Capítulo 1
La trampa
El insomnio no es una noche en vela.
Es una trampa de precisión.
Simón Lagos lo sabía desde los veintisiete años, cuando todavía no era doctor, solo un interno con ojeras permanentes y un cuaderno donde anotaba sus propios despertares.
Ahora, a los cuarenta y cinco, dirigía una clínica privada en un barrio de Buenos Aires donde el silencio se pagaba por metro cuadrado.
Sus pacientes llegaban después de haber probado todo: benzodiazepinas, melatonina, hipnosis, mantras, aplicaciones de ruido rosa, retiros de silencio en Tapalqué. Nada funcionaba. Dormían dos o tres horas por noche, a saltos, como quien pisa un pantano y huye hacia la orilla seca.
—Cuénteme el sueño —dijo Simón, apoyando la carpeta sobre la mesa ratona.
Ana López tenía treinta y nueve años, uñas mordidas y un tic en el párpado izquierdo que se aceleraba cuando mentía. O
cuando decía la verdad. Simón aún no lo distinguía.
—No es un sueño —respondió ella, con la voz justa, esa que usan los que ya no creen en soluciones—. Es siempre el mismo lugar.
—Descríbalo.
—Una habitación. No tiene puertas. Ni ventanas. Las paredes son blancas, pero no blancas de pintura. Blancas de vacío. Como si el color se hubiera ido.
Simón anotó en su cuaderno: habitación cerrada. blanco absoluto.
—¿Hay algo en esa habitación?
Ana tardó en responder. Cuando lo hizo, su tic se disparó.
—Una cuna. De mimbre. En el centro.
—¿Vacía?
—Siempre vacía. Pero yo sé que no debería estarlo.
—¿Por qué?
—Porque la cuna se mece sola.
Silencio. Simón escuchó el reloj de pared de la clínica. Las dos de la tarde. Afuera, el sol pegaba contra los edificios, pero adentro todo se movía como si fueran las tres de la mañana.
—¿Qué siente cuando ve la cuna? —preguntó.
Ana apretó los brazos contra el pecho. Se balanceó un poco, adelante y atrás, como si alguien la mecía a ella.
—Culpa —dijo—. Una culpa que no me pertenece.
La sesión terminó como todas: Simón tomó notas, recetó un ajuste mínimo de clonazepam (menos, no más) y agendó un nuevo encuentro para la semana siguiente. Ana salió agradeciendo con esa fragilidad de vidrio que tienen los que viven en vela desde hace años.
A las cuatro llegó Darío. Contador. Olía a naftalina. Tenía la costumbre de doblar las manos sobre el estómago como si estuviera en su propio velorio.
—La misma habitación —dijo antes de que Simón terminara la pregunta—. Paredes blancas. Cuna de mimbre. Vacía.
—¿Se mece?
Darío parpadeó. Por un segundo, su rostro de funcionario
público se resquebrajó.
—No. Pero sé que debería. Algo falta. Algo la está esperando.
Simón anotó: espera. no vacío. ausencia activa.
A las siete de la tarde, cuando ya había despachado a Julio (treinta y ocho, actor, demasiadas palabras, ninguna pausa), Simón cerró la clínica y se quedó un rato en la oscuridad.
La ciudad allá afuera. Su reflejo en el vidrio de la ventana.
Un tipo de cuarenta y cinco años con el pelo canoso en las sienes y una mandíbula que apretaba sin darse cuenta.
Llamó a Irene Márquez, su supervisora. Atendió a los tres minutos, como siempre, la vieja psicoanalista de ochenta y tres años que aún fumaba desde una casa en Córdoba.
—Estás viendo patrones donde hay coincidencias —dijo Irene después de que Simón le resumiera los tres casos—. El insomnio vuelve mágicos a los idiotas. No te conviertas en uno de ellos.
—Tres pacientes distintos. Tres personas que no se conocen. El mismo sueño.
—Sugestión. Lo leyeron en algún lado. Lo vieron en una película. El inconsciente colectivo es real, Simón, pero no es una máquina de hacer milagros. Es una máquina de hacer repeticiones. Ellos repiten algo que vos, sin querer, les sembraste.
—No les hablé de ninguna cuna. No les hablé de ninguna
habitación blanca.
—Entonces fue antes. Un comentario. Una palabra. Un gesto. El cerebro del insomne es una esponja paranoica. Dejá de buscar fantasmas.
Irene colgó sin despedirse, como siempre.
Simón se quedó con el teléfono en la mano. Afuera, la ciudad
se encendía en naranja.
—No son fantasmas —dijo en voz baja, para nadie—. Son tres personas que sueñan lo mismo. Y eso no debería pasar.
Esa noche, después de una cena liviana (huevos revueltos, una manzana), Simón se sentó en el sillón del living. Su gato, un siamés de catorce años llamado Teseo, se enroscó en su regazo con la sabiduría felina de quien sabe que el calor humano es un recurso finito.
—Qué pensás vos, Teseo —dijo Simón, acariciándole la cabeza.
Teseo parpadeó lento. Cerró los ojos. Se durmió en tres segundos, como solo los gatos y los niños pueden hacerlo.
Simón lo miró con envidia. Luego apagó la luz, se metió en la cama, y esperó.
El sueño no llegó hasta tarde. Pero llegó .