El peso de los que duermen Capítulo 6
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Capítulo 6

Irene

Irene llegó a las tres de la tarde .

Simón la vio bajar del taxi con una valija chica, de esas de cabina, y una mochila descosida que había tenido desde la época de la dictadura.

El pelo blanco, corto, desprolijo. Los anteojos de carey con un cristal roto que nunca se había dignado a cambiar.

Caminaba con bastón, pero el bastón era más un adorno que una necesidad.

Irene no caminaba como una vieja. Caminaba como una general que estaba de paso por la ciudad.

Simón salió a recibirla. No se abrazaron. Irene no era de abrazos.

—Mostrame el tobillo —dijo en lugar de hola.

Se lo mostró en la puerta del departamento. Las cinco marcas violáceas habían cambiado de color. Ahora eran de un morado más oscuro en los bordes y amarillentas en el centro. Como un moretón viejo. Pero tenía solo unas horas.

—Esto no es normal —dijo Irene, agachándose con esfuerzo

para mirar de cerca—. Un hematoma así tarda días en madurar. No horas.

—Ya sé.

—¿Fuiste al médico como te dije?

—Sí. Tengo el papel.

—Bien. Guardalo. Y nunca lo pierdas.

Entraron. Irene recorrió el departamento con la lentitud de quien está evaluando cada objeto. Miró los estantes llenos de libros de psicología. Miró la cocina impecable. Miró la cama deshecha. Miró la computadora apagada.

—¿La apagaste vos?

—No. Me desperté y estaba así. Con esa frase escrita. Después la apagué. No quise volver a prenderla.

—Hiciste bien.

Teseo apareció desde la cocina. Se acercó a Irene, la olfateó un segundo, y se restregó contra sus piernas. Irene se agachó con

dificultad y le acarició la cabeza.

—Este gato sabe más que vos —dijo.

—Lo sé.

—¿Comiste?

—No.

—Vamos a comer. No se puede pensar con el estómago vacío. Y los fantasmas asustan más cuando uno está débil.

No discutió. Le habría discutido cualquier cosa a cualquier persona, pero a Irene no. Fueron a una pizzería de la esquina. Se sentaron en una mesa al fondo, donde la luz era peor y nadie podía escucharlos. Irene pidió una cerveza. Simón, agua.

—Contame todo de nuevo —dijo Irene—. Desde el principio. Sin saltarte nada. Incluso lo que te dé vergüenza.

Simón contó. Las sesiones con los pacientes. El primer sueño. El segundo. La llamada de las cuatro de la mañana. La hoja. La computadora. El tobillo. Lo contó todo con la voz plana, como si estuviera leyendo una historia clínica que no le perteneciera.

Irene escuchó sin interrumpir. Se terminó la cerveza. Pidió otra.

Cuando él terminó, ella apoyó los codos en la mesa y lo miró por encima de los anteojos.

—¿Viste el pijama del nene? —preguntó.

—Azul. Con cohetes.

—¿Estás seguro de los cohetes?

—Sí.

Irene cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, había algo distinto en su mirada. No era miedo. Era memoria.

—En 1980 —dijo—,  cuando  yo  todavía   trabajaba  en  un

consultorio público, tuve un paciente. Un hombre de unos cuarenta años. No podía dormir. Se despertaba gritando. Decía que veía a un niño en una cuna. Un niño con un pijama de cohetes.

Simón sintió que el piso se movía.

—¿Ese paciente existió?

—Existió. Se llamaba Héctor. Era de un pueblo del sur. No recuerdo cuál. Lo traté durante seis meses. Después dejó de venir.

—¿Por qué?

—Porque se mató.

El aire se volvió denso.

—Se ahorcó en el garaje de su casa —continuó Irene, con la misma voz con que habría leído una receta—. Dejó una carta. Decía algo así como "El nene me encontró". En ese momento pensé que era una psicosis. Un delirio. Pero ahora...

—¿Ahora qué?

—Ahora vos tenés los mismos síntomas. Y los mismos moretones. Y el mismo pijama. Y el mismo nene de mierda.

Irene apoyó la cerveza con demasiada fuerza. La espuma saltó.

