Capítulo 5
Santa Clara
Irene no dijo nada durante un rato.
Simón escuchó su respiración al otro lado de la línea, entrecortada por la colilla del cigarro.
Después, el ruido de la ceniza cayendo en lo que seguramente era un platito de vidrio que ella misma había pintado en un taller de cerámica hace veinte años.
Los detalles insignificantes que uno recuerda de la gente que quiere.
—No voy a decirte que te calmes —dijo Irene al fin—. Porque estar calmado ahora sería una estupidez.
—Entonces decime qué hago.
—Primero: dejá de atender pacientes hasta que sepas qué carajo te está pasando. No podés escuchar sueños ajenos si los tuyos te están comiendo la cabeza.
—Pero la clínica—
—La clínica puede esperar. Los pacientes también. Vos no.
¿Segundo: tenés un moretón con forma de dedo, ¿no?
—Sí.
—Andá a la guardia. Que te lo vea un médico. Que lo documente. Por si después... no sé. Por si después.
—¿Por si después qué?
Irene no respondió. Volvió a fumar.
—Tercero —continuó—: ese pueblo. Santa Clara. ¿Hace cuánto que no vas?
Simón tuvo que pensar. Los años se le habían acumulado sin permiso.
—Treinta años. Tal vez más. Me fui cuando terminé la secundaria. Mi abuela se quedó allá hasta que murió, pero yo no volví. Ni al velorio.
—¿Por qué?
—Porque... no sé. Porque no.
—Eso no es una respuesta, Simón.
—Es la única que tengo.
Irene hizo un ruido con la lengua. Ese ruido que usaba cuando un paciente le mentía, pero no lo suficiente para que ella no lo notara.
—Bueno —dijo—. Cuarto: buscá en internet. El niño que viste en el sueño. El pijama de cohetes. Los años ochenta. Desapariciones en Santa Clara. Fijate si hay algo.
—¿Creés que el sueño es sobre algo real?
—No sé qué creer. Pero tengo ochenta años y he visto suficiente mierda como para saber que los moretones no aparecen solos y los pies no se ensucian caminando en una cama. Algo pasó anoche, Simón. Algo pasó afuera de tu cabeza. Y vos tenés que averiguar qué.
Colgó. Sin despedirse. Como siempre.
Simón se quedó con el teléfono en la mano. Teseo seguía en el armario, ahora con los ojos entrecerrados, como si hubiera decidido que la crisis ya no era con él.
—Gracias, Irene —murmuró Simón al teléfono muerto.
Después se levantó. Fue a la cocina. Preparó café. No se duchó. No se cambió. Se sentó frente a la computadora con los pies todavía sucios y el moretón ardiéndole en el hombro.
Escribió en el buscador: Santa Clara niño desaparecido 1980.
Nada.
Probó: Santa Clara desaparición menor años 80.
Un resultado. Una página de un diario regional de Bahía Blanca que ya no existía. El archivo era un pdf escaneado mal, con manchas de tinta y márgenes torcidos. La fecha: 12 de marzo de 1994.
Simón hizo cuentas rápida. Treinta años atrás. Él tendría quince. No doce, como había pensado antes. Quince. Un detalle que se
le había movido solo en la memoria.
La nota decía:
DESAPARECIÓ UN NIÑO EN SANTA CLARA
Nicolás Fernández, de 4 años, fue visto por última vez el día 10 de marzo en las afueras del pueblo. La policía realizó rastrillajes sin éxito. Familiares y vecinos colaboran en la búsqueda. "Salió a jugar y no volvió", declaró su abuela, Marta Fernández.
No había foto. Solo el texto apretado en dos columnas.
Simón sintió un escalofrío que le subió desde los pies sucios hasta la nuca. Nicolás. El nombre resonó en algún lugar de su memoria que él prefería mantener cerrado.
Buscó más. Otra nota, una semana después: "Continúa la búsqueda de Nicolás Fernández. La policía no descarta ninguna hipótesis."
Otra, un mes después: "Caso Nicolás Fernández: se reducen los rastrillajes. La familia pide mantener la esperanza."
Y después, nada. El silencio de los archivos muertos. Como si el pueblo entero hubiera decidido, de común acuerdo, que Nicolás nunca había existido.
Simón apoyó la espalda en la silla. Teseo se acercó por fin, con ese andar desconfiado de los siameses, y se sentó sobre el teclado.
—No ahora, gordo —dijo Simón, apartándolo con suavidad.
Pero Teseo volvió. Y esta vez no se sentó en el teclado. Se sentó sobre la mano de Simón. Justo sobre los nudillos. Y empezó a ronronear.
No un ronroneo relajado. Un ronroneo grave, vibrando en los huesos. Como si estuviera tratando de decirle algo que las palabras no podían.
Simón miró la pantalla. El nombre Nicolás Fernández flotaba en el buscador como una mancha. Se llevó la mano libre al hombro. El moretón dolía más ahora. No por la presión. Por la memoria.
—Nicolás —dijo en voz alta. Probando el nombre. Como quien prueba una comida que sabe que le va a caer mal.
El eco no respondió. Pero Teseo sí. Dejó de ronronear. Abrió los ojos. Y se quedó mirando la puerta de la calle.
La misma puerta que había mirado la noche anterior.
Simón no quiso mirar él también. En cambio, cerró la computadora. Fue a la ducha. Se restregó los pies hasta que le sangró un talón. Se restregó el hombro hasta que el moretón se puso morado intenso. Y cuando salió, Teseo seguía mirando la puerta.
Pero ahora no estaba solo.
Encima del felpudo de entrada, había algo que no estaba antes. Una hoja seca. Una sola. De un árbol que no crecía en Buenos Aires. Áspera, marrón, con la forma de un abanico roto.
Simón la recogió con dos dedos. La acercó a la nariz. Olía a tierra mojada. A bosque. A un lugar que él había jurado olvidar. Santa Clara. El pueblo lo estaba llamando. Y no por teléfono .