .