El peso de todas las olas
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PROLOGO
EL CUADERNO DE SAL
P ara entender la marea que hoy amenaza con tragarse los cimientos de Santander, es necesario volver la vista atrás, hacia ese islote de roca caliza y ruda que desafía al Cantábrico justo en la entrada de la bahía: la isla de Mouro.
Allí, bajo la sombra de un faro rodeado de acantilados y espuma blanca, fue donde dos vidas que jamás debieron cruzarse unieron sus destinos para siempre.
Meses atrás, Álvaro Rivas era un hombre sin rumbo ni futuro, era un hombre de trazo borroso.
Si hubiera tenido que describirse a sí mismo en una de sus novelas, se hubiera quedado atascado en el primer párrafo, víctima de esa falta de relieve que lo definía. Era en esencia, uno de esos tipos que pide perdón sin hablar al cruzar una puerta.
A sus treinta y pocos años estaba atrapado en una rutina gris en la capital, en una vorágine de autodestrucción a la que se unía la frustración de no encontrar su voz como escritor.
Sin trabajo, con unas deudas que crecían a medida que pasaban las semanas, se sentía como un náufrago en tierra firme .
Su vida no era una tragedia épica. Más bien, una sucesión de mediocridades acumuladas. Cargaba con una carrera de periodismo abandonada a medias, tres novelas que morían irremisiblemente al llegar al capítulo cinco y un matrimonio que se disolvió no por odio, sino por pura evaporación.
De estatura media y complexión fibrosa, su anatomía conservaba la traza de quien ha pasado más tiempo frente a la pantalla de un ordenador que lidiando con los elementos.
Físicamente no era el protagonista de nada.
Su cuerpo se había convertido en el mapa de una rendición lenta: los hombros caían ligeramente por el peso de miles de horas frente a una pantalla que solo le devolvía el parpadeo burlón del cursor, y sus manos de dedos largos, aunque hechas para crear mundos, solo servían para apilar facturas y cerrar cajas de mudanzas que siempre iban a parar a lugares más pequeños.
Estaba cansado de ser el hombre que “prometía mucho” y terminaba en nada. Sin embargo, la oferta para trabajar temporalmente en el mantenimiento del faro de Mouro apareció como un salvavidas desesperado.
Su rostro, de facciones angulosas y perfil limpio, estaba dominado entonces por unos ojos oscuros y expresivos que delataban la mente analítica del narrador; unos ojos que buscaban una historia que contar sin saber que la realidad le tenía preparada una pesadilla.
Con el cabello castaño habitualmente revuelto por el viento, llegó a la isla buscando soledad, pero el aislamiento absoluto del islote empezó a transformar su postura, volviéndola más tensa y alerta.
Aprendió a anticipar el peligro en el rugido del agua, y aunque no tenía la planta de un hombre de acción, el miedo dejó de ser su dueño cuando la roca de Mouro se convirtió en su trinchera.
Fue en los pasillos húmedos y circulares de ese faro donde conoció a José Luis, "el Cachalote", el hombre que se convertiría en su único anclaje con la cordura.
Por entonces, a sus setenta años, el viejo marinero era un monumento viviente al Barrio Pesquero y a la dureza del mar del norte.
Su físico es una mole de granito castigada por el salitre y décadas de trabajo en cubierta: hombros anchos y cargados, una espalda robusta como el casco de un pesquero y unas manos enormes, sarmentosas, con la piel endurecida por el roce de los cabos y el frío de las madrugadas.
El suyo es un rostro convertido en un mapa de arrugas profundas esculpidas por el sol y el viento.
La barba canosa, densa y recortada a ras de la mandíbula, enmarca una boca que rara vez se abre si no es para morder la boquilla de su vieja pipa de madera o para soltar una verdad con su voz de trueno amortiguado.
Bajo unas cejas pobladas y grises, unos ojos, del azul desteñido de las aguas profundas, conservan la lucidez de quien ha mirado de frente a la muerte en mitad del temporal y no ha pestañeado.
Arropado con su vieja zamarra de marinero, José Luis custodiaba en Mouro algo más que el mantenimiento de la linterna; era el guardián una pena antigua.
Porque lo que verdaderamente unió a estos dos hombres en la inmensidad de la roca no fue la violencia de la galerna, sino una herida abierta en el tiempo.
En una noche en la que todo parecía abocado al desastre, con sus propias vidas pendiendo de un delgado hilo, José Luis le confió al escritor el fantasma que atormentaba a su familia: la memoria de su bisabuela, Eufrasia Torres.
Tras sobrevivir a la experiencia que casi los devora en el Faro de Mouro, el escritor entendió que el océano no es solo una masa de agua, sino un cementerio de secretos que exigen ser contados.
Aquella noche, mientras el salitre le quemaba los ojos y los gritos del viento contra la linterna del faro le impedían pensar, luchando por sus propias almas, hizo un pacto con José Luis, “El Cachalote” para dar la paz que nunca había tenido al espíritu silenciado de aquella mujer.
