PROLOGO #2
– Venga, muévete –dice, dándole una palmada afectuosa en el hombro al viejo marinero– Si me quedo aquí diez minutos más, voy a acabar viendo a la Sirenuca bailando en el espigón.
Propongo el café de la plaza; yo invito a los cafés y a las copas de orujo, pero tú me vas a dar cada detalle de ese “Navío de los Ausentes”.
Me acabas de regalar la semilla de mi próxima novela.
Vamos a mezclar esa leyenda tuya con un poco de ficción, a ver si así el misterio se deja domar por el papel .
El aludido asiente en silencio, subiéndose el cuello de la chaqueta.
Mientras caminan apresurados hacia las luces amarillentas de los soportales de Castro Urdiales, su mente de escritor ya va trazando las líneas de su próximo guion.
Sabe que, aunque le ha dicho a su amigo que será “ficción”, hay algo en el tañido de esa campana que no se puede inventar.
“ La Marina ” es un refugio de madera crujiente, vapor de agua en los cristales y un aroma denso a café quemado y tabaco de liar.
Fuera, la lluvia golpea los cristales con la violencia de un látigo, pero dentro, los ahora amigos inseparables, ocupan una mesa de mármol en el rincón más apartado.
Dos tazas de café humeante y dos copas pequeñas con un orujo transparente, que brilla bajo la luz amarillenta del local, presiden la mesa.
Mirándolo fijamente, el escritor observa al lobo de mar.
El Cachalote parece haber rejuvenecido diez años al empezar a hablar, o quizá es que el peso de la historia lo ha transfigurado.
Tras un trago largo que hace que sus ojos se achiquen, el viejo apoya los codos en la mesa y baja la voz, obligándolo a inclinarse hacia delante.
– Escucha bien, porque esto no se lee en los libros de historia –comienza, con la mirada perdida en el fondo de su copa– La leyenda del Navío de los Ausentes no nació ayer.
Dicen los viejos de Castro que ese barco no tiene puerto porque fue construido con la madera de los ataúdes que el mar escupió tras el gran naufragio del siglo XVIII.
Hipnotizado por el ritmo de la voz del marinero, Álvaro deja el bolígrafo suspendido sobre el papel.
– Cuentan que es un navío de tres palos, negro como el fondo de una fosa.
Navega sin hacer ruido, ni siquiera cuando corta la ola más alta.
Pero lo que de verdad hiela la sangre es su tripulación.
Dicen que no hay nadie sobre cubierta, que el timón se mueve solo, guiado por una mano invisible que conoce cada roca de nuestra costa.
El Cachalote hace una pausa. Un trueno lejano retumba en el bar haciendo vibrar los platos con su sonido.
– Se ha transmitido de padres a hijos, casi como una advertencia.
Mi abuelo me juró que el barco solo se muestra a aquellos que están marcados por la mala suerte o por la muerte inminente.
Dice la leyenda que, si lo ves de cerca, puedes escuchar los nombres de los desaparecidos susurrados por el viento que sale de sus velas rotas.
No es un barco fantasma al uso... es un recaudador.
Aparece cada cincuenta años, siempre en una tarde de bruma como esta, para llevarse a un marinero de cada linaje de Castro.
Con un nudo en el estómago el escritor asiente mientras anota las palabras:
… Madera de ataúdes .... tripulación de ausentes ... el cobrador del mar...
– Mi hermano lo vio –continúa, y su voz tiembla por primera vez– Me dijo que el barco no proyectaba sombra sobre el agua, a pesar de la luz de la tarde.
Dijo que vio el nombre del navío escrito en la popa con letras que parecían arder bajo el mar.
Y esa misma noche, cuando el cielo estaba despejado y no soplaba ni una brisa, el Nuevo Amanecer simplemente se desvaneció frente a la punta de Cotolino.
Mirando a su interlocutor con una seriedad que no admite réplica, el Cachalote termina su orujo de un golpe.
– Esa es la leyenda. Algunos dicen que es una maldición, otros que es el equilibrio del mar. Pero tú, que quieres escribir tu novela... ten cuidado con lo que remueves. Hay historias que, una vez que se escriben, dejan de pertenecerte a ti para pertenecerle a él.
Álvaro cierra su libreta con un golpe seco.
El silencio en la mesa es absoluto, roto solo por el repiqueteo incesante de la lluvia contra el cristal.
Procesando la intensidad del relato mientras da un sorbo a su café, ya tibio, va asintiendo y asimilando cada palabra que oye.