—No creo en fantasmas, Simón. Nunca creí. Pero creo en la

memoria. En lo que el cuerpo guarda aunque la cabeza quiera olvidar. Algo pasó en Santa Clara. Algo que vos viste. Algo que Héctor también vio. Y ese algo no se murió. Esperó.

—¿Treinta años?

—La culpa no tiene reloj.

Volvieron al departamento cuando el sol ya se iba. Irene pidió la llave y la guardó en su bolsillo.

—Esta noche duermo yo en el sillón —dijo—. Vos dormís en

tu cama, pero con la puerta abierta. Si soñas algo, gritás. No te hagas el valiente.

—¿Y si no sueño nada?

—Entonces mejor. Pero no va a pasar. Va a volver. Y esta vez quiero verlo.

—¿Verlo? ¿Cómo vas a ver mi sueño?

Irene sonrió. Una sonrisa fea. Llena de dientes viejos y determinación.

—No voy a dormir. Me voy a quedar despierta mirándote. Y si algo entra en tu sueño, tal vez entre también en mi vigilia. Tal vez pueda verlo. O sentirlo. O matarlo. No sé. Pero no voy a quedarme de brazos cruzados mientras un muerto de mierda te agarra las piernas desde adentro de tu cabeza.

Teseo maulló desde el sillón. Parecía aprobar el plan.

Simón se metió en la cama sin cambiarse. Dejó la puerta abierta. Vio a Irene instalarse en el sillón con una manta, un termo de café y una libreta. La última imagen antes de cerrar los ojos fue ella afilando un lápiz con un cortaplumas.

—No duermo —dijo Irene—.  Pero  vos  sí.  Necesitás  estar

descansado para lo que viene.

—¿Qué viene?

Irene no respondió. Sólo señaló la cama con el lápiz.

Simón cerró los ojos.

La habitación blanca ahora tenía una puerta.

No la había visto antes. Estaba ahí, al fondo, negra en medio del blanco.

La cuna seguía en el centro. Vacía. Quieta. Por primera vez no se mecía.

El niño estaba parado al lado de la puerta.

Pijama azul. Cohetes. Ojos negros. La misma piel pálida.

Pero ahora medía un metro sesenta. Parecía un adolescente. O un niño estirado a la fuerza, como un muñeco al que le hubieran tirado de los brazos.

—Trajiste a la vieja —dijo Nicolás. Su voz ya no era aguda. Era grave. Rota, como si estuviera hablando a través de una pared—. La vieja no me va a salvar. La vieja no me va a ver. Los viejos no me ven desde que me morí.

—No estás muerto —dijo Simón. No sabía por qué dijo eso. Fue automático.

Nicolás sonrió.

—¿Ah, no? ¿Entonces por qué no me sacaste?

La puerta negra se abrió sola.

Del otro lado no había nada. Pero Simón escuchó agua. Agua goteando en piedras. El olor a tierra húmeda. El mismo olor de la hoja seca.

—Estás cerca —dijo Nicolás—. Cuando sueñes la próxima, vas a estar acá. Y acá no hay una cuna. Acá hay un pozo. Y vos sabés lo que hay al fondo del pozo.

Nicolás dio un paso hacia él.

—Buscame antes de que yo deje de querer que me encuentren .

Simón despertó con la mano de Irene en el hombro. No el moretón. El otro. Ella estaba parada al lado de la cama, con la libreta abierta en la otra mano.

—Hablás mientras dormís —dijo Irene—. Dijiste "el pozo". Cinco veces. Después te pusiste a llorar sin abrir los ojos.

Simón se tocó la cara. Estaba mojada.

—Me dijo que la próxima vez que sueñe voy a estar ahí.

—¿Ahí dónde?

—En el pozo. En el fondo del pozo.

Irene anotó algo en su libreta. Después levantó la vista.

—¿Hay un pozo en Santa Clara?

Simón cerró los ojos. La memoria le llegó a golpes. Imágenes sueltas.  La casa  de su abuela. El fondo del jardín. Una tapa de

madera podrida. Y abajo, el agua negra.

—Sí —dijo—. Hay un pozo. Irene guardó el lápiz.

—Mañana vamos .