Si salían de allí, dedicaría su pluma, no sólo a contar la historia nunca narrada de esa mujer, sino a rescatar del olvido los relatos que el oleaje intentaba sepultar.
Así nació “Historias del Mar”, una crónica de lo inexplicable escrita desde la orilla .
Y no existe mejor lugar para comenzar este viaje que el puerto donde las leyendas tienen el peso de la piedra: Castro Urdiales.
Es una tarde de esas en las que el Cantábrico parece estar conteniendo el aliento, con el agua de un color gris plomo que se confunde con el cielo. El aire hoy sabe a hierro y sal vieja.
Álvaro Rivas camina con las manos hundidas en los bolsillos de su gabardina oscura, tratando de no resbalar con el verdín que alfombra las piedras del muelle.
A su lado, José Luis, alias “El Cachalote”, que avanza con ese balanceo pesado y rítmico de los hombres que han pasado más tiempo sobre una cubierta que sobre tierra firme.
De reojo observa el perfil de su amigo. El viejo marinero es un mapa viviente: las arrugas alrededor de sus ojos son surcos de temporales olvidados y sus manos, nudosas como raíces de roble, sostienen una pipa apagada que baila de un lado a otro de su boca.
– Te lo digo yo –gruñe el lobo de mar, deteniéndose frente a la imponente silueta gótica de la Iglesia de Santa María de la Asunción.
La piedra caliza del templo brilla con una humedad fantasmal– Este silencio es un traidor.
Cuando el viento se queda así de mudo aquí, es porque la bruma está tejiendo algo en el taller de los ahogados.
El escritor esboza una sonrisa escéptica, la de aquel que cree tener el control sobre la ficción.
– Es una inversión térmica, Selu. Los meteorólogos lo llaman así. El aire caliente atrapa la humedad sobre el agua fría y…
– Los meteorólogos no saben leer las tripas del mar –le interrumpe con una brusquedad que hace que se guarde el resto de la lección– El mar tiene memoria, muchacho. Y es una memoria rencorosa.
José Luis se gira hacia el horizonte.
Más allá del rompeolas, una pared de niebla blanca, densa como lana de vidrio, avanza implacable devorando los pesqueros que descansan en la bahía.
En cuestión de minutos, el mundo se reduce a ellos dos y al sonido rítmico del agua golpeando los cascos de las lanchas.
El faro de Castro, allá arriba sobre el viejo castillo, empieza a lanzar sus destellos, pero la luz parece morir antes de tocar la bruma.
– Mi abuelo –continúa el viejo, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero– me traía aquí cuando la niebla bajaba así.
Decía que, si prestas atención, entre el graznido de las gaviotas se puede oír el crujido de maderas que no deberían estar a flote.
“El Navío de los Ausentes ” . Un barco que navega con las velas en jirones y las cubiertas barridas por un viento que no es de este mundo.
Álvaro siente un escalofrío que no tiene nada que ver con el clima. Saca una libreta gastada del bolsillo interior cuyas páginas están ligeramente onduladas por la humedad de los días anteriores.
– ¿Y qué busca ese barco? ¿Por qué aparece aquí?
El Cachalote clava sus ojos acuosos en los de su amigo. En ellos se dibuja el miedo genuino, uno tan antiguo que no encaja con un hombre que ha sobrevivido a galernas en el Gran Sol.
– No busca nada. Solo avisa. Dicen que aparece cuando el mar tiene una deuda pendiente y viene a pasar el cobro.
No lleva tripulación porque nos está esperando a nosotros.
Mi hermano mayor lo vio una tarde de 1974.
Tres horas después, el Nuevo Amanecer se fue al fondo en una mar que estaba como un espejo. Jamás encontraron ni un remo.
Un silencio sepulcral se apodera del muelle.
– Joder, José Luis... –el escritor suelta un soplido, mitad risa nerviosa, mitad reproche– Llevamos años navegando juntos, nos jugamos el pellejo en aquel infierno de Mouro, ¿y ahora es cuando decides contarme esto?
Me has tenido aquí como a un crío escuchando historias de fantasmas bajo la lluvia.
Sin embargo, él no sonríe. Recoge su pipa del suelo con parsimonia, limpiándola contra su pantalón de loneta, pero sus ojos siguen fijos en el punto donde la campana dejó de sonar.
– Hay cosas que solo se cuentan cuando el mar te da permiso –responde con voz ronca– Y hoy, por lo visto, te ha dado vía libre.
Una gota gorda y fría impacta en la mejilla de Álvaro, seguida de otra. El cielo, ya de por sí oscuro, se cierra definitivamente y el viento empieza a silbar entre los cables de acero de los barcos amarrados. La tarde está arreciando y el olor a tormenta inminente lo inunda todo.