Juguetea con el bolígrafo entre los dedos y mira a su amigo con curiosidad profesional.
– Es una historia potente. De las que se quedan grabadas –dice, volviendo a abrir la libreta por una página limpia– Escucha, se me acaba de ocurrir una cosa...
me gustaría que el protagonista de la novela tuviera un anclaje real.
¿Cómo se llamaba tu abuelo? Me parecería un buen homenaje usar su nombre para el marinero que desafía al navío en el libro.
Al fin y al cabo, es ficción, pero le daría alma.
José Luis, que estaba a punto de pedir otra ronda, se queda petrificado con la mano alzada. Su rostro se ha ensombrecido de una forma que el escritor no esperaba. Lentamente, baja la mano negando con la cabeza con una seriedad que hiela el ambiente más que la tormenta exterior.
– No, por favor, no lo hagas –le pide con una voz que es casi un ruego– Los que vivimos de las redes tenemos muchas supersticiones, ya lo sabes, y con algunas no se juega.
Poner su nombre en un papel, asociarlo a ese barco...
es como llamarlo desde el otro lado. Aunque sepas que no es real, aunque solo sean letras, mejor no invocar a lo desconocido.
Deja a los muertos tranquilos en su propia bruma .
Sorprendido por la contundencia de la respuesta, Álvaro se queda en silencio. Ve el rastro de un temor genuino en los ojos de su amigo y, de inmediato, siente una punzada de arrepentimiento. El ego del escritor ha chocado frontalmente con el código de honor del mar.
– Lo siento. No quería incomodarte –responde cerrando la libreta con suavidad– Tienes razón. No hace falta cruzar esa línea. Lo comprendo perfectamente.
El lobo de mar exhala un suspiro de alivio y asiente, recuperando un poco el color.
– Gracias, muchacho. Ponle el nombre que quieras, invéntatelo, cámbiale hasta el color de los ojos si hace falta. Pero al viejo... al viejo déjalo fuera de esto.
Con un gesto de respeto casi solemne, el escritor acepta en silencio, guardando su libreta.
Fuera, el tiempo ha terminado de estallar.
Ahora el viento golpea ahora con rachas que hacen temblar los pesados marcos de madera del café y la lluvia ha dejado de ser un repiqueteo convirtiéndose en un rugido constante sobre el asfalto.
– Va a estar gracioso esto –comenta Álvaro al echar un vistazo a la calle donde el agua ya corre en pequeños riachuelos hacia las alcantarillas– Hasta llegar al coche para volver a Santander nos vamos a empapar hasta los huesos, Selu. No nos va a servir ni el paraguas.
Se suben los cuellos de las chaquetas, ajustándose las gorras para salir del refugio que es “La Marina”.
El impacto es brutal; el aire frío les corta la respiración y en apenas unos segundos el agua les cala la ropa.
Corren bajo los soportales, refugiándose tramo a tramo, hasta llegar al vehículo que aguarda bajo una farola que parpadea por la humedad.
El limpiaparabrisas lucha a ritmo frenético contra el diluvio mientras los camiones levantan nubes de agua que ciegan por momentos, convirtiendo el viaje de vuelta por la A-8 en un ejercicio de paciencia.
José Luis mira por la ventanilla, perdido en sus pensamientos, mientras su amigo conduce en silencio, procesando cada palabra de la leyenda.
Al entrar en Santander, se desvía hacia el Barrio Pesquero.
Allí, entre los bloques de viviendas que huelen a salitre y las tabernas que nunca cierran del todo, se detiene frente al portal del viejo marino.
– Cuidado con lo que sueñas esta noche, escribidor –le dice el Cachalote con una media sonrisa antes de bajar y perderse rápidamente bajo la lluvia persistente del barrio.
Después reanuda la marcha hacia su propia casa.
Mientras sus manos sujetan el volante, su mente sigue anclada en el café de Castro.
Va dando vueltas a la estructura de la novela, buscando ese tono exacto que mezcle el terror de lo que ha creído ver en el muelle con la calidez del orujo compartido.
Empieza a entender que esta no será una historia de aventuras más; será un duelo entre su razón y los fantasmas de su amigo.
Al llegar a su portal, antes de entrar, se gira una última vez hacia el mar, oculto tras la cortina de agua que cae sobre la bahía.
Sabe que la novela ya ha empezado a escribirse, pero también sabe que, a partir de ahora, cada palabra que ponga en el papel llevará el peso del silencio del Cachalote.